domingo, 21 de mayo de 2017
viernes, 19 de mayo de 2017
Obreras del cariño, las ‘kellys’ de los cuidados
Llevan un año en huelga, la más larga del sector en años. Son gerocultoras de las residencias de mayores de Bizkaia, con más de 10.000 personas usuarias y cuya gestión ha sido privatizada por Diputación. Reivindican un doble abuso: la precariedad laboral y el mal cuidado a las personas dependientes.
Publicado por Pikara Magazine
“Somos psicólogas, enfermeras, fisioterapeutas”. “Miramos si tienen fiebre o heridas, somos las que estamos con ellos”. “Te llaman y tienes que decir, espera, ahora voy, no puedo. Sin hacer descansos”. “En mi residencia hay 150 abuelos y tres auxiliares de noche para seis plantas”. “Acabo con moratones de lo rápido que voy, pegándome con todo”. “He llegado a dar de comer a tres a la vez”. “Siempre piensas si mañana te dará tiempo a hacerlo mejor. Eso no te deja dormir”. “Sufrimos estrés, he visto a compañeras llorar por lo que nos exigen. Sabes que no están bien atendidos. No es tu culpa, pero eres la que está ahí”.
Prefieren no decir sus nombres, algunas han sido represaliadas; como A, de UGT, despedida tras varias suspensiones de empleo y sueldo por señalar fallos en la medicación o falta de pañales. “¿Cuánto tardas en levantarte, ducharte, echarte crema y vestirte? Nosotras tenemos siete minutos por residente. ¿Eso es dignidad?”, comenta una. Dicen que la dirección de las residencias se ha deshumanizado. “Antes eran abuelos, luego residentes y ahora me obligan a llamarles clientes”, cuenta otra. Por eso comenzaron la huelga el 17 de marzo de 2016, para luchar por un convenio digno y visibilizar una crisis de cuidados.
Piden aumento de personal, 1200 euros netos de salario y reducción de horas; de las 1698 anuales a las 1592 del sector público. Suelen trabajar en turnos de 7 horas y media, mañana, tarde o noche, siete días seguidos, librando dos y con un domingo libre al mes. En los últimos años se ha extendido la contratación para refuerzo en desayuno, comida y cena. Conciliar o compaginar con otro empleo es imposible. Su salario es de 1158,34 euros, hasta un 60% menos que en las públicas y 800 euros por debajo del de dirección del mismo convenio.
El ratio por ley es de 29 trabajadoras por cada 100 personas usuarias, pero incluye a personal de recepción o jardinería. “¿Por qué meten en atención directa a todos y cuando hablan de los servicios mínimos en la huelga, sólo a gerocultoras y celadoras de noche?”, pregunta Soraya García, gerocultora y de ELA, sindicato que representa al 70% del sector. “No permite que alguien esté en la cama si está mal, supone una auxiliar más”, señala A. “Necesitamos más personal para que puedan hacer bien su trabajo y también la parte humana”, dice Juani Céspedes, de Babestu, asociación de familiares de usuarios que nació para defender la calidad en el cuidado. “A mi padre le levantan, le dan de comer, le acuestan. ¿Cómo no voy a estar con ellas?”.
Las familias cuentan que a veces los ancianos están orinados, que esperan horas para ir al baño. Si no hay pañales, se arreglan con esparadrapo. En algunas residencias pasan el día frente al televisor. Caerse de la cama por la noche y pasar horas hasta que les recojan es habitual. Se reutilizan las gasas de limpiar los ojos o las jeringuillas de nutrición. Sillas geriátricas viejas, camillas de ducha poco seguras, grúas obsoletas. “Hace años se hacían juegos o disfraces. Ya no, es perder dinero. Les dan un papel de un pollo y están horas con una pintura amarilla”, lamenta A. “Es inhumano. Son un número en la ropa”, confiesa Céspedes. “Se estropean física y emocionalmente”, añade Mari Paz, de Babestu. Los usuarios cofinancian su plaza con hasta un 80% de su pensión, pero hay servicios que se pagan aparte. “La mayoría de las residentes son mujeres -el 85%-. Viven más pero, ¿con qué calidad de vida? Sus pensiones son bajas y no pueden pagar los analgésicos que necesitan”, asegura Carlos Ruiz, de la plataforma por los derechos sociales Pentsionistak Martxan.
El negocio del siglo
Las concesiones de gestión privada de las residencias se han dado a partir de 2004, coincidiendo con los recortes y la caída de la construcción. Bizkaia cuenta con 147 centros, 10.140 plazas. 5056 son gestionadas por Diputación entre residencias públicas –según el Instituto Foral de Asistencia Social sólo quedan 4–, públicas de gestión privada o privadas con plazas concertadas. El precio que paga Diputación de 81 euros por residente al día ha subido un 11% desde 2009, mientras que los salarios de las gerocultoras han caído un 0,26%. Según auditorías consultadas para este reportaje, ninguna residencia privatizada ha dado pérdidas en 2015; la rentabilidad en algunas supera el 16%. Los beneficios totales son de más de 7,5 millones. El 87% de estas plazas está controlado por tres grandes grupos relacionados con constructoras. Destacan Igurco, que según ELA obtuvo 3.100.000 euros de beneficio entre 2014 y 2015, y Vitalitas. Ambos gestionan también residencias con plazas concertadas.
De Igurco formaba parte la constructora Urazca, de la que fue apoderado el diputado de Hacienda José María Iruarrizaga. Ésta vendió su parte a Adeslas, que forma Igurco con IMQ y Cosimet, uno de los principales holdings industriales de Euskadi. El actual director de Promoción de Autonomía Personal en Acción Social de Diputación, Sergio Murillo, dirigía una de las residencias del grupo. En Vitalitas es paradigmático el caso de Juan Carlos del Campo Bidaurrazaga, que según el Registro Mercantil acumula más de una veintena de cargos en distintas sociedades, muchas de ellas del grupo Vitalitas, que pertenece al grupo constructor Promega, de la familia Gorostiza Ezquerra. Miembros de esta familia ostentan cargos en Beurko Residencial Vitalitas. Del Campo es apoderado de Aztertzen Asistenciales, que presidió hasta 2015, y que da el servicio de ayuda a domicilio del Ayuntamiento de Bilbao. Es apoderado de Babesten y apoderado y consejero de Mainatzen, empresas de asistencia del Grupo Urgatzi. Urgatzi desarrolla parte de su trabajo con Vitalitas, como demuestra su página, en la que aparecen centros de ambos. En esa misma web aparece una residencia de la empresa Egoitz Alai, Del Campo es apoderado, consejero y secretario. Egoitz Alai es, a su vez, propiedad de la constructora Katillotxu, presidida por los hijos del exconsejero del Interior Juan María Atutxa; Iskander y Asier Atutxa Zalduegi, éste, presidente del Puerto de Bilbao.
Mujer y cuidados: la huelga interminable
Desde que empezó el conflicto, las 5000 huelguistas han sido criticadas por Diputación. “Quieren hacer creer que estamos pidiendo más dinero”, señala M, gerocultora desde hace 14 años. “Como usuarios y potenciales usuarios hicimos una interpelación en las Juntas Generales. La diputada de Acción Social dijo que se iba si se hablaba de residencias. Desde PNV y PSE tuvieron desprecios bastante potentes”, cuenta Carlos. La misma diputada no se ha sentado nunca con ELA y un juntero del PNV espetó a las trabajadoras que él también querría cobrar más por menos. Unai Rementería, máxima autoridad de Diputación, advirtió de que la dignidad de los mayores está por encima de cualquier huelga, pero olvidó que debía haberse garantizado antes de precarizarse hasta el extremo, justo lo que reivindican las huelguistas.
La guinda fue su artículo en El Correo, ‘Mi versión’, en el que definía el conflicto como un negocio del sindicato, utilizando el “miedo” de las mujeres a un “mercado laboral inestable”. Ellas lo tachan de insulto: “Parece que no tenemos pensamientos propios”. “ELA hace huelga porque las mujeres lo decidimos. No somos marionetas”. “Nos hemos sindicado nosotras. Muchas se han empoderado al ver a las demás”, relata Soraya. “Diputación ha abandonado a nuestros familiares”, sostiene Juani. La relación con la patronal no ha sido mejor: “En la mesa ves la lucha de clases en directo”, dice Jone Bengoetxea, encargada de Igualdad en ELA. “Son muy educados, pero te las van tirando como si fuéramos gilipollas. Yo dije mal una cifra y uno me dijo, hay que venir con la información aprendida. No sé qué me entró que me puse a llorar”, recuerda Juani. La mesa también desprende machismo. Cuentan que un miembro de la patronal llegó a afirmar “esto lo vais a conseguir por mis cojones”, agarrándose los genitales. “El de Igurco nos dijo que nuestro sueldo era complemento al de nuestros maridos. Y perdona, pero no”, relata M.
El conflicto está enquistado y familiares, usuarias y trabajadoras creen que es por ser un sector feminizado y no productivo. Con un 95% de mujeres en plantilla dedicadas a cuidados, los paros no provocan pérdidas sino beneficios. Para Isabel Otxoa, profesora de Derecho del Trabajo en la UPV/EHU, especializada en economía de cuidados, “no es sólo que si fueran hombres el conflicto estaría resuelto, es que nunca habría existido. La inversión privada se interesó en el sector basándose en la financiación pública y en muy bajos salarios”. Reconocer la profesionalidad de las trabajadoras supondría subir sueldos.
La Ley de Dependencia de 2006 que regula la ayuda asistencial, coloca en el centro la rentabilidad y el ahorro, no la calidad, a costa de trabajadoras y personas usuarias. Más del 50% de las ayudas se dan al cuidado en el entorno familiar, porque es más barato. Esa la labor la realizan en su mayoría mujeres, invirtiendo casi todo su tiempo por una compensación mínima y sin cotizar ni acceder a una pensión. Así, la lucha de las gerocultoras por mejorar sus condiciones laborales va más allá de un conflicto laboral: implica blindar unas condiciones dignas para todas las mujeres y poner en alza los cuidados. De hecho, algunas son un antes y un después de la huelga, han tomado su sitio en casa y han dicho a su familia, “tenéis que colaborar porque ahora voy a estar en la calle, luchando por mis derechos”. Ellas, obreras del cariño, son un ejemplo de lucha frente a un modelo de bienestar y unas políticas públicas que perjudican sistemáticamente a las mujeres y a la sociedad. Una crisis de cuidados que pugna entre dos extremos: los beneficios y la vida vivible.
Los cuidados, básicos para la sostenibilidad de la vida, están precarizados. La externalización de los servicios prima los beneficios entre unos pocos a costa de las trabajadoras. Ellas, lejos de amedrentarse, han abrazado el sindicalismo y la lucha colectiva. Al tiempo que mantienen su duro y poco reconocido trabajo, cogen el megáfono y salen a la calle haciendo malabares para conciliar. Un sacrificio personal y económico de un año en huelga. Les han dejado de temblar las piernas cuando la dirección les llama al despacho. El empoderamiento que han experimentado va más allá de los logros conseguidos; emocionarse en una sentada de 400 mujeres y decir “es que me siento tan fuerte entre todas”.
La izquierda sobrevivirá si toma partido por las clases trabajadoras
Jesús Jaén. Activista del MATS
“La izquierda necesita desesperadamente volver a enfocarse en la clase. Desde los años 80 en adelante -cuando el movimiento laborista fue aplastado, las viejas industrias destrozadas y la guerra fría terminó- la clase ocupó el último asiento. El género, la raza y la sexualidad parecían más importantes y relevantes. En realidad, nunca debería haber sido una cosa o la otra: ¿Cómo se puede entender el género sin la clase y viceversa dada, por ejemplo, la desproporcionada concentración de mujeres mal remuneradas y con inseguridad laboral?” Owen Jones (escritor y periodista inglés)
1.- El mundo en el que nos adentramos parece haber entrado en una etapa en la que la disputa por la hegemonía política se da entre dos polos claramente capitalistas: una derecha liberal versus una ultraderecha populista. El proyecto social que, en otros tiempos, representara el socialismo entró en crisis. La socialdemocracia se ha convertido en un segundo proyecto liberal. Los populismos latinoamericanos han empezado a retroceder. Una de las grandes esperanzas en el sur de Europa que era el gobierno de Syriza, se ha adentrado por el camino del liberalismo aceptando la austeridad y los recortes de la Troika.
Pese a todo se ha mantenido un alto grado de movilización social y democrática; y, no han faltado nuevas alternativas políticas como Podemos, el Bloco de Portugal, la victoria de Corbyn en el Partido Laborista y el éxito de Bernie Sanders en las primarias del Partido Demócrata. Un resultado positivo pero extremadamente escaso si tenemos en cuenta la situación histórica que hemos vivido: la mayor recesión económica desde 1929; y, la onda larga de las revoluciones árabes o sus réplicas (15M, Occupy Wall Sreet…) en los países del centro.
A partir de la gran recesión del 2007-8 y del cambio de signo de las movilizaciones sociales hacia una mayor estabilización política, hemos vivido el ascenso de la ultraderecha populista. No toda la ultraderecha es lo mismo, pero es un hecho que se trata de un fenómeno similar que se produce por los efectos de la crisis y el vacío político que sienten millones de trabajadores y sectores populares. El chauvinismo, el racismo, el conservadurismo ideológico, el populismo frente a las élites financieras y políticas; todas ellas, son las propuestas que han alzado a Donald Trump con la presidencia de los Estados Unidos, a los partidarios del Brexit, al Frente Nacional de Le Pen en Francia que aparece primero en las encuestas, y a los demás partidos de la extrema derecha europeos a un poderoso auge. La frase que podría resumir sus discursos nacionalistas y xenófobos es ¡Primero la Nación! ¡Primero América! ¡Primero Francia! …
Pero el mayor problema para la izquierda social y política es que ese relato de la ultraderecha populista ha calado, tanto entre los sectores de la pequeña burguesía y de las clases medias con un nivel social alto; como también entre los más pobres; es decir, los trabajadores de baja cualificación blancos y los granjeros en Estados Unidos; entre los desempleados y la clase obrera golpeada por la crisis o la deslocalización industrial en Gran Bretaña o Francia; entre la pequeña burguesía radicalizada por la llegada de los inmigrantes en otros países como Holanda, Noruega o Austria, etc. Los datos estadísticos en este sentido son abrumadores. En conclusión, han saltado las alarmas, la izquierda tiene ahora un nuevo competidor que le está arrebatando en algunas ciudades y pueblos, la hegemonía política entre las clases trabajadoras y populares.Ese competidor no es el liberalismo “democrático”, sino la ultraderecha populista, autoritaria y racista. Sería bueno que los europeos no nos olvidáramos de nuestra historia con la llegada del Partido Nazi al poder en 1933.
El “consenso neoliberal”
¿Cómo se ha llegado hasta aquí para evitar cometer los mismos errores? Esa es una de las preguntas que nos gustaría responder. Durante los últimos cuarenta años el neoliberalismo ha sido el régimen dominante elegido por las élites financieras y políticas. Un régimen construido sobre la violencia social y política pero disimulado (sobre todo en las últimas décadas), por un decoroso intento de moderar las formas políticas mediante el llamado “consenso liberal”. Ese consenso tenía –y sigue teniendo- una base sólida tanto en lo cultural como en lo económico. De ahí la durabilidad y éxito de su propuesta.
Lo que el neoliberalismo ha venido a proponer es una “sociedad civil” donde la economía es el puro “sentido común”tal y como lo explicaba Gramsci en los Cuadernos de la cárcel. Es decir, algo arraigado en la conciencia de la gente (entre la tradición y la costumbre), que se produce de forma natural como el día y la noche, el frío y el calor o el crecimiento del niño en adulto. La economía de mercado es lo único que no se toca. La economía liberal es el resultado definitivo de la crisis conjunta del socialismo estatista y del Estado de bienestar colapsados por éxito del capitalismo liberal. No está por lo tanto en discusión.
Si queremos desarrollo del país tiene que haber ganancia para unos pocos; instituciones supranacionales que nos digan lo que tenemos que hacer (Banco Mundial, Consejo europeo o FMI) y la acumulación de más riqueza para los ricos que son los únicos que pueden dar confianza a los fondos de inversión y a la economía en general. El “sentido común” aconseja que no traspasemos una décima el déficit público o que haya que subir impuestos y ajustar los salarios a los beneficios empresariales. Este mantra que se ha repetido machaconamente durante los últimos veinte años, es la piedra angular del neoliberalismo integrista.
A esta lógica del “sentido común” económico, los liberales de derechas suman cuatro nuevos conceptos políticos que han dado lustre y basamento a su proyecto: la integración de las clases medias urbanas nacidas sobre todo de las nuevas tecnologías o profesiones; la incorporación de toda la socialdemocracia a este consenso económico; la asimilación a la nueva cultura de las reivindicaciones de igualdad de género (mujeres, gays, lesbianas…) e incluso la utilización de un ecologismo capitalista.
Finalmente, para dar cobertura a ese relato pseudoprogresista, fue necesario encontrar un chivo expiatorio: ahí apareció el movimiento sindical; el estado de bienestar social; la clase obrera industrial o los nuevos mileuristas que accedieron por millones al mercado laboral; en definitiva, todos los aliados de los proyectos vinculados a la emancipación del trabajo y el socialismo. Es curioso que, entre los muchos relatos que se han contado, uno de los que más nos hayan impactado es una cena en donde unos “pijos-progres” tratan respetuosamente toda diferencia étnica o de género, pero cuando llegan a la parte de los chistes de las “chonis o los chavs” los comentarios se exceden a cualquier tipo de autocontrol. Es lo que se ha conocido como la demonización de las clases trabajadoras.
La hibridación entre una idea fuerte económica al servicio de una clase oligárquica, con formas políticas versátiles o sutiles es lo que ha convertido al neoliberalismo en un proyecto históricamente poderoso. Pero la gran recesión del 2007-8 provocó la mayor crisis social desde la gran depresión. Eso, lo cambió casi todo.
El precio que pagó la izquierda
La vieja socialdemocracia y el laborismo, así como los grandes sindicatos han entrado al consenso neoliberal. Para integrarse al mismo, fueron abandonando todas las posiciones de clase. Millones de trabajadores de la industria o los servicios quedaron a la intemperie frente a la austeridad. Se generó un vacío de representación política que en algunos momentos se cubrió con partidos liberales, conservadores o nueva izquierda y, en otros, con una abrumadora abstención. En lugar de recomponer políticamente una alianza o bloque entre los nuevos y viejos trabajos del mundo laboral con las clases populares y medias más golpeadas, con las mujeres y los movimientos sociales, lo que se hizo fue adherirse al discurso neoliberal potsmoderno de que la clase obrera ha muerto.
Pero con esas políticas, aunque lograron éxitos efímeros que les llevaron al poder, (Nuevo Laborismo de Tony Blair; Zapatero en el PSOE; Hollande en Francia…) firmaron su sentencia de muerte en el momento del estallido de la crisis económica, comprometiéndose a llevar adelante los planes de ajuste y austeridad. La ruina económica de sectores de las clases medias europeas, ha significado también la ruina política para la socialdemocracia. Los gobiernos de Blair, Zapatero, Hollande, Obama, etc. son igualmente responsables de la austeridad como sus adversarios: los conservadores o republicanos. Peor aún, esta izquierda liberal, es doblemente culpable en la medida que desarticuló, igual que los grandes sindicatos obreros, la capacidad de respuesta ante la ofensiva reaccionaria que iniciaron Reagan y Thatcher.
Pero en el pecado llevaron la penitencia.
En el Estado español el voto al PSOE ha bajado del 43,9% de 2008 al 22,6% de 2016. En Grecia el PASOK pasó del 43,9% en 2009 al 6,3% en 2015. En Holanda el PvdA pasó del 24,8% en 2012 al 5,7% en el 2017. En Francia el PS pasó del 51,6% en el 2012 al 13% en el 2017. ¿Y en Alemania? El SPD navega –dentro del gobierno de Angela Merkel- entre el 25 y 30%. En el caso de los Estados Unidos el Partido Demócrata ha perdido más poder en las últimas elecciones que en toda su historia. Otro tanto viene ocurriendo en Gran Bretaña donde la figura debilitada de Corbyn va -nada menos- que 36 puntos por debajo de la nueva líder del Partido Conservador, Theresa May, que no solamente está barriendo al Partido Laborista, sino que está arrancando al UKIP los apoyos sociales y electorales que habían recibido durante la celebración del referendum de salida de la Unión.
Podemos: tres desafíos
La crisis económica no ha terminado, pero el ciclo social de ascenso en el sur de Europa es posible que sí. Esta es una de las contradicciones políticas más intensas. Esto es lo que da alas a una ultraderecha populista que se muestra –por primera vez desde los años 30- como una alternativa sólida y peligrosa. Mientras avance la crisis social y económica, pero se estanque la movilización de los últimos cinco años, estaremos jugando la partida en un escenario adverso. Ante la falta de lucha, muchos pueden caer en la desesperación. El caldo de cultivo del fanatismo ultraderechista.
¿Qué deberían hacer las nuevas formaciones políticas como Podemos que en estos momentos ya es una referencia internacional para millones de jóvenes y trabajadores de los cinco continentes? ¿Habremos aprendido algo de la crisis de los socialdemócratas y de la gravísima capitulación de la izquierda griega en julio del 2015? ¿Cómo podremos recomponer una nueva alternativa sobre un mundo que ha cambiado de forma sustancial en las últimas décadas?
En mi opinión, y aunque éste sería un tema para otro artículo, considero que básicamente hay tres grandes retos o desafíos que deberíamos abordar. Los señalaré muy suscintamente.
El primer desafío es lograr que Podemos se transforme en un auténtico partido de masas real y no meramente virtual. No vamos a plantear aquí las carencias democráticas que arrastra Podemos desde su fundación. El tema ahora es otro. Podemos no puede seguir siendo un partido que pivote sobre las consultas en la red y un aparato formado principalmente por profesores universitarios.
A pesar de las diferencias políticas que hemos mantenido con los viejos partidos socialdemócratas o comunistas, Podemos debería aprender de esa historia. La formación de los partidos socialistas, laboristas o comunistas; incluso la formación de otros movimientos políticos como el cartismo en el siglo XIX o el PT brasileño en el siglo XX, han venido acompañadas no solo de éxitos electorales efímeros, sino de un proceso de construcción paciente donde la clase como sujeto social y el partido como sujeto no iban por caminos distintos. Más bien todo lo contrario.
La rica experiencia de la formación del partido comunista italiano arraigado en lo más profundo de la sociedad civil italiana, y reconocido por todos los obreros como “el partido”, es un excelente ejemplo de unos caminos que Podemos no ha explorado. Así es como el PCI fue absolutamente hegemónico entre la clase trabajadora italiana y llegaría a obtener más de un 30% del electorado en los años setenta. Otra experiencia similar es la del PSOE entre 1976 y 1982 con la irrupción del primer gobierno de Felipe González y el apoyo de los grandes sindicatos UGT y CCOO. Podemos necesita hacerse carne entre los sectores populares, no solo entre los jóvenes sino también entre los mayores; no solo en las ciudades grandes sino en los pueblos donde PP y PSOE hunden sus raíces a través del clientelismo o las Casas del Pueblo. Podemos tiene que hacer un gran esfuerzo de estructuración social.
El segundo desafío para Podemos es encabezar una alternativa, al menos europea, ante la debacle de la izquierda griega. Para ello no puede dejar todo a la improvisación. Hablar de alternativa de gobierno sin definir un mínimo proyecto político para evitar un nuevo desastre (como el del gobierno de Tsipras) es una tremenda contradicción. ¿Qué hará Podemos para modificar la relación de fuerzas entre la Unión y un gobierno de cambio? ¿Cómo se puede compaginar la permanencia en la zona euro y el rechazo frontal de las políticas de austeridad? ¿Cómo situarse entre un ultraliberalismo económico y un ultraderechismo político? ¿Cuáles serían las propuestas para impulsar un movimiento de impugnación a esas políticas que sirva para acumular nuevas fuerzas y movimientos sociales así como aliados políticos?
El tercer desafío consiste en la construcción política de una mayoría social,si por eso se entiende no solamente una estrategia electoral sino global. Algunos lo han llamado “bloque histórico”. En mi opinión se trata de unir grupos sociales heterogéneos con un programa común basado en los puntos anteriormente expuestos.
¿Quiénes pueden formar esa mayoría agrupada en torno a un gran movimiento político llámese Podemos y todos los componentes del cambio nacidos tras el 15M? En primer lugar aquellos sectores que ya están integrados al proyecto, pero también muchos de los que se abstienen, o los que siguen votando a la derecha o la izquierda liberal. Nos referimos a los nuevos trabajadores pobres cuyos salarios no llegan ni a mil euros; a los millones de desocupados; a los pensionistas que tienen que repartir su pensión entre toda la familia; a las miles y miles de mujeres maltratadas o doblemente explotadas por el mero hecho de ser mujer; a los trabajadores más organizados en sus sindicatos tradicionales o nuevos; a los emigrantes; a los activistas de los movimientos sociales como los ecologistas, los gays, las lesbianas; a los profesionales o asalariados de una generación anterior que todavía siguen manteniendo un poder adquisitivo o de consumo; a los miles de jóvenes universitarios con un futuro dudoso, al trabajador autónomo que no tiene derechos como los demás… Esta sería la gran alianza o bloque histórico al que nos referimos.
Una nueva alianza de estos grupos sociales que impugne el “sentido común” de la economía liberal dominante y enfrente abiertamente el reto de la ultraderecha populista. Una alianza de los de abajo que mire de frente a las clases trabajadoras.
Jesús Jaén. Activista del MATS
Fuente: Viento Sur
domingo, 14 de mayo de 2017
David Harvey - 17 contradicciones y el fin del capitalismo
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