martes, 22 de noviembre de 2016

Yo, Daniel Blake: solos frente al capitalismo voraz

Javier Cordón
A mi padre, que fue niño yuntero, aparcero y soldador

Muchas de las personas que ven la película “Yo, Daniel Blake” salen llorando. No es para menos: Ken Loach, el director, Paul Laverty, el guionista, y los actores retratan al Estado como una máquina inmisericorde que empuja a los parados, a los enfermos y a los necesitados hacia la exclusión, la desesperación y la muerte.
El mismo Estado, que salva bancos y libra a los grandes consorcios de pagar impuestos, trabaja para impedir vivir con dignidad a los más desfavorecidos: rehabilita los negocios de unos pocos a costa de romper multitud de vidas.
Ese proceder tan injusto y clasista, favorable a grandes empresarios y banqueros, necesita ser disimulado como impersonal, neutro y objetivo. Para ello los afectados, los que buscan empleo o esperan un valoración de su incapacidad son obligados a tratar con máquinas (contestadores, ordenadores…) y con funcionarios forzados a ser inhumanos (1), insensibles ante la variedad de circunstancias y padecimientos personales.
Paul Laverty, ateniéndose a los efectos reales de esta manera de actuar, afirma que “El Estado siempre ha tenido una vena malvada a la hora de tratar a los más vulnerables”. Y cita una frase del Reverendo Joseph Townsend, un vicario del siglo XVIII: “El hambre domesticará a los animales más feroces. Enseñará decencia y civismo, obediencia y sometimiento… Sólo el hambre puede espolear y animar a los pobres a trabajar” (1).

Desvalidos
Sea como sea, la película muestra que la prioridad que estados y gobiernos dan a los negocios sobre las personas se refuerza tratando a las personas como cosas; como si no tuviesen necesidades, dolor o dignidad. Seguramente por eso, junto a la contemplación de las carencias y las humillaciones ajenas, la película transmite también algo que una mayoría comparte con los que las sufren: la impotencia frente a la arbitrariedad injusta del Estado Capitalista.
El capitalismo neoliberal produce desigualdad e injusticia, y también soledad y aislamiento. En la película nadie puede ayudar a nadie. Cuando lo intentan fracasan. Por más dolor que unos sientan por lo que les pasa a los otros; por más que comprendan que son víctimas gemelas que necesitan apoyo mutuo, sus acciones apenas dan resultado: llegan tarde, no pueden, son muy pocos…. Los intentos no pasan de ser simbólicos (el “vagabundo” que abraza a Daniel cuando hace la pintada, o el grupo que aplaude y jalea desde la otra acera) o son fallidos, como le pasa a Daniel a lo largo de la película con la joven y sus hijos, o viceversa.
Sobre ello también habla Paul Laverty: “Durante estos años ha habido un retroceso increíble en el sistema de bienestar británico. Pero mientras eso se convierte en algo estructural, las grandes corporaciones tienen cada día más poder. Y nosotros menos capacidad para combatirlo” (3).
Esa impotencia que sentimos frente a las grandes empresas, a los gobiernos, a la UE, a los resultados electorales, a los “medios de comunicación”, a las humillaciones constantes en el trabajo, a los desahucios o al declive que avanza y no parece acabar, no es algo accidental. Es un logro de las elites, fruto de una política consciente, como muy bien explica Owen Jones en su libro Chavs: la demonización de la clase obrera (4).
En la Introducción de esta obra expone la situación: "Esta forma de odio de clase se ha convertido en parte integral y respetable de la cultura británica actual… hay un intento de ocultar la realidad de la mayoría de la clase trabajadora. Ahora somos de clase media, reza el mantra generalizado". Más adelante explica: “En la raíz de la demonización de la gente trabajadora está el legado de una autentica lucha de clase británica. El ascenso al poder de Margaret Thatcher en 1979 marcó el comienzo de un asalto total a los pilares de la clase trabajadora británica. Sus instituciones, como los sindicatos y las viviendas de protección oficial, fueron desmanteladas; se liquidaron sus industrias, de las manufacturas a la minería: sus comunidades quedaron, en algunos casos, destrozadas y nunca más se recuperaron; y sus valores, como la solidaridad y la aspiración colectiva, fueron barridos en aras de un férreo individualismo. Despojada de su poder y ya no vista como una orgullosa identidad, la clase trabajadora fue cada vez más ridiculizada, menospreciada y utilizada como chivo expiatorio. Estas ideas se han impuesto, en parte, por la expulsión de la gente de clase trabajadora del mundo de la política y los medios de comunicación”.
Ese ninguneo de la clase trabajadora, con los matices e intensidades propios de cada país, es algo generalizado. Aquí se propició con la reconversión industrial, los EREs y las reformas laborales, la institucionalización de los grandes sindicatos y gran parte de la izquierda.
La película Yo, Daniel Blake nos pone frente al espejo. Si las trabajadoras y trabajadores no queremos seguir hundiéndonos en el sufrimiento, la humillación y avanzando hacia el desastre, estamos obligados a buscar las formas que nos permitan actuar juntos para defendernos.
Eso sería un paso, pero es necesario mirar más lejos. Existe riqueza suficiente en el mundo para construir una sociedad en la que “cada uno dé según su capacidad y reciba según sus necesidades”. Los principales obstáculos que se interponen en ese camino son una clase dominante parasitaria y depredadora que nos lleva hacia el caos y que defenderá su posición con todos las armas a su alcance; y la falta de confianza de los de abajo en las propias fuerzas. Las elites dominantes pretenderán que elijamos entre un capitalismo globalizado y cosmopolita y un capitalismo nacionalista y xenófobo. La clase trabajadora que hace funcionar la sociedad con su trabajo, en alianza con otros sectores sociales, tiene la capacidad de organizar un mundo diferente, que no tenga el beneficio económico como prioridad, sino la felicidad de todas las personas y el respeto por la naturaleza. Sólo hace falta que los millones de trabajadoras y trabajadores seamos conscientes de estas capacidades y comencemos a andar juntos ese camino.

Notas
1.- “Esto nos llevó a otro grupo muy importante de personas que arriesgaron sus puestos de trabajo para ayudarnos. Los trabajadores del Ministerio de Trabajo y Pensiones que nos hablaron de forma anónima estaban muy enfadados porque les obligaban a aplicar sanciones”. Paul Laverty se explica: "Lo que hay de cierto detrás de Yo, Daniel Blake".
3.- “Paul Laverty, el obrero cinematográfico que ganó dos Palmas de Oro. es. 27 de octubre de 2016.
4.- Owen Jones. Chavs: La demonización de la clase obrera. Capitán Swings. Pgs. 15 y 19.

Aniversario de Jack London

Por Iratxe Bernal - El correo 19/11/16

"Conocido por 'Colmillo blanco' y 'La llamada de lo salvaje', Jack London, de cuya muerte se cumple un siglo, también describió con dureza los efectos de la industrialización"

La ciudad y los perros

Sus libros son un clásico de las librerías juveniles. Quizás como Stevenson, Verne, Melville o Salgari. Jack London, de cuyo fallecimiento se cumplirá un siglo el próximo martes, es uno de esos autores famosos por un titulo, un personaje o un genero que eclipsa el resto de una obra compleja y poliedrica. En su caso, 'Colmillo blanco' y 'La llamada de lo salvaje', dos novelas protagonizadas por sendos perros que se enfrentan a la supervivencia en la inhóspita Alaska de finales del XIX, lo han encasillado como autor infantil - o de aventuras en el mejor de los casos- desterrando al olvido títulos de reminiscencias biográficas y profundo calado social en los que evidencia que las ciudades por donde pasaba la industrialización tenían un lado tan crudo como la naturaleza salvaje.

London fue inquieto, idealista, pendenciero, autodidacta, contradictorio, curioso y sobre todo, cuentista, algo que llevaba en la sangre. Su madre Flora Wellman, era hija de una acomodada familia protestante de comerciantes de trigo tan entusiasmada con el espiritismo que hasta llegó a hacer sus pinitos como médium con 25 años abandonó una vida planificadamente convencional -en la que lo más excitante hubiera sido dar clases de piano- para fugarse con William Chaney, un charlatán que ejercía como astrólogo ambulante y que, con la clarividencia propia del oficio, cuando supo que ella estaba embarazada auguró un futuro lleno de responsabilidades que no le convenció en lo más mínimo. De modo que cuando John Griffith Chaney -verdadero nombre del autor- nació en San Francisco en 1876, su madre era una mujer soltera obligada a sentar la cabeza, por lo que a finales de ese mismo año se casó con John London, un veterano de la Guerra de Secesión viudo y con dos hijas, de quien el escritor tomaría el apellido.

Cuando el niño tiene diez años, la familia se traslada a la cercana Oakland, a un suburbio habitado por emigrantes italianos y chinos. Allí, los padres montan varios negocios fallidos como un comercio de ultramarinos o una granja de pollos y a él, tan crió aún, no le queda mas remedio que ponerse a trabajar. Empieza a forjarse el Jack London buscavidas, el que después tan fielmente retrataría la lucha por la supervivencia y no solo en la América de los colonos y pioneros. A los primeros empleos como repartidor de periódicos y ayudante en una bolera, le siguió al terminar los estudios básicos un trabajo a destajo en una conservera del que, dado que los padres parece no preocuparles demasiado dónde ganaba el dinero el chaval, enseguida se libera; prefiere dedicarse a revender las ostras que puede robar en los criaderos de la bahía.

Es su oportunidad de sentirse un aventurero, como esos balleneros que cuantas sus historias fantásticas en las tabernas del puerto, que tan precoz en todo, ya frecuenta. Ellos le convencen de que los mundos y personajes de Melville existen más allá de las estanterías de la biblioteca local, que no deja de frecuentar pese a dejar los estudios.






Conocer su país

Accidentalmente, un día se incendia el bote con el que saquea los criaderos y decide aprovechar lo bien que ya conoce el oficio y a quienes lo practican para colocarse frente a ellos como guardacosta. La mitad de la multa con la que se castigaba a los ladrones se la quedaba el agente que realizaba cada arresto, así que él se muestra extremadamente eficaz pillando en falta a los antiguos colegas. Pero es una ocupación temporal. Ya sabe que quiere ser un aventurero y, antes de cumplir los 16, embarca para cazar focas en el mar de Bering y después viajar hasta Japón. Fueron solo nueve meses tras los que trato de reengancharse a la vida de obrero de fabrica de yute y una central eléctrica. Mala idea. Tampoco allí encaja. Aquello no era para él, que ya es un pendenciero que ha aprendido a beber y pelear, y menos aún en unas condiciones tan precarias como las que sufrían los trabajadores de 1893, cuando el país atravesaba su -hasta entonces- peor depresión.
Deja el trabajo y se alista en el llamado 'ejercito de Coxey', un regimiento de parados a los que un político y hombre de negocios ha convencido para marchar hasta la Casa Blanca en demanda de soluciones a una crisis económica. Aquello sirve para conocer su propio país, recorrerlo y comprobar cómo de San Francisco a Washington el frío, el hambre, el cansancio y la desilusión rompen cualquier sentimiento de solidaridad hacia los demás, aunque estos vivan tan mal como tú. Ha visto el fantasma de Darwin. La ciudad no es tan distinta a la naturaleza. Sólo sobreviven los más fuertes.

De Washington marcha a Chicago y Nueva York con parada y fonda en la penitenciaria de Erie (Búfalo) tras ser detenido por dormir en la calle y no dar un domicilio reconocido. Únicamente pasa un mes en la cárcel, pero es una experiencia que después dio mucho juego literario y que, sobre todo, le hizo volver a plantearse su vida. En vez de vivir aventuras va optar por escribirlas. Así, con 18 años decide volver al instituto, aunque esta vez alternando libros con el servicio de limpieza del propio centro. Allí impresiona a sus profesores y compañeros con sus relatos para la revista estudiantil de tifones en los remotos y exóticos mares del Japón que muchas veces escribía en el Last Chances Saloon, un bar que hoy es visita obligada para los turistas que pasean  por Jack London Square y cuyo propietario decidió ayudarle a pagar la matricula en Berkeley.

Tampoco aquel es su sitio London llega a la Universidad con mucha vida a cuestas, lo que enseguida le diferencia del resto de estudiantes, niños bien que saben boxear pero no pelear. Los hay, cómo no, que hasta se confiesan socialistas en tertulias de salón. Han leído, dicen, el 'Manifiesto Comunista'. Él, en cambio, se lo sabe, porque incluso esta afiliado al partido socialista. La cada vez más absorbente actividad política y la falta de recursos le apartan de las aulas al cabo de un semestre en el que lo único que saca en claro es su voluntad de casarse con una estudiante de Literatura.

Dinero para la boda

Y para conseguir el dinero con que persuadir a la familia de la muchacha de que puede ser un buen partido se enrola en su siguiente aventura; viajar hasta la cuenca del río Yukon para contagiarse de la fiebre del oro que se ha desatado en Alaska. Pero lo calcula fatal y llega cuando el terrible invierno no impide más actividad que la de convivir con mineros, tahúres, contrabandistas y prostitutas. Al final, lo único que se lleva de regreso a San Francisco es el escorbuto.

Enfermo y sin dinero ni esperanzas de conseguir casarse decide que, ahora sí, ha llegado el momento de escribir. Convierte a sus compañeros de travesía marítima, de manifestación obrera,  de campamento  minero en personajes y empieza a entregar relatos a revistas que, con la imprenta industrial en pleno auge, empiezan a proliferar. A cuatro dólares por relato descubre que la escritura es rentable si eres prolífico. Y él lo es. Sus historias trepidantes ademas enganchan a un público ansioso por conocer otros paisajes, y sus seriales pronto empiezan a reivindicarse como novelas, que se pagan mucho mejor.

En 1900 se casa con su primera mujer, Elizabeth Maddern, una amiga de la infancia de la que reconoció no estar enamorado; simplemente la vio adecuada para darle hijos fuertes e inteligentes -échenle la culpa a Nietzsche y sus superhombre-, y ella, que lo sabía, le pareció bien. Hasta que tres años después, cuando ya tenía dos hijas, las aventuras amorosas de él, convertido ya en autor de éxito, acaban con su paciencia y pactan un civilizado divorcio. Ese mismo año, tras publicar 'El hijo del lobo', 'El lobo de mar' o 'Cuentos de la patrulla pesquera' vende por 750 dólares -y otros 2000 por los derechos- 'La llamada de lo salvaje' al 'The Saturday Evening', que gracias al empuje del periódico se convierte en un éxito inmediato. También es la obra por la que recibe la primera acusación de plagio, algo que no importó demasiado ni a él, que reconoció haberse inspirado en otra obra, ni a sus lectores. La novela les deslumbra por la descripción de la crudeza de la vida en Alaska y la indómita naturaleza ante la que es fácil sentirse tan indefenso como Buck, el perro doméstico obligado a ser un poco lobo que la protagoniza.

En pleno éxito, el 'New York Journal' le contrata como corresponsal para cubrir la Guerra de los Bóers en Sudáfrica. Después Randolph Hearts y el 'San Francisco Examiner' le mandarían a la guerra de Japón y Rusia, pero el viaje a Inglaterra para preparar el viaje de África le marca más que cualquier contienda. En Londres conoce las terribles condiciones de vida -y muerte- de los obreros en el West End, que le reafirman en que la industrialización, más feroz aún que la naturaleza, también convierte a los perros en lobos. Aquellas miserias quedaron escritas en el descorazonador reportaje 'Pueblo del abismo'.
 
Candidato a alcalde

Con las imágenes de los niños famélicos de Londres aún en la retina, regresa todavía más convencido de las bondades del socialismo y se presenta a la alcaldía de Oakland, experiencia que con idéntico fracaso volverá a repetir en 1905. En sus discursos no deja títere con cabeza. Lo mismo cobran, los magnates de la industria que desatienden las necesidades más básicas de sus trabajadores que los artistas e intelectuales que, socialistas o no, hacen oídos sordos al dolor de los explotados. Lo dice cuando ya es el autor mejor pagado del país, el autor de algunos de los primeros bestsellers...

A su regreso hace amistad con el poeta George Sterling, autor de 'Diccionario del diablo', quien se convertirá en su mejor compañero de juergas (hay quien incluso habla de una relación homosexual entre ambos) gracias a aficiones comunes como el boxeo, deporte del que también informó en algún periódico y que después protagonizó alguno de sus relatos. Tras muchas correrías y algún episodio depresivo, London decide retomar otra vez la vida hogareña y se casa con una de sus amantes, la también escritora Charmian Kittredge. Juntos compran un terreno en Sonoma (California) que bautizan como Rancho Hermoso y que incluso pretenden explotar sin tener ninguno de los dos mucha idea de cómo. Tampoco llegan a aprender; todo se pierde en un incendio antes de llegar a mudarse y el episodio se salda con una ruina económica de la que vendrá a rescatarles otro perro; Colmillo blanco.

Arranca entonces la última etapa de su vida. Con las ganancias de la novela construyen un barco para perderse juntos por los Mares del Sur. En plan travesía, la malaria lo obliga a buscar el camino de regreso a casa, donde vuelve a beber sin medida, lo que combinado con los opiáceos termina con su ya frágil salud en 1916 en lo que quizás fuera un suicidio. Sólo tenía 40 trepidantes años.
 
Obras clave

Aventuras: 'La llamada de lo salvaje' y 'Colmillo blanco', ambas protagonizadas por un perro y ambientadas en Alaska.

Sociales: 'El talón de hierro', 'Guerra de clases', 'La quimera del oro' y 'El vagabundo de las estrellas', un alegato contra la pena de muerte.

Misterio: 'Asesinatos S.L.'

Biografías: 'Martin Eden' y 'Memorias de un borracho', también ha sido editada bajo el titulo de 'John Bareycorn' nombre con que en la novela personifica al alcohol.

Ensayo: 'Como me convertí en socialista' y 'Pueblo del abismo', donde escribe las míseras condiciones de vida de los obreros ingleses

lunes, 21 de noviembre de 2016

Mujeres sin refugio

Cristina García de Andoni Martín
Psicóloga y miembro de la Plataforma Ongi Etorri Errefuxiatuak Bizkaia

Este 25 de noviembre, en el caleidoscopio de las violencias que enfrentan las mujeres en el plano internacional, es inevitable detener la mirada en aquella que están viviendo las mujeres refugiadas, o mas bien las mujeres sin refugio, exiliadas de su casa, de su modo de vida, de su tierra.

Mas allá de las fronteras geopolíticas, el patriarcado delimita sus propias fronteras, reservando el espacio público para los hombres, y asignando a las mujeres el espacio privado. ¿Qué ocurre cuando ese espacio, tu hogar, es bombardeado y es preciso salir huyendo por este u otros motivos?, ¿qué ocurre cuando el mismo sistema que delega en las mujeres la crianza pone a éstas en la tesitura de criar a la intemperie?, ¿qué ocurre cuando el sistema que impide transitar libremente por la calle y el espacio público a las mujeres, las aboca a vivir las veinticuatro horas de cada día en el barro? Si en nuestras sociedades seguras las mujeres seguimos reivindicando el derecho al cuerpo y a transitar por la calle sin ser objeto de violencia, ¿qué realidad enfrentan las mujeres que viven en tránsito, entre fronteras, vallas y tierras prohibidas?, ¿qué estrategias utilizan para afrontarla?

Algunos apuntes de su existencia nos llegan a través de activistas o periodistas. Sabemos que en los campos de refugiados continúan haciéndose cargo de la crianza aun cuando no queda nada de los muros que demarcaban su espacio privado. También conocemos que tratan de eludir ataques sexuales disfrazándose a si mismas y a sus hijas de hombres, evitando las zonas de aseo y de descanso, buscando espacios propios y gestionando la autoprotección en grupo... Más cerca, durante su estancia en CÍEs (Centros de Internamiento de Extranjeros), nos han llegado noticias de violaciones cometidas por funcionarios, hijos arrebatados, asignación de la limpieza de sus instalaciones mientras que el módulo de hombres se hacía cargo una empresa, mujeres de rasgos africanos que al denunciar una violación en comisaría han terminado encerradas en un CIE, etc...

Según el informe de tendencias globales de Acnur, la proporción de mujeres entre las personas refugiadas se mantiene muy próxima al 50% en los últimos quince años. Por otra parte, entre 2012 y el 2014, el Estado español ha reconocido la condición de persona refugiada y el derecho de asilo 820 personas en total, de las que el 42% son mujeres. Las mujeres tienen mayores dificultades para acceder a la condición de refugiada, y para que sus derechos humanos sean reconocidos como tales en lugar de quedar atrapados en la telaraña de las tradiciones culturales y religiosas, que no son otra cosa que mandatos patriarcales.

Si se trata de poner imagen a la cuestión del refugio, el imaginario simbólico nos devuelve una primera imagen de refugiado hombre, y cuando hacemos el esfuerzo de sustituirla por una imagen de refugiada en femenino, se nos representa como una mujer con menores a su cargo, dependiente y vulnerable casi en la misma medida que los propios menores. Es un enfoque paternalista que, lejos de proteger a las mujeres, las desempodera, no reconociendo muchas de las violaciones de sus derechos humanos por producirse en la esfera privada y por agentes no estatales.

Igualmente, este enfoque heteropatriarcal explica la reticencia de los Estados para reconocer la persecución por motivos de genero, como la sufrida por mujeres que se enfrentan a maltrato por transgredir costumbres sociales en sus sociedades, o por su activismo feminista, o su orientación o identidad sexual.

Si bien la Convención de Ginebra (CG) de 1951 se redactó en un contexto en el que no se contemplaban los motivos de género para poder optar a la condición de refugiada y al derecho de asilo, es fundamental que el Acnur vele para que dicha convención se interprete desde una perspectiva de género por los Estados, y garantizar que los procedimientos de solicitud también incorporen dicha perspectiva.

Por ejemplo, aunque la CG no establece que la persecución necesariamente sea llevada a cabo por un agente estatal, muchos Estados lo interpretan de modo restrictivo, lo que perjudica a las mujeres ya que, con frecuencia, la persecución la lleva a cabo su pareja, familiares o la propia comunidad.

Asimismo, en caso de los procedimientos no hay que dar por hecho que el motivo para solicitar asilo de las mujeres sea coincidente con el de sus parejas, es preciso entrevistarlas de forma diferenciada, más aun cuando es posible que omitan mencionar determinados tipos de persecución, como la violación o los malos tratos delante de sus familiares, o incluso, desconozcan que determinados tipos de violencia específica como la explotación sexual, la mutilación genital, el matrimonio obligatorio, la esterilización forzosa, etc..., pueden ser tenidos en consideración para obtener el derecho de asilo.

Sin embargo, existe una tendencia a limitar la interpretación de la CG para reconocer cada vez a un numero menor de personas refugiadas (Carmen Miguel Juan 2016)

Sin obviar la diversidad de experiencias de mujeres y de las causas de sus desplazamientos forzados, esas mujeres sin refugio, somos nosotras. Su tierra, o bombardeada, o víctima del desastre medioambiental, o expoliada por las transnacionales, está en el mismo planeta que habitamos. Las sociedades del bienestar se han construido sobre la base del trabajo de mujeres migrantes, lo que permite que, en condiciones de desigualdad, las mujeres accediéramos al empleo, mientras se hacían cargo de nuestras hijas e hijos y de nuestros mayores. En la frontera pretendidamente excluyente del patriarcado compartimos espacio y habitamos la misma piel. En lugar de mirar con recelo su atuendo, mirémoslas a los ojos y encontraremos que sus derechos y su dignidad son nuestros derechos y nuestra dignidad.

Y ahora que hemos mirado, y girado un rato el caleidoscopio, quizás podamos plantearnos pasar a la acción y exigir a nuestros gobiernos voluntad política para cumplir con los tratados y compromisos internacionales, que las violaciones de los derechos de las mujeres se interpreten como violaciones de los derechos humanos, y, que de modo urgente, garanticen vías seguras de tránsito y acogida para ellas. Por ellas, por nosotras, por todas y todos "Huí de mi tierra para no terminar bajo ella" (Chócolo)