sábado, 15 de junio de 2019

David Harvey: "Veremos un resurgimiento de la izquierda, pero tiene que buscar una nueva voz"

David Harvey (Gillingham, 1935) es un geógrafo marxista de origen británico que  trabaja como profesor en la City University of New York (CUNY) y que se ha convertido en uno de los científicos sociales de referencia para muchos movimientos de izquierdas. Estos días visita Barcelona para presentar su nuevo libro La lógica geográfica del capitalismo (Icaria Editorial), una obra biográfica en la que se ofrece un repaso histórico de la trayectoria del autor, una entrevista realizada en 2015, nuevos textos traducidos al castellano y un capítulo inédito.

El capital tiene mucha influencia sobre muchos aspectos de la vida diaria. No es solo la economía. Es la cultura, la forma de pensar o las estructuras de conocimiento. Conceptos como el comunismo o el socialismo suelen estar muy asociados con una concepción del mundo muy rígida. Las relaciones sociales entre las personas deben ser transformadas, pero esto requerirá muchas transformaciones mentales. Por eso pienso que tenemos que quitarnos el capitalismo de nuestras cabezas, así como de las calles y de la vida.
¿Y el anticapitalismo es un término que engloba más aspectos que conceptos como el socialismo o el comunismo?
Sí. Creo que no estamos en una posición como para describir ahora una alternativa al capitalismo y quiero escapar de la caja que es el comunismo, el socialismo o el anarquismo.
Después de un periodo de silencio, parece que en los últimos años ha habido un interés creciente por el comunismo. Aquí en España, por ejemplo, en 2017 Alberto Garzón publicó Por qué soy comunista. ¿Cómo se materializa el comunismo hoy?
No lo sé. Tampoco sé qué piensa Garzón sobre el comunismo. De lo que estoy seguro es de que los niveles de desigualdad actuales son inaceptables. No creo en una absoluta igualdad, creo que ciertas desigualdades son interesantes, pero ciertamente las desigualdades de ingresos están revirtiendo muchas de las cosas que deberíamos poder alcanzar.
Una de las cosas en las que pienso más al final del día es en la calidad de las relaciones sociales entre las personas. Uno de los efectos de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos ha sido la degradación de las relaciones entre grupos de inmigrantes o entre grupos con diferentes orientaciones sexuales. La transformación de estas relaciones sociales está yendo en una dirección muy negativa.
¿El comunismo ha evolucionado desde la caída del muro de Berlín en 1989 o la disolución de la Unión Soviética en 1991?
El comunismo es crítico, obviamente ha evolucionado desde 1989 y creo que, de alguna forma, el colapso de la Unión Soviética y todo lo que ello supuso permitió la reevaluación de lo que debía ser el proyecto comunista. Tenemos un gobierno en China que se llama a sí mismo comunista. Mucha gente no se lo toma en serio, pero deberían hacerlo. Lo que deben hacer o hacia dónde tienen que ir es una gran pregunta para mí.
¿Cree que es una sociedad comunista?
No, no es una sociedad comunista, pero ideológicamente ellos han reivindicado que para el año 2050 serán una sociedad plenamente socialista. Yo me tomo muy en serio esa proclamación, a pesar de algunas medidas que han adoptado, como el intercambio mercantil capitalista. Hay problemas de desigualdad social y de degradación ambiental, pero todos los países los tienen. Ellos han dicho que serán plenamente socialistas para el año 2050 y esto significa combatir el problema medioambiental y la desigualdad social.
Una de las cosas que sabemos de China es que cuando dicen que van a hacer algo lo hacen y lo hacen muy rápido, no son demócratas para nada, pero no hay que subestimar las posibilidades que tiene China. Trump está organizando una política antichina ahora mismo y es un profundo error por parte de los Estados Unidos, porque está empujando a China a ser más autónoma.
Dos de las corrientes de pensamiento más recientes son el feminismo y el ecologismo. ¿Cómo coexisten estos dos movimientos con el sistema económico actual?
Una de las cosas interesantes de estos dos movimientos es que el neoliberalismo ha puesto desde 1970 un gran énfasis en el emprendimiento y ha abierto la posibilidad a que el feminismo use esta ideología para crear lo que podríamos llamar un feminismo corporativo. Ese es el feminismo de Hillary Clinton, un tipo de emprendimiento satisfactorio en el que, por supuesto, hay la posibilidad de que las mujeres ocupen posiciones importantes en el mundo académico, por ejemplo. Lo mismo podría ocurrir con el multiculturalismo y la orientación sexual.
El neoliberalismo puede ser visto como una apertura que permite un progreso en los derechos del colectivo LGTBI y de las mujeres. De todos modos, creo que muchas feministas se están dando cuenta de que el neoliberalismo no es la solución sino que es su enemigo prioritario. Hay una transformación en algunas pensadoras feministas que dicen que no pueden lograr sus objetivos desde el neoliberalismo y que hay que moverse hacia unas posiciones anticapitalistas. Lo mismo se puede decir del movimiento ecologista.
Entonces, ¿es compatible defender el capitalismo a la vez que el feminismo y el ecologismo?
Si defiendes el sistema económico actual te encontrarás defendiendo un tipo de feminismo que se basa en incorporar más mujeres en empresas, pero el problema ahora mismo son las condiciones salariales de las mujeres trabajadoras, que están viviendo en unas condiciones muy difíciles. Ellas son las que están sufriendo las políticas neoliberales. Mientras que una mujer de clase media se puede beneficiar del neoliberalismo, muchas de las trabajadoras están sufriendo mucho bajo las políticas de austeridad. Algunas mujeres y ecologistas se benefician del neoliberalismo, pero las problemáticas principales están fuera de la dinámica capitalista.
¿Usted cree que en los próximos años el capitalismo evolucionará y defenderá el ecologismo, en aras de generar un beneficio económico de ello, o se mantendrá en el mismo punto en el que está ahora?
El ecologismo forma parte de un gran negocio, hay sectores del mercado que están tratando de lidiar con el cambio climático. No digo que el capitalismo no haya prestado atención a las cuestiones medioambientales, lo que cuestiono es el límite del beneficio capitalista. La industrialización de la agricultura, por ejemplo, ha creado un serio efecto secundario. Estos son problemas que llevan al límite la capacidad del sistema económico capitalista.
¿Las problemáticas que van más allá de lo material invisibilizan la lucha de clases?
Hay una tendencia que consiste en evitar la cuestión de clase, particularmente desde la caída de la Unión Soviética había una tendencia que decía que Marx y el conflicto de clases sociales estaban muertos. Si preguntamos ahora mismo cuáles son los agentes activos, en términos de políticas de izquierdas, ya no son los trabajadores fabriles. La clásica visión del proletariado que se va a emancipar es el trabajador de una fábrica.
El problema principal es preguntarse quién es el proletario hoy en día. Cuando nos hacemos esta pregunta tenemos que pensar en una configuración distinta. El otro día, cuando estaba en un aeropuerto, miré por la ventana y vi la fuerza del trabajo. ¿Quién hace funcionar un aeropuerto? Cuando miras a los Estados Unidos, ves a mucha gente de color, muchos inmigrantes y mujeres asalariadas. Si toda esta gente de golpe deciden hacer huelga, el aeropuerto tiene que cerrar. El capital estaría completamente bloqueado. Este es el nuevo proletariado.
En esta década los partidos de extrema derecha han crecido. De hecho, en las últimas elecciones europeas han ganado en Francia, el Reino Unido, Italia, Hungría y Polonia. ¿Cómo deben responder los partidos de izquierdas, ya que una parte de los votantes de extrema derecha son antiguos votantes de izquierdas?
Hace falta una reorientación de las políticas de izquierdas y creo que las bases institucionales de las políticas de izquierdas no han sobrevivido demasiado bien. Las políticas de izquierdas han fallado en gran medida en los últimos 10 o 15 años, con algunas excepciones. Por ejemplo, el auge inicial de Podemos fue una cosa muy positiva, pero creo que está aún en formación. Hay una vasta parte de la población descontenta con las políticas neoliberales. Es un momento muy interesante. Tengo la sensación de que en un futuro muy próximo veremos un resurgimiento de la izquierda, pero tiene que buscar una nueva voz y hablar de un modo distinto. La conversación debe estar basada en una configuración ideológica distinta.
¿En qué se debe basar esa conversación?
Tiene que estar basada en cómo entender las políticas anticapitalistas en la actual conjunción. Las transformaciones revolucionarias no serán violentas. En los últimos 20 años hemos vivido una presión en la calle muy fuerte, un ejemplo actual de ello son los chalecos amarillos en Francia. La gran pregunta es hacia dónde va políticamente. Tenemos que repensar cómo deben ser las políticas. Para eso hay que tener una conversación sobre qué es el anticapitalismo.
Usted concibe la historia y la geografía como dos disciplinas inseparables que, juntas, explican qué está sucediendo en el mundo. De todos modos, hoy en día se estudian por separado. ¿Esto es un error del mundo académico?
Es un profundo error, sí. La especialización es importante, pero lo que realmente no me gusta es la creación de aprendizajes que se supone que no se deben comunicar con otras disciplinas. ¿Por qué estamos segmentando de esta forma? Una cosa peculiar en el mundo académico en Estados Unidos, no sé si también ocurre aquí, es que hay una constante demanda de multidisciplinaridad.
¿Por qué cree usted que la geografía es una disciplina útil para comprender la realidad?
Uno de los motivos es que el hecho de que la geografía no sea una disciplina muy organizada crea una gran oportunidad. Dudo que me pudieran haber dejado hacer en otra disciplina todo lo que he hecho en geografía. La geografía es más abierta, un poco porque la gente no sabe exactamente lo que es, eso está bien, pero a su vez está mal porque los administradores académicos no saben qué hacer con ello.
No sé si está muy pendiente de la situación política en Barcelona. Después de las elecciones municipales, Ada Colau tratará este sábado de ser reelegida alcaldesa con el apoyo del PSC y de la lista de Manuel Valls, que está apoyada por Ciudadanos. Si eso ocurre, ERC, que ganó las elecciones, se convertiría en el principal partido de la oposición. ¿Cuál sería el mejor escenario para gobernar Barcelona, según su opinión?
La gestión de Colau fue muy importante para la gente que, como yo, cree que la organización del poder municipal es parte de un proceso político muy crítico en el mundo ahora mismo. Creo que lo que pasa en el nivel municipal es importante y la administración de Colau ha sido una muestra importante para el resto del mundo, enseñando que las cosas se pueden hacer.
La cuestión independentista se tiene que abordar, este es un hecho muy particular que hace las cosas difíciles, no es una cosa de partidos de izquierdas contra partidos de derechas. Personalmente no me emociona demasiado la idea de una Catalunya independiente, creo que no va a suceder y no creo que la Unión Europea lo vaya a aceptar, pero eso es solo mi opinión desde fuera. Puedo ser persuadido [ríe].
ELdiario.es


Libertad para los presxs políticxs catalanes


viernes, 14 de junio de 2019

Plastikoak Deba eta Zumaia arteko labarretan






ASKATASUN

El insospechado poder de las trabajadoras


“La presencia de una importante proporción de las mujeres de las clases populares en las rotondas ha sorprendido a los observadores. Estas trabajadoras hacen que funcionen los servicios esenciales: sanidad, educación. Más allá de la sublevación de este otoño, representan el poder ignorado del movimiento social”.

Por Pierre Rimbert - Le Monde diplomatique

Llevan un chaleco amarillo, controlan el tráfico de las rotondas, hablan de su vida cotidiana, luchan. enfermeras, cuidadoras de personas dependientes o de niños: ellas también se han puesto la prenda fluorescente para desgarrar el velo que normalmente esconde de la vista del público a las empleadas que trabajan entre bastidores. mujeres y asalariadas, con su doble jornada de trabajo y sus ingresos modestos, mantienen con su esfuerzo el deteriorado edificio del Estado del bienestar.

los sectores predominantemente femeninos de la educación, la atención médica, el trabajo social o la limpieza son invisible piedra angular de las sociedades liberales, y su salvaguarda. La interrupción de estos servicios básicos paralizaría todo un país. ¿Quién, entonces, se encargaría de las personas dependientes, de los bebés, de la limpieza de los niños? Los ejecutivos esquiroles y las fuerzas del orden que se lanzan al asalto de las barricadas esta vez no podrían hacer nada: en las academias de policía no se enseña a lavar a los ancianos. Estas tareas, transferidas el pasado siglo desde el universo familiar, religioso o caritativo al del trabajo asalariado, solo adquieren visibilidad cuando nadie se encarga de ellas. a fuerza de reducir sus medios mientras la demanda crece, estas trabajadoras, a las que se atribuye capacidad de aguante, terminan estallando. Desde finales de 2017, limpiadoras de hoteles y de estaciones de tren, cuidadoras de personas dependientes, empleadas de residencias de la tercera edad y personal sanitario han dirigido, alternándose, difíciles batallas a menudo victoriosas.


La figura del minero o del trabajador de la cadena de montaje, padre de una familia que mantiene con un sueldo, simbolizó tan poderosamente a la clase obrera durante el siglo XX que todavía se asocia a los hombres con las clases populares. ¿Quién piensa espontáneamente en las trabajadoras cuando se habla de proletariado? Cierto, todavía más de un trabajador en activo de cada cinco es un obrero (aunque hace tiempo que los medios de comunicación los han relegado a la galería de las especies sociales desaparecidas). Pero la feminización del mundo del trabajo es una de las transformaciones más radicales de los últimos cincuenta años, sobre todo en la base de la pirámide social. En Francia, el 51% del asalariado popular de obreros y empleados son trabajadoras; en 1968, la proporción era del 35% (1) Desde hace medio siglo, el número de empleos desempeñados por hombres apenas a variado: 13,3 millones en 1968 frente a 13,7 millones en 2017; paralelamente, las mujeres con trabajo han pasado de 7,1 millones a 12,9 millones. En otras palabras, casi la totalidad de la fuerza de trabajo contratada desde hace cincuenta años es femenina -en condiciones más precarias y un salario inferior en una cuarta parte al de un hombre en un puesto similar-. Las asalariadas de las actividades sociosanitarias y educativas han cuadriplicado su número: 500 000 a 2 millones entre 1968 y 2017 -sin contar a las profesoras de educación secundaria y superior-.

Mientras que en el siglo XIX el auge del proletariado industrial determinó la estrategia del movimiento obrero, el prodigioso desarrollo de los servicios básicos de predominancia femenina, su potencial poder de bloqueo y el surgimiento de luchas sociales victoriosas no se han traducido no se han traducido por ahora en ninguna iniciativa politica o sindical. Pero, bajo semejante empuje, la corteza se resquebraja y surgen dos preguntas: ¿Bajo qué condiciones podrían estos sectores desplegar su insospechado poder? ¿Pueden organizarse como un grupo conexionado que conjugue fuerza y número, formar una alianza social capaz de impulsar iniciativas, imponer su fuerza y movilizar en torno a ella a otros sectores? A primera vista, la hipótesis parece extravagante. Las trabajadoras de los servicios de atención sociosanitaria conforman una nebulosa de regímenes laborales dispersos, de condiciones de trabajo y vida heteróclitas, de lugares de trabajo alejados entre sí. Pero, al igual que la ausencia de unidad interna no ha impedido al movimiento de los “chalecos amarillo” “hacer piña”, lo que divide al proletariado femenino de los servicios parece de cerca menos determinante que los factores de agregación: la fuerza del número y ala existencia de un adversario común.

De las clases populares a las clases medias, estas asalariadas encargadas del mantenimiento y la reproducción de la fuerza de trabajo (2) se distinguen por su enorme número (véase la infografía) Encontramos a lagunas de estas trabajadoras en las empresas (son 182 000 las que limpian locales y oficinas), pero predominan las que prestan un servicio directo a los particulares. 500 000 cuidadoras de personas dependientes, 400 000 cuidadoras de niños y más de 115 000 asistentes del hogar trabajan por lo general a domicilio. Un número todavía mayor trabaja en instituciones públicas: 400 000 auxiliares de enfermería, 140 000 auxiliares de puericultura y AMP (“aides médico-psychologiques”), y más de medio millón de empleadas de hospital (a cargo de tareas de mantenimiento) - sin contar personal administrativo-. A estos efectivos femeninos se suman los de los hombres, muy minoritarios. Este salariado popular mal pagado, con horarios cambiantes, que efectúa en condiciones difíciles tareas poco valoradas, trabajo codo con codo con miembros de las profesiones llamadas “intermedias”  (“professions intermédiaires”, nomenclatura de las Profesiones y Categorías Socioprofesionales francesas, PCS) de la salud, lo social y la educación. Mejor remuneradas, más cualificadas, más visibles, las dos millones de trabajadoras de este grupo en aumento ejercen como enfermeras (400 000), docentes en primaria o secundaria (340.000), puericultoras, animadoras socioculturales, educadoras sociales, etc.

LOS SECTORES PREDOMINANTES FEMENINOS DE LA EDUCACION, EL TRABAJO SOCIAL O LA LIMPIEZA SON LA INVISIBLE PIEDRA ANGULAR DE LAS SOCIEDADES LIBERALES

Por supuesto, un abismo separa a la enfermera de un hospital público y a la cuidadora sin papeles empleada en casa de un particular. Pero este conjunto dispar, que, sumando a los hombres, agrupa a más de la cuarta parte de la población activa, concurre a la producción de un mismo bien colectivo y presenta varios puntos en común. En primer lugar, la naturaleza misma del cuidado de las personas, de la atención sanitaria, del trabajo social y de la educación vuelve estos empleos no solo indispensables, sino también no deslocalizables y poco automatizables, ya que exigen un contacto humano prolongado y/o una atención particular adaptada a caso. En segundo lugar, todos esos sectores sufren las políticas de austeridad; en la escuela del mismo modo que en la residencia de mayores, sus condiciones laborales se degradan, incubando los conflictos. Por último, gozan de buena reputación ante una población que puede concebir la vida sin altos hornos, pero no sin escuelas, hospitales, guarderías o residencias de ancianos.

Esta configuración única dibuja los contornos de una potencial coalición social que reuniría al proletariado encargado del cuidado de las personas, a las “profesiones intermedias” de los sectores sociosanitario y educativo, así como a una pequeña fracción de miembros de profesiones intelectuales como los docentes de secundaria.

si la formación efectiva de semejante bloque choca con multitud de obstáculos, quizás es porque raramente se han intentado superar. Pese a la obstinación de las estadísticas, ningún partido, sindicato u organización ha decidido hasta ahora colocar esa base predominante femenina y popular en el centro de su estrategia, recoger sistemáticamente sus preocupaciones, defender prioritariamente sus intereses. Y, embargo, los actores más conscientes y mejor organizados del movimiento obrero reagrupados en torno a la vía del tren, los puertos y los muelles, la electricidad y ala química saben que las luchas sociales decisivas no podrán descansar siempre sobre sus hombros, como ha demostrado en 2018 el conflicto sobre la reforma de los ferrocarriles. Desde hace cuatro décadas han visto cómo el poder político destruye sus bastiones, rompe sus estatutos, privatiza sus empresas y reduce sus plantillas, mientras los medios de comunicación asocian su inverso a un pasado superado. De modo inverso, los sectores femeninos dedicados al cuidado de las personas y los servicios públicos padecen de una organización a menudo débil y de tradiciones de lucha todavía recientes, pero crecen y ocupan en el imaginario un espacio del que las clases populares han sido hace tiempo expulsadas: el futuro. Mientras que los análisis sobre las transformaciones contemporáneas exaltan o maldicen a las multinacionales de Silicon Valley y alas plataformas digitales, la feminización masiva del asalariado es de una modernidad sin duda tan “disruptiva” como la facultad de tuitear fotos de gatos.

Y con más razón teniendo en cuenta que podría amplificarse. En Estados Unidos, la lista de oficios con mayores perspectivas de crecimiento publicada por el servicio estadístico del Departamento de Trabajo prevé, por un lado, la creación de empleos típicamente masculinos, como instalador de paneles fotovoltaicos o aerogeneradores, técnicos de plataforma petrolífera, matemático, estadístico o programado; por el otro, una mirada de trabajos tradicionalmente desempeñados por mujeres, como asistente de personas, dependientes, auxiliar de enfermería, enfermería, enfermera, fisioterapeuta, ergoterapeuta o masoterapeuta. Frente al millón de empleos de programador informático previstos para 2026, los de asistente de personas dependientes y auxiliares de enfermería (cuatro veces peor pagados) se calculan en 4 millones (3)

ESTAS TRABAJADORAS, A LAS QUE SE ATRIBUYE CAPACIDAD DE AGUANTE, TERMINAN ESTALLANDO

Dos razones principales impiden al extrabajador de la siderurgia de Pittsburgh cuya actividad ha sido desmoralizada en China reconvertirse en auxiliar de puericultura. En primer lugar, la frontera simbólica de los prejuicios, tan profundamente grabada en las mentes, los cuerpos y las instituciones que levanta un muro entre la viril cultura obrera y los roles sociales asignados por los clichés patriarcales al sexo femenino. Pero también al abandono escolar masculino, que limita sensiblemente las posibilidades de reconversión profesional. “Los adolescentes de los países ricos tiene 50% más posibilidades de fracasar que las chicas en las tres disciplinas fundamentales: matemáticas, lectura y ciencias”, observa el semanario The Economist en un dosier especial dedicado a los hombres y titulado “El sexo débil” (30 de mayo de 2015). Este fracaso se acompaña de un alza espectacular del nivel de instrucción femenino que, de modo inverso, facilita la movilidad profesional. Esta gran transformación que pasa desapercibida sitúa un poco más a las trabajadoras en el corazón del salariado. Desde finales del siglo pasado, el porcentaje de mujeres con titulación superior supera al de hombres: 56% en Francia, 58% en Estados Unidos, 66% en Polonia, según la Agencia de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO)… En 2016, el 49% de las francesas de 25 a 34 años poseía un título de los ciclos cortos -BTS (“diploma de técnico superior”), DUT (“diploma universitario de tecnología”)- o de los largos -licenciatura, máster, doctorado-, frente al 38% de los hombres (4). Estos últimos dominan siempre la investigación, los sectores de prestigio, los puestos de poder y el escalafón salarial. Pero la universidad forma ahora a una mayoría de tituladas susceptible de ocupar puestos cualificados pero poco prestigiosos de la economía llamada de servicios.

En efecto, esta oscilación no pone en entredicho la preponderancia masculina en la formación ligada a las matemáticas, la ingeniería informática y la ciencia básica. resultando una barrera de género y clase se acentúa entre dos polos del mundo económico. Por un lado, el universo femenino, cada vez más cualificado, pero preconizado, cuyo centro de gravedad son los servicios sociales, sanitarios y educativos. Por el otro, la burbuja burguesa de la economía especulativa y de las nuevas tecnologías, que domina la economía especulativa y de las nuevas tecnologías, que domina la economía mundial y en la que el indice de testarrona bate récords: las jóvenes empresas de Silicon Valley emplean como ingenieros informáticos a un 88% de hombres, y las trading room a un 82% de analistas masculinos (5). Uno de esos dos universos, diametralmente opuestos, uno domina al otro, lo aplasta y lo desposee. El chantaje de la austeridad de los “mercados” (6) y la depredación que ejercen los gigantes informáticos sobre las fianzas públicas mediante la evasión fiscal se traducen en reducciones de plantilla o de medios en las residencias de ancianos, las guarderías y los servicios sociales. Con consecuencias desigualmente repartidas: al mismo tiempo que su actividad debilita los servicios públicos, banqueros, directivos y desarrolladores emplean a un gran número de asistentes, cuidadoras y profesores particulares.

De manera más general, los matrimonios de ejecutivos, “profesiones intelectuales superiores” (nonmenclatura de la PCS) y dirigentes de empresas recurren masivamente al servicio doméstico (7). Serían los primeros afectados si las mujeres, a menudo de extracción obrera y, en las ciudades, de origen inmigrante, dejaran de trabajar. ¿Veríamos entonces a profesores de universidad, notarios, médicos y sociólogos feministas explicar a sus empleadas del hogar que han de continuar el trabajo en nombre de los valores de atención, bondad y otras virtudes que la dominación masculina ha erigido a lo largo de los siglos en cualidades específicamente femeninas? Por ello, la coalición de trabajadoras de los servicios sociosanitarios que reuniera a “empleadas” y “obreras” (nomenclaturas de los grupos con menor cualificación de las PCS), “profesiones intermedias” y personal de la educación primaria y secundaria solo podría constituirse en contraposición a las clases altas que las emplean.

Pero antes de nada, ¿podría hacerlo, y bajo qué condiciones? Aisladas, fragmentadas, poco organizadas, con, de media, mayor presencia de inmigrantes, las trabajadoras al cuidado de personas dependientes o de la limpieza acumulan todas las formas de dominación. Pero, sobre todo, su adicción estadística no forma un grupo. Trasformar la coalición objetiva que se lee en las estadísticas en un bloque movilizado requeriría de una conciencia colectiva y de un proyecto político. Tradicionalmente, es cometido de los sindicatos, partidos, organizaciones y movimientos sociales formular intereses comunes que, más allá de las diferencias de estatus y cualificaciones, conectan a la enfermera y a la mujer de la limpieza. También lo es cantar la gesta de un agente histórico que nace, su misión, sus batallas, para no dejar ni al canal de noticias francés BFMTV ni a los expertos el monopolio del relato. Dos cuestiones podrían contribuir a este fin.

La primera es la centralidad social y económica de este grupo. Desde las estadísticas nacionales hasta los medios de comunicación, todo contribuye a la invisibilización del salariado femenino encargado del cuidado de las personas. El discurso político asocia cuidados, salud y educación a la idea de “gasto”, mientras que estas profesiones “relacionales” generalmente se asocian a cualidades supuestamente femeninas de atención, solicitud y empatía. Que la cuidadora o la docente las involucre necesariamente en su trabajo no implica que haya que reducirlas a estas. Asimilar el cuidado de las personas a “costes”, hablar de buenas acciones de mujeres entregadas en lugar de riqueza creada por trabajadoras, permite eludir la identidad básica de las auxiliares de enfermería, cuidadoras o maestras: de las productoras (8) Producir una riqueza emancipadora que siente las bases de la vida colectiva, he ahí un germen alrededor del cual podría cristalizar una conciencia social.

La segunda cuestión es una reivindicación común al conjunto del salariado, pero que se expresa con particular intensidad en las urgencias hospitalarias, en las residencias de ancianos o en las escuelas: conseguir medios con los que hacer bien su trabajo. La atención a veces distraída del público sobre las condiciones laborales de los trabajadores ferroviarios y los estibadores se convierte en preocupación, incluso en revuelta, cuando se trata de reducir el tiempo de aseo de un padre dependiente, de cerrar una sala de maternidad en una zona rural o de dejar a cargo de equipos insuficientes a los enfermos mentales. Todo el mundo lo sabe por experiencia propia: la calidad de la atención aumenta en proporción a la cantidad de trabajo invertido en su producción. Aunque de apariencia amable, la reivindicación de medios con los que cumplir un trabajo en buenas condiciones denota beligerancia. Satisfacerla es cuestionar la austeridad, la idea de que siempre se puede hacer más con menos, los aumentos de productividad logrados a costa de la salud de los asalariados. Y también el discurso que culpabiliza, que traslada a los empleados la responsabilidad de mitigar los efectos de los recortes presupuestarios. Por ejemplo, numerosas residencias de ancianos imparten formación en “humanitud” -técnicas de “buen trato” que tienen en cuenta la mirada, la palabra, el tacto, y que sirven a los establecimientos de sello de calidad- a empleados a los que se priva al mismo tiempo de los medios con los que tratar a los ancianos con la humanidad requerida. Como si el maltrato no derivara principalmente de una restricción económica externa, sino de una cualidad individual de la que careciera el personal…

Que la exigencia de medios para las necesidades colectivas entra en contradicción con la exigencia de beneficios y de austeridad sitúa a los servicios sociosanitarios y a sus empleados en el corazón de un conflicto irreductible. Desde el giro liberal de los años 1980, y todavía más desde la crisis financiera de 2008, lideres políticos, banqueros centrales, Comisión Europea, patronos ingenieros de las nuevas tecnologías, altos funcionarios del Tesoro, editorialistas y economistas ortodoxos exigen la reducción del “coste” de estas actividades. Y con ello intencionadamente provocan su degradación en aras del sentido común y en beneficio de los barrios ricos el bienestar general se mide por la prosperidad de los primeros de la lista. Este bloque consciente de sus intereses ha encontrado en Emmanuel Macron a su gerente comercial.

AL OTRO LADO SE REAGRUPAN LAS CLASE POPULARES DE BASE FEMENINA, PUNTA DE LANZA DEL SALARIADO, PRODUCTORAS DE SERVICIOS QUE TEJEN LA VIDA COLECTIVA

Enfrente, la coalición potencial cuyo núcleo está formado por las trabajadoras de los servicios sociosanitarios solo puede tomar conciencia de sí misma formulando explícitamente la filosofía y el proyecto que lleva a la acción diariamente en los patios, las habitaciones y las salas de los hospitales. La idea es que la financiación colectiva de las necesidades de salud, educación, limpieza y, en términos generales, de transporte, vivienda, cultura, energía y comunicación no constituyen un obstáculo a la libertad sino más bien su condición de posibilidad. la vieja paradoja que subordina el desarrollo individual a la gestión común de las primeras necesidades dibuja una perspectiva politica a largo plazo susceptible de reunir al salariado femenino y de convertidlo en agente de interés general: un socialismo de los servicios de amplia cobertura que le proveería de medios con los que cumplir su misión en las mejores condiciones, que ofrecería atención prioritaria a las clases populares que viven en zonas suburbanas afectadas por el repliegue del Estado del bienestar y estuviera bajo control de los propios trabajadores (9).

ya que además de realizar el prodigio de organizarse, la coalición de los servicios de predominancia femenina tendría, con el apoyo del sindicalismo, la misión histórica de reunir en torno a ella al conjunto de las clases populares, y especialmente su componente masculino diezmado por la globalización y a veces tentado por el conservadurismo. Esta última característica no es una fatalidad.

Intencionadamente, se considerará poco realista asignar a esas trabajadoras que sufren todas las dominaciones un papel de agente histórico y una misión universal. Pero definitivamente los tiempos no dan la razón a los realistas que consideraban en 2016 imposible la elección de Donald Trump a partir de una estrategia simétricamente opuesta: coaligar a un segmento masculino de las clases populares afectadas por la desindustrialización con la burguesía conservadora y las capas medias no tituladas. Encantados de ese hallazgo, a medios de comunicación y políticos les gustaría reducir la vida de las sociedades occidentales al antagonismo que en adelante opondría a las clases populares conservadoras, masculinas, obsoletas, incultas y racistas que votan a favor de Trump, Benjamin Netanyahu o Victor Orbán a la burguesía liberal cultivada, abierta distinguida, progresista que da sus votos a las formaciones centristas y centrales que encarna maqcron. Frente a esta contraposición cómoda, que oculta la pasión común de los dirigentes de ambos bandos por el capitalismo de mercado (10), el salariado femenino de la atención sociosanitaria pone de relieve otro antagonismo. Este coloca a un lado de la barrera social a los patrones-informáticos de Silicon Valley y a los directores de la economía, masculinos, titulados, liberales. Saqueadores de recursos públicos y colonizadores de paraísos fiscales, crean y venden servicios que, según el expresidente responsable del crecimiento de audiencia de Facebook, Chamath Palihapitiya, “desgarran el tejido social” y “destruyen el funcionamiento de la sociedad” (11). Al otro lado se reagrupan las clases populares de base femenina, punta de lanza del salariado, productoras de servicios que tejen la vida colectiva y llaman a una socialización creciente de la riqueza.

La historia de su batalla comenzaría así:

“Exigimos medios para hacer nuestro trabajo”. Desde hace semanas, las cuidadoras de personas dependientes, puericultoras, auxiliares de enfermería, enfermeras, maestras, limpiadoras estaban avisando: si no veían sus reivindicaciones satisfechas, se pondrían en huelga. Y fue como si la cara oculta del trabajo saliera a la luz. Los directivos y profesionales liberales, las mujeres primero, y después los hombres, a regañadientes, debieron a su vez abandonar su puesto de trabajo para ocuparse de sus padres dependientes, sus bebés, sus hijos. El chantaje emocional fracasó. El parlamento, las oficinas, las redacciones se vaciaron. De visita en una residencia de la tercera edad, el primer ministro explicó sentenciosamente a una huelguista que un minuto basta para cambiar un pañal; estudios extranjeros lo demostraban. Ante la mirada que esta le lanzó, todos comprendieron que dos mundos estaban comisionando. Tras cinco días de caos, el gobierno capituló. Las negociaciones sobre la creación del Servicio Público Universal empezaban con una correlación de fuerzas tan favorable al movimiento que este se ganó el nombre de “segundo frente popular”: el de la era de los servicios.

PIERRE RIMBERT


  1. Fuentes: “Enquête emploi 2017”, Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos (INSEE, por sus siglas en francés), Données sociales 1974, Paris (recalculados conforme a la clasificación actual)
  2. Cf. Siggie Vertommen, “Reproduction sociale et le feminisme des 99%. Interview de Thai Bhattacharya, Lava, n.º 5, Bruselas julio de 2018.
  3. “Fastest growing occupations”, Bureau of Labor Statistics, Washington, DC. www.bls.gov
  4. “Vers l´égalité femmes-hommes? Chiffres-Clés”, Ministerio francés de Educación Superior, Investigación e Innovación, Paris, 2018
  5. Kasee Bailey, “The state of women in tech 2018”, DreamHost, 26 de julio de 2018, www.dreamhost.com; Renee Adams, Brad Barber y Terrance Odean, “Family, values, and women in finance””, SSRN, 1 de septiembre de 2016, hops://ssrn.com
  6. Véase Renaud Lambert y Sylvain Leder, “El inversor vota”, Le Monde diplomatique en español, julio de 2018
  7. François-Xabier Devetter, Florence Jany-Catrice y Thierry Ribault, Les Services á la personne, La Découverte, Col. “Repères”, Paris, 2015.
  8. Véase Bernard Friot, “Acabar con las luchas defensivas”, Le Monde diplomatique en español, noviembre de 2017
  9. Véase “Refundar en lugar de reformar”, Le Monde diplomatique en español, abril de 2018.
  10. (10)Véase Serge Halimi y Pierre Rimbert, “Liberales contra populistas, una oposición engañosa”, Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2018.
  11. (11)James Vicent, “Former Facebook exec says social media is ripping apart society”, The verge, 11 de diciembre de 2017, www.theverge.com
  12. Y

UN NUEVO ORDEN GEOPOLITICO


¿Hay que temer a China?

POR KISHORE MAHBUBANI *

LE MONDE diplomatique en español - no 282 Abril de 2019


La ofensiva comenzó en Estados Unidos antes de extenderse por la mayoría de los países occidentales: China con sus productos, sus espías y sus ambiciones militares, buscaría desestabilizar el orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial. Pekín, por supuesto, lo niega. Xi Jinping planificó una operación de atracción en Italia, en Francia y en Mónaco durante su viaje europeo, del 21 al 26 de marzo. ¿Existe realmente la “amenaza china?
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De aquí a quince años, la economía china superará a la de Estados Unidos y se convertirá en la más poderosa del mundo. Mientras se acerca este cambio, prevalece cierto consenso en Washington: se corre el riego de que China perjudique en gran medida los intereses y el bienestar de los estadounidenses. El general Joseph Dunford, jefe del Estado Mayor Conjunto, lo afirma sin rodeos: Pekín probablemente represente “La mayor amenaza” en 2025 (audiencia ante el Senado, 26 de septiembre de 2017). En la estrategia de Defensa Nacional de 2018, China y Rusia se citan como “potencias revisionistas” que buscan “moldear un mundo compatible con su modelo autoritario, obteniendo un derecho de voto sobre las decisiones económicas, diplomáticas y de seguridad de otras naciones” (1). “La amenaza china -declara el director del Federal Bureau of Investigation (FBI) Christopher Wray- no solo atañe a las cuestiones estratégicas y gubernamentales en su conjunto: se cierne sobre toda la sociedad y creo que nos va a hacer falta una respuesta del conjunto de la sociedad”

Esta idea está tan extendida que, cuando el presidente Donald Trump inicio su guerra comercial contra Pekin, en enero de 2018, recibió el apoyo de personalidades moderadas como el senador demócrata Charles (“Chuck”) Schumer.

Dos preocupaciones alimentan esta inquietud. La primera es económica: China habría debilitado a Estados Unidos recurriendo a prácticas comerciales desleales, exigiendo la transferencia de tecnología, violando el derecho de propiedad intelectual e imponiendo barreras no arancelarias que obstaculizan el acceso a sus mercados. La segunda es política: su desarrollo económico no iría acompañado de las reformas democráticas liberales anticipadas por los Gobiernos occidentales, entre ellos Washington. Hoy en día, Pekín se mostraría demasiado agresivo en sus relaciones con las otras naciones. Convencido de estos análisis, el politólogo Graham Allison, en un libro titulado Destined for War (“Destinados a la guerra”) (2), llega a la desalentadora conclusión de que un conflicto armado entre ambos países parece más que probable. Y sin embargo, China no se dota de una fuerza militar destinada a amenazar o a invadir Estados Unidos; tampoco intenta intervenir en los asuntos internos estadounidenses ni lleva a cabo ninguna campaña para destruir la economía estadounidense.

Así pues, pese a los clamores sobre el peligro chino, Estados Unidos debería poder encontrar un medio pacífico para tratar con el país que se convertirá en la primera potencia económica, incluso geopolítica, en una década. Y debería poder hacerlo de manera que defienda sus propios intereses aunque obstaculice los de Pekín.

Es preciso, además, comenzar cuestionando una antigua creencia relativa al sistema político chino. Desde el colapso de la Unión Soviética, los dirigentes estadounidenses están convencidos de que el Partido Comunista Chino (PCCh) va a correr la misma suerte que el PC soviético. De un extremo al otro del espectro político, han aceptado, de forma más o menos explícita, la tesis de formulada por Francis Fukuyama en 1992: “No solo somos testigos del fin de la Guerra Fría, (...) sino también del fin de la historia como tal: es decir, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como forma final de gobernanza humana” (3)

Cuando William Clinton explicaba en marzo del año 2000 por qué respaldaba la adhesión de Pekín a la Organización Mundial de Comercio (OMC), aseguraba que la liberalización política llegaría tras su vertiente económica igual que la cola de la serpiente llega tras su cabeza. Más tarde alegaba ante sus homólogos lo siguiente: “Si creen en un futuro más abierto y más libre para el pueblo chino, deben aprobar este acuerdo”. Su sucesor, George W. Bush, compartía las mismas convicciones. En la Estrategia de Defensa Nacional 2002, afirmaba que “con el tiempo, China se dará cuenta de que las libertades sociales y políticas son las únicas fuentes de grandeza de una nación”. Hillary Clinton se mostraba aún más explicita. Desde su punto de vista, al prolongar el gobierno del PCCh, los chinos intentan “obstaculizar el transcurso de las cosas; en vano. No podrán conseguirlo. Pero intentarán ralentizarlo tanto como sea posible”

Cabe reflexionar sobre la seguridad mostrada por los responsables políticos estadounidenses, que se consideran autorizados a prodigar sus recomendaciones políticas a Pekín. Aunque ningún imperio ha acumulado tanto poder económico, político y militar como Estados Unidos, la firma de su declaración de independencia (1776) se remonta a menos de 250 años. La historia de China comenzó mucho antes. Durante milenios, su población aprendió que nunca sufría tanto como cuando el Gobierno central estaba debilitado y dividido, como durante el siglo posterior a la guerra del Opio (1839-1842), cuando las invasiones extranjeras, las guerras civiles, las hambrunas y muchos otros males la devastaron. Ahora bien, desde 1978 ha sacado de la pobreza a 800 millones de personas y ha creado la mayor clase media del mundo. Tal y como Graham Allison escribía en un editorial para China Daily, un periódico perteneciente al Estado chino, “se podría afirmar que hubo, en cuarenta años de crecimiento milagroso, una mejora del bienestar humano más rápida que durante los 4 000 años de historia China”. Todo esto tuvo lugar mientras el PCCh estaba en el poder. Y a los chinos no se les escapó que el hundimiento del Partido Comunista Soviético (PCUS) conllevó un descenso de la esperanza de vida, un aumento de la mortalidad infantil y una caída de los ingresos en Rusia.

A ojos de los estadounidenses, la lucha entre su sistema político y el de China se reduce a la confrontación entre una democracia, en la que el pueblo elige libremente a su Gobierno, puede expresarse como desee y practicar la religión que quiera, y una autocracia, en la que se encuentra privado de estas libertades. Pero, para algunos observadores menos militantes, la división se presenta de una forma diferente: opone una plutocracia estadounidense -en la que las decisiones políticas acaban favoreciendo a los ricos en detrimento de las masas- y una meritocracia china, en la que las decisiones políticas, tomadas por los responsables que el Partido elige sobre la base de sus competencias, han permitido reducir la pobreza de manera espectacular. Durante los últimos treinta años, la renta media del trabajador estadounidense se ha estancado: entre 1979 y 2013, lea media del salario real por horas aumento solo un 6% -lo que equivale a menos de un 0,2 al año- (4)

Esto no significa que el sistema político chino deba perdurar en su forma actual. Las violaciones de los derechos humanos, y especialmente la detención de cientos de miles de figures (5), sigue siendo un problema fundamental. Se elevan numerosas voces en China para reclamar reformas. Entre ellas, la del profesor Xu Jilin (6), que reserva sus críticas más acerbas a sus compañeros del mundo universitario. Les reprocha, entre otras cosas, su excesivo énfasis en el Estado nación y su forma de subrayar diferencias culturales e históricas fundamentales con respecto a los modelos políticos occidentales. Sostiene que esta insistencia sobre los particularísimos, en realidad, marca una ruptura con la cultura china tradicional, que como lo ilustra la noción histórica de tianxia era un sistema universal y abierto. Por el contrario, al criticar el rechazo radical por parte de algunos de sus pares “nacionalistas extremistas” de “todo lo que haya sido creado por los occidentales”, afirma que China siempre tuvo éxito por su apertura.

Pese a todo, ni siquiera un protagonista como Xu llamaría a su país a reproducir el sistema político estadounidense. Por el contrario, piensa que debería “recurrir a sus propias tradiciones culturales” para promover un “nuevo tianxia”. En el plano interno, “los hans y las numerosas minorías nacionales disfrutaban de plena igualdad jurídica y con respecto a su estatus; se deberían respetar y proteger las especificidades culturales de las diversas nacionalidades”. A nivel diplomático, las relaciones con los países “deberían regirse por los principios del respeto de la independencia soberana del otro, de la igualdad de trato y de la coexistencia pacífica”.

El sistema político chino deberá evolucionar al mismo tiempo que la situación económica y social. Y, en muchos aspectos, ya se ha transformado considerablemente mediante su apertura. Así, en 1980, ningún habitante de China estaba autorizado a viajar al exterior como turista. En año pasado, cerca de 134 millones de personas fueron al extranjero y regresaron por voluntad propia. Igualmente, millones de mentes jóvenes brillantes han podido saborear la libertad de los campus estadounidenses. En 2017 ocho de cada diez estudiantes decidieron regresar a su país.
Sin embargo, aún queda una pregunta: si todo va bien, ¿por qué impone Xi Jinping una disciplina más estricta a los comunistas y por qué pone fin al límite de mandatos presidenciales? (7). A su predecesor, Hu Jintao, se le puede atribuir un crecimiento económico espectacular. Pero su mandato también estuvo marcado por un recrudecimiento de la corrupción y del faccionalismo, sobre todo por parte de Bo Xilai, dirigente de Chongqing (30,5 millones de habitantes), y de Zhou Yongkang, el todopoderoso exjefe de Seguridad Interior. Xi está convencido de que estas tendencias podrían deslegitimar al PCCh y frenar la revitalización del país. Para superar estos terribles desafíos, considera que es necesario restaurar un poder central fuerte. Pese a (¿o gracias a?) ello, sigue siendo extremadamente popular.

En occidente, muchos se han preocupado por su enorme poder y han visto en él un presagio de conflicto armado. Pero esta evolución a la cabeza del país no ha modificado la esencia de la estrategia geopolítica de China a largo plazo. Siempre ha evitado las guerras inútiles. Al contrario que Estados Unidos, que tiene la suerte de contar con dos vecinos pacíficos - Canadá y México-, China mantiene relaciones difíciles con varios vecinos poderosos y muy nacionalistas, entre ellos la India, Japón y Corea del Sur. Entre los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), es el único país que no ha abierto fuego más allá de sus fronteras en treinta años, desde su breve batalla naval con Vietnam en 1988. En cambio, incluso con la administración -con reputación de pacifista- del presidente Barack Obama, el ejercito estadounidense lanzó 26 000 bombas en siete países en un solo año (2016). Evidentemente, los chinos dominan el arte de la contención estratégica.

Por supuesto, a veces han llegado al límite de rozar la guerra. Con Japón, por ejemplo, con respecto a las islas Senkaku (8). También se ha hablado mucho de la posibilidad de un conflicto en el mar de China Meridional, por el que transita cada año gran parte del transporte marítimo mundial. En un contexto de soberanía cuestionada sobre algunas porciones de estas aguas, los chinos han convertido arrecifes aislados y bajos en instalaciones militares. Pero, al contrario de lo que hacen creer los analistas occidentales, Pekín, cuya posición en la región está innegablemente más consolidada en el ámbito político, no se ha vuelto más agresivo desde el punto de vista militar. Sobre todo porque podría expulsar con facilidad a pequeños rivales como Malasia, Filipinas y Vietnam, pero no lo ha hecho.

Por lo general, el repetitivo relato de la “agresión china” en esta zona se olvida de mencionar que Estados Unidos ha perdido múltiples oportunidades para calmar las tensiones en esta zona. Un exembajador en China, J. Stapleton Roy, nos contó que, durante una rueda de prensa conjunta con el presidente Obama, el 25 de septiembre de 2015, Xi formuló propuestas sobre el mar de China Meridional que incluían la aprobación de delaciones respaldadas por los diez miembros de la Asociación de Naciones del Sudeste asiático (ASEAN, por sus siglas en inglés). Añadió que no tenía la intención de militarizar las islas Spratly, donde se estaban llevando a cabo trabajos de construcción gigantescos. La administración de Obama no realizó ningún esfuerzo por desarrollar esta propuesta conciliadora, sino que, por el contrario, intensificó las patrullas de su Marina. Como respuesta, China aceleró la construcción de instalaciones defensivas en esas islas.

Las cuestiones económicas, por su parte, no exigen menos destreza que los asuntos militares y diplomáticos. No es la vía elegida por Trump. No obstante, pese a unas justificaciones dudosas, la guerra comercial que ha desencadenado contra Pekín ha recibido un amplio respaldo por parte del gran público.

Este fenómeno probablemente ponga dude relieve un error chino: no haber tenido en cuenta las crecientes críticas que provocaban algunas prácticas desleales. Pero, ¿explican por sí solas la actitud de Trump? Tanto en China como fuera de ella, aumentan las dudas a este respecto. Washington busca, sobre todo, minar la ambición de China de convertirse en líder tecnológico. Como señaló Martin Feldstein, expresidente del Comité de Asesores Económicos de Ronald
Reagan, Estados Unidos tiene todo el derecho a implementar políticas con el objetivo de impedir el robo de sus tecnologías, pero eso no le autoriza a obstaculizar el plan nacional estratégico “Made in China 2025”. Se trata de un plan concebido para desarrollar industrias punteras como los coches eléctricos, la robótica avanzada y la inteligencia artificial.

Para conservar su supremacía en industrias de alta tecnología como la aeroespacial y ala robótica, Estados Unidos no puede contentarse con imponer barreras arancelarias a sus socios. Debe invertir en educación superior, en investigación y desarrollo; en otras palabras: debe elaborar su propia estrategia económica a largo plazo para responder a la de China.

Tanto en el plano político como en el retórico, el poder chino muestra una visión clara del futuro de su economía y de su población. Programas como “Made in China 2025” o las “nuevas rutas de la seda” (Belt and Road initiative, BDI), con sus proyectos de infraestructuras, ilustran esa voluntad por convertirse en un actor principal en las nuevas industrias. Por otra parte, los dirigentes insisten en que su país no puede continuar su carrera por el crecimiento ignorando sus costes social: desigualdades y contaminación del medio ambiente. Xi reconoció en 2017 que hay que resolver la tensión “entre un desarrollo desequilibrado e inadaptado y la necesidad, en continuo aumento, de una vida mejor para los ciudadanos” (9). Nadie sabe si el poder sabrá responder a ello. Al menos se ha concienciado al respecto. Nada impide a Estados Unidos hacer lo mismo.

Pese a todo, para elaborar una estrategia a largo plazo, Estados Unidos debe resolver una contradicción fundamental en sus propios principios. Sus economistas más destacados consideran que las políticas industriales puestas en marcha bajo la égida de los Estados no funcionan y abogan por un capitalismo de libre mercado. Si esta creencia está fundamentada, entonces el principal negociador comercial de Trump, Robert Lighthizer, no debería alarmarse ante los esfuerzos de Pekín por mejorar sus capacidades tecnológicas. Debería instalarse cómodamente, esperar a que esta iniciativa industrial se derrumbe por sí sola y saborear el espectáculo del fracaso chino.

Si por el contrario, Lighthizer considera que el plan 2025 puede llegar a buen puerto, le corresponde alentar a sus conciudadanos a reexaminar sus postulados ideológicos. Entonces podrían elaborar una estrategia equivalente a largo plazo. Alemania, probablemente la primera potencia industrial mundial, dispone además de una hoja de ruta semejante, denominada Industry 4.0.

Ironía del destino: la colaboración más ventajosa para los estadounidenses sería, seguramente, la que podrían establecer con China. Esta última solo pide desplegar sus reservas de tres bollones de dólares para invertir más en Estados Unidos, el cual, a su vez, podría plantearse participar en el BRI, con la mayor de las satisfacciones por parte de los países implicados en el proyecto, preocupados por atenuar la preponderancia china. En definitiva, existen numerosos oportunidades que hay que aprovechar. Al igual que Boeing y General Electric se beneficiaron del auge del mercado chino de la aviación, empresas como Caterpillar y Bechtel podrían sacar provecho de los trabajos de construcción a gran escala realizados en esos países. Pero, por ahora, la versión ideológica de Estados Unidos por el intervencionismo estatal en la economía hace que semejantes escenarios sean improbables.

Era lógico que Estados Unidos dispusiera del presupuesto de defensa más importante del mundo cuando su potencia económica relegaba a un segundo plano a todas las demás naciones. ¿Sería lógico que la segunda economía mundial siguiera presentando el primer presupuesto mundial de defensa? ¿Aferrarse a esta supremacía no constituye un regalo estratégico para China? Esta última aprendió una importante lección del hundimiento del bloque soviético: el crecimiento económico debe ir antes que el gasto en armamento. En estas circunstancia, Pekín no puede más que alegrarse al ver cómo Washington derrocha su dinero en gastos militares inútiles.

Si Estados Unidos finalmente modifica su visión de China, descubriría que es posible elaborar una estrategia que frene y que haga que sus intereses progresen. Clinton enunció la filosofía que subyace en esta estrategia durante un discurso pronunciado en la Universidad de Yale en 2003 en el que explicaba, en esencia, que la única manera de contener a la próxima superpotencia era crear normas multilaterales y asociaciones que la limitaran.

Durante el gobierno de Xi, China sigue estando a favor del refuerzo de la arquitectura multilateral mundial creada por Estados Unidos, incluyendo el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, Naciones Unidas y la OMC. Pekín ha proporcionado más fuerzas de mantenimiento de la paz que los otros cuatro miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Así pues, se presentarán nuevas ocasiones de cooperación en los foros multilaterales. Pero, para aprovecharlas, los dirigentes estadounidenses deben aceptar una realidad: el regreso de China (y de la India) es ineluctable.

KISHORE MAHBUBANI

* Exembajador de Singapur ante Naciones Unidas, profesor de Políticas Públicas en la Universidad de Singapur, autor, entre otras obras, de Has the West Lost It?, Allen Lane Publishers, Londres, 2018. Este artículo se ha extraído de un texto publicado en Harper ́s, febrero de 2019

NOTAS:
  1. (1)  “Summary of the National Defense Strategy of the United States 2018”, Departamento de defensa, Washington, DC, https://dod.defense.gov
  2. (2)  Graham Alison, Destined for War: Can America and China Escape Thucydides ́s Trap?, Houghton MIffin, Boston, 2017.
  3. (3)  Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, Planeta, Barcelona, 1992.
  4. (4)  Lawrence Mishel, Elise Gould y Josh BIvens, “Wage stagnation in nine charts”, Economic
    Policy Institute, Washington, DC, 6 de enero de 2005, www.epi.org
  5. (5)  Véase Remi Castets, “Los figures, a prueba de la convivencia china”, Le Monde diplomatique
    en español, marzo de 2019.
  6. (6)  Cf. Xu Jilin, Rethinking China ́s Rise: A Liberal Critique, Cambridge University Press, 2018.
  7. (7)  Hasta marzo de 2018, un presidente de la república no podía ejercer más de dos mandatos.
  8. (8)  Cf. Richard McGregor, Asia ́s Reckoning: China, Japan, and the Fate of US Power in the
    Pacific Century, Viking, Nueva York, 2017.
  9. (9)  Discurso en el XIX Congreso del PCCh, Xinhua, 18 de octubre de 2017.

EL CUESTIONAMIENTO DE LA ESTRATEGIA POPULISTA


España vota, Podemos duda

Por JOSÉ ANTONIO GARCÍA SIMÓN Y JAIME VINDEL  *

LE MONDE diplomatique en español - nº 282 Abril de 2019

Hasta hace poco, cada escrutinio español parecía confirmar el auge de Podemos. Sin embargo, son pocos aquellos que esperan un avance de este partido en las elecciones generales del 28 de abril. En un contexto marcado por la sorpresa generada por la extrema derecha en diciembre de 2018, ¿cómo explicar el retroceso de una formación que tanto hizo por devolver la esperanza a los progresistas europeos?
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PODEMOS, seguido de la nada hace cinco años con la ambición de tomar el cielo (y España) por asalto, parecía regenerar la forma de hablar y de hacer política en Europa. Cinco años más tarde, ya nadie cree en la victoria relámpago prometida entonces y el partido parece amenazado por una normalización en el seno de un paisaje político que rechazaba por completo. ¿Constituye su retroceso actual solo una fase, común a todas las luchas de este tipo, o refleja la exacerbación de las tensiones que predominaron en su nacimiento?

Cuando Podemos irrumpió en el escenario político español el 17 de enero de 2014, sus fundadores pretendían recoger las exigencias de “democracia real” del movimiento del 15M, que ocupó las plazas de las ciudades del país a partir de mayo de 2011 (1)

Sus reivindicaciones desplegaron un amplio espectro de eslóganes y de propuestas, con un denominador común: el cuestionamiento del orden político (y, en menor medida, económico) resultante del paso  de la dictadura franquista (1936-1977) a la democracia liberal. En líneas generales, la organización de esta propuesta giró en torno a dos proyectos distintos: por un lado, un impulso con el objetivo de regenerar el sistema; por el otro, una ambición, más amplia, de transformación social. Reformar o transformar: La tensión entre estas dos opciones se reflejará más adelante en los debates internos del partido, subraya Brais Fernández, politólogo, miembros de la redacción de la revista Viento Sur y de Anticapitalistas, una organización de origen trotskista que fue uno de los núcleos fundadores de Podemos.

Para la primera corriente del 15M, pues, la prioridad era renovar a la clase política. En cierta medida, las movilizaciones callejeras revelaban el despecho de unas clases medias en un callejón sin salida, ya que la crisis de 2008 hizo desaparecer sus perspectivas de ascenso social. En el poder, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el principal soporte del imaginario progresista en la España posterior a la Transición, optó por la austeridad: una elección simbolizada en la modificación, el 23 de agosto de 2011, del artículo 135 de la Constitución con el fin de garantizar la estabilidad presupuestaria. Entiéndase: priorizar el pago de la deuda pública.

El PSOE sufrió las consecuencias de esta política cuando perdió las elecciones legislativas del mes de noviembre de ese mismo año. La nueva mayoría parlamentaria y el gobierno de Mariano Rajoy (Partido Popular, derecha) aumentaron un poco más los recortes en gasto social. A los ojos del 15M, la disfunción de la democracia española era evidente.

Podemos, liderado por Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, dos profesores universitarios, aprovechó este malestar. Rápidamente pasó a ser la opción predilecta de los votantes de entre 25 y 35 años, de entornos urbanos y con formación superior. Para este sector constituía la encarnación de la nueva política a la aspiraban, con sus rostros jóvenes y su estilo irreverente.

Para la segunda gran corriente -más radical- que existía en el 15M, la movilización se caracterizaba por sus espacios de socialización política (las asambleas, las carpas, los encuentros, etc.) y por una crítica más profunda del sistema político y económico español.

En este caso, el rechazo a la clase política adoptaba la forma de una voluntad de autonomización mediante la vida en común y la creación de espacios de deliberación, la promoción de una democracia digital, la ambición de poder destituir a los representantes electos, etc. Se consideraba que la creación de asambleas de barrio era una manera poner en práctica estas aspiraciones y de sentar las bases de una nueva sociedad. Por último, los partidarios de esta corriente denunciaban la distinción entre las esferas política y económica, pues estaban convencidos de su interdependencia.

Podemos intentaba unir a estas fuerzas dispersas. Los círculos de simpatizantes, por ejemplo, pretendían recuperar el espíritu inicial de las asambleas de barrio del 15M, las cuales, en 2014, mostraban signos de agotamiento. Cuando se crearon, estos espacios tenían la función de proporcionar arraigo territorial y un entorno propicio para la formación de cuadros políticos. No obstante, la dirección de Podemos, preocupada  por el supuesto peso de Anticapitalistas en los círculos, finalmente prefirió retirarles cualquier poder efectivo. Este proceso de concentración del poder se completo en febrero de 2017 durante la segunda asamblea ciudadana del partido, la cual consolidó una especie de centralismo democrático en el que los circulos ejercían poca influencia en los principales órganos de decisión.

La máquina de guerra puesta en marcha para aprovechar la “ventana de oportunidad” que brindaban las elecciones generales de 2015 priorizó la participación a través de internet en diversas plataformas de votación, de debate y elaboración de programas, como Appgree o Reddit. El carisma de Iglesias, capaz de entusiasmar a la audiencia, completaba una concepción mediática de la democracia.

Podemos, siguiendo la estrategia populista teorizada por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (2), tradujo su crítica a la oligarquía económica y a la clase política en un antagonismo entre la gente y la casta con la esperanza de eliminar el eje tradicional izquierda-derecha. La denuncia de la crisis financiera y de la corrupción del establishment político y económico se convirtió en el argumento central de la protesta contra los que los ideólogos de Podemos denominan el “régimen del 78” -en referencia a la Constitución adoptada en 1978 tras el final del franquismo-. Con todo, este cuestionamiento de la división izquierda-derecha no prosperó. En 2015, el ascenso en las encuestas de Ciudadanos -presentado con rapidez por el presidente del Banco Sabadell, Josep Oliu, como un “podemos de derechas” (3)- reconfiguró el tablero político en cuatro fuerzas reagrupadas en torno a dos ejes: izquierda-derecha (PSOE-Podemos frente a PP-Ciudadanos) y nueva política-vieja politica (Podemos-Ciudadanos frente a PSOE-PP).

La estrategia populista, elaborada por Errejón y respaldada durante mucho tiempo por Iglesias, encontró cierto eco en la población; alimentaba una extendida crítica al inmovilismo de la izquierda tradicional, a menudo incapaz de comprender el movimiento del 15M. Durante las elecciones generales de noviembre de 2011, Izquierda Unida -de la cual el Partido Comunista de España (PCE) constituye uno de sus núcleos duros- no supo traducir la eclosión del movimiento del 15M en fuerza electoral: su candidato, Cayo Lara, obtuvo un 7% de los votos, lejos del resultado histórico de Julio Anguita en 1996, un 10,5%.

Pero esta línea llevó a la dirección de Podemos a cometer errores que prepararían sus decepciones ulteriores. Al considerar con demasiada facilidad a los militantes políticos experimentados o que disponían de tiempo para acudir a las asambleas como “elitistas”, obstaculizó la creación de una organización democrática, tanto a nivel de circulación de la información y toma de decisiones como en lo relativo a la representación de las diversas tendencias. En la práctica, la postura populista se caracterizaba por una gran desconfianza con respecto a las bases militantes; abogaba implícitamente por la conversión de los delegados orgánicos en simples transmisores de las decisiones de una dirección carismática, con una actitud cercana al cesarismo, que tendía a remitir todos los debates a referéndums en internet.

La convergencia entre Errejón e Iglesias funcionó hasta las elecciones generales de junio de 2016. El segundo, haciendo caso omiso de las reticencias del primero, decidió entonces establecer una alianza con Izquierda Unida. La renovación de este partido, con Alberto Garzón a la cabeza, y la convergencia con Podemos en una candidatura conjunta (Unidos Podemos), alentó a aquellos que esperaban destronar al PSOE como principal fuerza de izquierdas, pero también desmovilizó a parte del electorado que había votado a amabas opciones por separado. Unidos Podemos cosechó un millón de votos menos que la suma de Podemos e Izquierda Unida en la elecciones de diciembre de 2015.

Semejante alianza ambiciona reactivar la estrategia “eurocomunista”, cuyo artífice fue el Partido Comunista Italiano (PCI) a comienzos de los años 1970. En varias ocasiones, Iglesias ha afirmado la necesidad de un “nuevo compromiso histórico”, una alusión a la doctrina defendida por aquel entonces por el secretario general del PCI, Enrico Berlinguer, que buscaba garantizar la estabilidad institucional de Italia a través de acuerdos con la Democracia Cristiana (4). Se trataría de influir desde la izquierda en la actuación gubernamental del PSOE, contemplando incluso la posibilidad de un Gobierno de coalición. Al mismo tiempo, Podemos persigue acumular los apoyos sociales para, llegado el momento, hacerse con el poder del Estado. Así, para Iglesias, la lógica de la coalición va acompañada de la profundización de una visión clasista, que recupera la idea de que la sociedad se divide en clases con intereses divergentes. Esta nueva estrategia parte de la aceptación de que la coyuntura favorable que surgió en 2011 habría finalizado: la población se ha acostumbrado a la crisis económica y solo un nuevo periodo de recesión revertiría esta situación. De esa manera, Podemos ha acabado ocupando el espacio donde antaño se encontraba Izquierda Unida. Ha incorporado además a algunos cuadros políticos de esa organización, así como a antiguos miembros de las Juventudes Comunistas (en las que se formó Iglesias), como Irene Montero, portavoz del bloque parlamentario Unidos Podemos.

La corriente clasista de iglesias marca una ruptura con respecto a la línea populista de Errejón. Según este último, ese repliegue “izquierdista” se ha traducido en un debilitamiento de Podemos, en una sociedad en la que la relación entre el voto y la clase social es débil.

En lugar de cavar trincheras que protejan las lealtades ideológicas, y teniendo en cuenta que Podemos no disfruta del suficiente arraigo territorial como para consolidar una base social a través de la militancia, Errejón pretende librar la batalla en el campo de los significantes que estructuran el debate político: el concepto de patria y la propia idea de España, tradicionalmente monopolizados por la derecha y, en general, rechazados por la izquierda debido a su asociación con el franquismo. Como nos explica Jorge Moruno, sociólogo, cofundador de Podemos y miembro de la corriente Errojonista, “se trata entonces de crear y de afirmar otra idea de país, otro horizonte y otra alternativa de encuentro entre los pueblos de España”. En definitiva, se aspira a conjugar la reivindicación de la patria con la naturaleza plurinacional de España.

¿El objetivo de Errejón? Dirigirse a segmentos de población heteróclitos: los sectores precarizados de la clase media (autónomos y profesionales liberales); los partidarios de una nueva politica que él califica como “amable”, por oposición a la “dureza” de las posiciones de Iglesias (lo que incluye a franjas que podrían simpatizar con el liberalismo de Ciudadanos); y los decepcionados con el PSOE (que conserva el apoyo de los trabajadores no cualificados y desempleados) (5).

Sin embargo, el contexto ya no es el de 2014. En el escenario nacional, la fuerza de la movilización social de la ola desencadenada por el 15M atraviesa una fase de retroceso y oscila hoy en día entre el olvido y el deslizamiento hacia posturas reaccionarias. Este deslizamiento se ve confirmado por la aparición, en las elecciones autonómicas de Andalucía, de Vox (el 11% de los votos el pasado mes de diciembre), un partido de extrema derecha que une recuperación del franquismo y oposición a la “ideología de género” en un contexto de avance del feminismo durante los últimos años.

Por otra parte, la estrategia populista no es ajena a la falta de arraigo popular de Podemos. La importancia que Errejón otorga a la pericia técnica le conduce a subestimar el papel de los movimientos sociales. “¿Cómo creéis que podrían ayudar a gobernar estos movimientos?”, le preguntaba un periodista en 2014. La respuesta: “Si te soy sincero, creo que poco, porque están instalados en una cultura de la resistencia que no les obliga a mancharse con la discusión concreta de cómo se harían las cosas” (6). Más que un arraigo social, busca, por ejemplo, impulsar otros nuevos nichos de innovación empresarial, como los sectores vinculados a la transición ecológica. Este proyecto plantea un problema: ¿hasta dónde se puede llevar semejante juego de alianzas una vez en el poder (7).

Desde el punto de vista de la elaboración de las candidaturas, se traduce en una excesiva representación de perfiles profesionales o procedentes de la investigación científica. En el caso, por ejemplo, de la plataforma Más Madrid, creada por Errejón con vistas a las elecciones autonómicas del próximo mes de mayo. Esta estructura ha unido el destino de Errejón al de Manuela Carmena, la alcaldesa de la capital, jurista involucrada en política desde los años 1970. Ratifica la implosión de Podemos y es el resultado del rechazo del primero ceder el estricto control que la dirección del partido ha querido imponerle. Último giro de un pulso mantenido desde hace dos años: así pues, Más Madrid y Podemos concurrirán… por separado. En cierta manera, Errejón ha sido víctima de la estructura piramidal de la que él mismo fue uno de los artífices durante la primera asamblea ciudadana de Podemos, en octubre de 2014.

Las explicaciones a las decepciones de Podemos no se encuentran únicamente en las luchas intestinas que lo han desgarrado. La irrupción de Vox deriva del cataclismo provocado por la cuestión catalana en el escenario político español. Unos días después de la celebración del referéndum sobre la independencia de Cataluña, en octubre de 2017 -una celebración empañada por una brutal represión policial-, la intervención televisada del rey Felipe VI, quien hizo recaer toda la responsabilidad de la crisis en los independentistas catalanes, marginó a las fuerzas que, como Podemos, se mostraron a favor de la celebración de un referéndum. La repentina aparición de banderas españolas en los balcones de las ciudades del país dejaba presagiar un contragolpe conservador.

Con todo, la magnitud de los escándalos impidió que la derecha permaneciera en el poder: el PP se vio condenado judicialmente por su implicación en una vasta trama de corrupción. En junio de 2018, Rajoy tuvo que abandonar la presidencia a raíz de una moción de censura presentada por el secretario general del PSOE, Pedro Sanchez, con el respaldo del Partido Nacionalista Vasco (PNV), de diversos partidos catalanes y de Podemos. Sin embargo, el breve Gobierno socialista no ha conseguido encontrar una solución consensuada a la crisis territorial y se muestra tímido con respecto a las cuestiones sociales defendidas por Unidos Podemos. El anuncio de un aumento del 22% del salario mínimo el pasado mes de diciembre contrasta con la tibieza del Ejecutivo a la hora de poner freno a problemas como el alza en el precio del alquiler.

En esta coyuntura, sablistas y errejonistas intentan conjugar las variables social y nacional de la crisis del régimen, mientras que las formaciones de derechas (PP, Ciudadanos, Vox) se afanan por aislarlas. La estrategia clasista subraya la transversalidad territorial de las clases trabajadoras. La estrategia populista promueve una identificación entre el pueblo, el Estado y la nación que pueda desembocar en una renovación del pacto constitucional de 1978. En oposición a los designios conservadores, dicha actualización supondría un reforzamiento de los derechos sociales e impediría una recentralización de las competencias transferidas a las comunidades autónomas.

Con todo, el resto del mundo ha cambiado igualmente desde el nacimiento de Podemos. Por aquel entonces, sus dirigentes expresaban de buen grado su admiración por el proceso bolivariano en Venezuela. El caos político y económico que reina en este país constituye en la actualidad un lastre para Iglesias y Errejón, pese a que ambos se hayan distanciado del Gobierno de Nicolas Maduro.

Más determinante aún: el desenlace del conflicto entre Bruselas y Atenas en 2015. La capitulación de Syriza ante las conminaciones de sus “socios” europeos sirvió de advertencia: se alejaba la perspectiva de un polo de resistencia al neoliberalismo en el sur de Europa. Este sentimiento se ve reforzado por la progresión de las fuerzas reaccionarias en Europa del Este y en Estados Unidos.

Este panorama internacional alienta el avance de la extrema derecha -hasta ahora poco visible en el escenario político español- y la radicalización de las otras formaciones conservadoras (PP, Ciudadanos). A su vez, reduce el margen de maniobra del que dispone Podemos para hacer renacer las esperanzas de cambio que predominaron en su creación.

La experiencia acumulada desde 2015 -gracias a la gestión de ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia, Cádiz, A Coruña, Zaragoza (8)- invita a una doble lectura. Ha facilitado la adquisición de saberes indispensables para quien aspira a asumir responsabilidades institucionales; pero, al mismo tiempo, normaliza a partidos que se consideraban diferentes. Y aunque conservar el poder en estos Ayuntamientos permite influir a nivel local, no es suficiente para reducir los privilegios de las elites.

Las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE -Podemos, Izquierda Unida, En Comú Podem (que reúne a Podemos y a otros organizaciones de Cataluña), Más Madrid, etc.- siguen gozando de una importante simpatía popular. Las citas electorales de las próximas semanas -elecciones generales 28 de abril y elecciones europeas, autonómicas y municipales el 26 de mayo- determinarán a medio0 plazo el destino de Podemos y la posibilidad de ver cómo las reivindicaciones del 15M puedan evitar un cierre involutivo de la crisis política española.

JOSÉ ANTONIO GARCÍA SIMÓN Y JAIME VINDEL  *

  • Respectivamente, escritor y profesor en la Universidad Complutense de Madrid.



Notas:

  1. Véase Raúl Guillen, “Alchimistes de la Puerta del Sol”, Le Monde diplomatique, París, julio 2011.
  2. Véase Razming Keucheyan y Renaud Lambert, “Ernesto Laclau, inspirador de Podemos”, Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2015.
  3. “Josep Oliu propone crear “una especie de Podemos de derechas”. El Pweriódico, Barcelona, 25 de junio de 2014.
  4. Pablo Iglesias, “Un nuevo compromiso histórico”, El País, Madrid, 9 de diciembre de 2015.
  5. Irene Castro, “El PSOE, el partido al que más votan los desempleados”, eldiario.es, 22 de junio de 2016.
  6. Entrevista concedida a Pablo Rivas, “estamos orgullosos de que la oligarquía española tenga miedo”, Diagonal, Madrid, 7 de noviembre de 2014.
  7. Véase Serge Halimi, “Construir pueblo”, Le Monde diplomatique en español, diciembre de 2018.
  8. Véase Pauline Perrenot y Vladimir Slonska-Malvaud, “En las ciudades rebeldes españolas”, Le Monde diplomatique en español, febrero de 2017.