martes, 22 de noviembre de 2016

Aniversario de Jack London

Por Iratxe Bernal - El correo 19/11/16

"Conocido por 'Colmillo blanco' y 'La llamada de lo salvaje', Jack London, de cuya muerte se cumple un siglo, también describió con dureza los efectos de la industrialización"

La ciudad y los perros

Sus libros son un clásico de las librerías juveniles. Quizás como Stevenson, Verne, Melville o Salgari. Jack London, de cuyo fallecimiento se cumplirá un siglo el próximo martes, es uno de esos autores famosos por un titulo, un personaje o un genero que eclipsa el resto de una obra compleja y poliedrica. En su caso, 'Colmillo blanco' y 'La llamada de lo salvaje', dos novelas protagonizadas por sendos perros que se enfrentan a la supervivencia en la inhóspita Alaska de finales del XIX, lo han encasillado como autor infantil - o de aventuras en el mejor de los casos- desterrando al olvido títulos de reminiscencias biográficas y profundo calado social en los que evidencia que las ciudades por donde pasaba la industrialización tenían un lado tan crudo como la naturaleza salvaje.

London fue inquieto, idealista, pendenciero, autodidacta, contradictorio, curioso y sobre todo, cuentista, algo que llevaba en la sangre. Su madre Flora Wellman, era hija de una acomodada familia protestante de comerciantes de trigo tan entusiasmada con el espiritismo que hasta llegó a hacer sus pinitos como médium con 25 años abandonó una vida planificadamente convencional -en la que lo más excitante hubiera sido dar clases de piano- para fugarse con William Chaney, un charlatán que ejercía como astrólogo ambulante y que, con la clarividencia propia del oficio, cuando supo que ella estaba embarazada auguró un futuro lleno de responsabilidades que no le convenció en lo más mínimo. De modo que cuando John Griffith Chaney -verdadero nombre del autor- nació en San Francisco en 1876, su madre era una mujer soltera obligada a sentar la cabeza, por lo que a finales de ese mismo año se casó con John London, un veterano de la Guerra de Secesión viudo y con dos hijas, de quien el escritor tomaría el apellido.

Cuando el niño tiene diez años, la familia se traslada a la cercana Oakland, a un suburbio habitado por emigrantes italianos y chinos. Allí, los padres montan varios negocios fallidos como un comercio de ultramarinos o una granja de pollos y a él, tan crió aún, no le queda mas remedio que ponerse a trabajar. Empieza a forjarse el Jack London buscavidas, el que después tan fielmente retrataría la lucha por la supervivencia y no solo en la América de los colonos y pioneros. A los primeros empleos como repartidor de periódicos y ayudante en una bolera, le siguió al terminar los estudios básicos un trabajo a destajo en una conservera del que, dado que los padres parece no preocuparles demasiado dónde ganaba el dinero el chaval, enseguida se libera; prefiere dedicarse a revender las ostras que puede robar en los criaderos de la bahía.

Es su oportunidad de sentirse un aventurero, como esos balleneros que cuantas sus historias fantásticas en las tabernas del puerto, que tan precoz en todo, ya frecuenta. Ellos le convencen de que los mundos y personajes de Melville existen más allá de las estanterías de la biblioteca local, que no deja de frecuentar pese a dejar los estudios.






Conocer su país

Accidentalmente, un día se incendia el bote con el que saquea los criaderos y decide aprovechar lo bien que ya conoce el oficio y a quienes lo practican para colocarse frente a ellos como guardacosta. La mitad de la multa con la que se castigaba a los ladrones se la quedaba el agente que realizaba cada arresto, así que él se muestra extremadamente eficaz pillando en falta a los antiguos colegas. Pero es una ocupación temporal. Ya sabe que quiere ser un aventurero y, antes de cumplir los 16, embarca para cazar focas en el mar de Bering y después viajar hasta Japón. Fueron solo nueve meses tras los que trato de reengancharse a la vida de obrero de fabrica de yute y una central eléctrica. Mala idea. Tampoco allí encaja. Aquello no era para él, que ya es un pendenciero que ha aprendido a beber y pelear, y menos aún en unas condiciones tan precarias como las que sufrían los trabajadores de 1893, cuando el país atravesaba su -hasta entonces- peor depresión.
Deja el trabajo y se alista en el llamado 'ejercito de Coxey', un regimiento de parados a los que un político y hombre de negocios ha convencido para marchar hasta la Casa Blanca en demanda de soluciones a una crisis económica. Aquello sirve para conocer su propio país, recorrerlo y comprobar cómo de San Francisco a Washington el frío, el hambre, el cansancio y la desilusión rompen cualquier sentimiento de solidaridad hacia los demás, aunque estos vivan tan mal como tú. Ha visto el fantasma de Darwin. La ciudad no es tan distinta a la naturaleza. Sólo sobreviven los más fuertes.

De Washington marcha a Chicago y Nueva York con parada y fonda en la penitenciaria de Erie (Búfalo) tras ser detenido por dormir en la calle y no dar un domicilio reconocido. Únicamente pasa un mes en la cárcel, pero es una experiencia que después dio mucho juego literario y que, sobre todo, le hizo volver a plantearse su vida. En vez de vivir aventuras va optar por escribirlas. Así, con 18 años decide volver al instituto, aunque esta vez alternando libros con el servicio de limpieza del propio centro. Allí impresiona a sus profesores y compañeros con sus relatos para la revista estudiantil de tifones en los remotos y exóticos mares del Japón que muchas veces escribía en el Last Chances Saloon, un bar que hoy es visita obligada para los turistas que pasean  por Jack London Square y cuyo propietario decidió ayudarle a pagar la matricula en Berkeley.

Tampoco aquel es su sitio London llega a la Universidad con mucha vida a cuestas, lo que enseguida le diferencia del resto de estudiantes, niños bien que saben boxear pero no pelear. Los hay, cómo no, que hasta se confiesan socialistas en tertulias de salón. Han leído, dicen, el 'Manifiesto Comunista'. Él, en cambio, se lo sabe, porque incluso esta afiliado al partido socialista. La cada vez más absorbente actividad política y la falta de recursos le apartan de las aulas al cabo de un semestre en el que lo único que saca en claro es su voluntad de casarse con una estudiante de Literatura.

Dinero para la boda

Y para conseguir el dinero con que persuadir a la familia de la muchacha de que puede ser un buen partido se enrola en su siguiente aventura; viajar hasta la cuenca del río Yukon para contagiarse de la fiebre del oro que se ha desatado en Alaska. Pero lo calcula fatal y llega cuando el terrible invierno no impide más actividad que la de convivir con mineros, tahúres, contrabandistas y prostitutas. Al final, lo único que se lleva de regreso a San Francisco es el escorbuto.

Enfermo y sin dinero ni esperanzas de conseguir casarse decide que, ahora sí, ha llegado el momento de escribir. Convierte a sus compañeros de travesía marítima, de manifestación obrera,  de campamento  minero en personajes y empieza a entregar relatos a revistas que, con la imprenta industrial en pleno auge, empiezan a proliferar. A cuatro dólares por relato descubre que la escritura es rentable si eres prolífico. Y él lo es. Sus historias trepidantes ademas enganchan a un público ansioso por conocer otros paisajes, y sus seriales pronto empiezan a reivindicarse como novelas, que se pagan mucho mejor.

En 1900 se casa con su primera mujer, Elizabeth Maddern, una amiga de la infancia de la que reconoció no estar enamorado; simplemente la vio adecuada para darle hijos fuertes e inteligentes -échenle la culpa a Nietzsche y sus superhombre-, y ella, que lo sabía, le pareció bien. Hasta que tres años después, cuando ya tenía dos hijas, las aventuras amorosas de él, convertido ya en autor de éxito, acaban con su paciencia y pactan un civilizado divorcio. Ese mismo año, tras publicar 'El hijo del lobo', 'El lobo de mar' o 'Cuentos de la patrulla pesquera' vende por 750 dólares -y otros 2000 por los derechos- 'La llamada de lo salvaje' al 'The Saturday Evening', que gracias al empuje del periódico se convierte en un éxito inmediato. También es la obra por la que recibe la primera acusación de plagio, algo que no importó demasiado ni a él, que reconoció haberse inspirado en otra obra, ni a sus lectores. La novela les deslumbra por la descripción de la crudeza de la vida en Alaska y la indómita naturaleza ante la que es fácil sentirse tan indefenso como Buck, el perro doméstico obligado a ser un poco lobo que la protagoniza.

En pleno éxito, el 'New York Journal' le contrata como corresponsal para cubrir la Guerra de los Bóers en Sudáfrica. Después Randolph Hearts y el 'San Francisco Examiner' le mandarían a la guerra de Japón y Rusia, pero el viaje a Inglaterra para preparar el viaje de África le marca más que cualquier contienda. En Londres conoce las terribles condiciones de vida -y muerte- de los obreros en el West End, que le reafirman en que la industrialización, más feroz aún que la naturaleza, también convierte a los perros en lobos. Aquellas miserias quedaron escritas en el descorazonador reportaje 'Pueblo del abismo'.
 
Candidato a alcalde

Con las imágenes de los niños famélicos de Londres aún en la retina, regresa todavía más convencido de las bondades del socialismo y se presenta a la alcaldía de Oakland, experiencia que con idéntico fracaso volverá a repetir en 1905. En sus discursos no deja títere con cabeza. Lo mismo cobran, los magnates de la industria que desatienden las necesidades más básicas de sus trabajadores que los artistas e intelectuales que, socialistas o no, hacen oídos sordos al dolor de los explotados. Lo dice cuando ya es el autor mejor pagado del país, el autor de algunos de los primeros bestsellers...

A su regreso hace amistad con el poeta George Sterling, autor de 'Diccionario del diablo', quien se convertirá en su mejor compañero de juergas (hay quien incluso habla de una relación homosexual entre ambos) gracias a aficiones comunes como el boxeo, deporte del que también informó en algún periódico y que después protagonizó alguno de sus relatos. Tras muchas correrías y algún episodio depresivo, London decide retomar otra vez la vida hogareña y se casa con una de sus amantes, la también escritora Charmian Kittredge. Juntos compran un terreno en Sonoma (California) que bautizan como Rancho Hermoso y que incluso pretenden explotar sin tener ninguno de los dos mucha idea de cómo. Tampoco llegan a aprender; todo se pierde en un incendio antes de llegar a mudarse y el episodio se salda con una ruina económica de la que vendrá a rescatarles otro perro; Colmillo blanco.

Arranca entonces la última etapa de su vida. Con las ganancias de la novela construyen un barco para perderse juntos por los Mares del Sur. En plan travesía, la malaria lo obliga a buscar el camino de regreso a casa, donde vuelve a beber sin medida, lo que combinado con los opiáceos termina con su ya frágil salud en 1916 en lo que quizás fuera un suicidio. Sólo tenía 40 trepidantes años.
 
Obras clave

Aventuras: 'La llamada de lo salvaje' y 'Colmillo blanco', ambas protagonizadas por un perro y ambientadas en Alaska.

Sociales: 'El talón de hierro', 'Guerra de clases', 'La quimera del oro' y 'El vagabundo de las estrellas', un alegato contra la pena de muerte.

Misterio: 'Asesinatos S.L.'

Biografías: 'Martin Eden' y 'Memorias de un borracho', también ha sido editada bajo el titulo de 'John Bareycorn' nombre con que en la novela personifica al alcohol.

Ensayo: 'Como me convertí en socialista' y 'Pueblo del abismo', donde escribe las míseras condiciones de vida de los obreros ingleses

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