lunes, 25 de septiembre de 2017

Los falsos principios de nuestra educación 

"Que la cultura universal de la escuela tienda al aprendizaje de la libertad, no de la sumisión: ser libres, he ahí la verdadera vida."

"Estos extractos de los primeros anarquistas los rescato aquí, para que nos vayamos repensando en que debemos basarnos para trabajar en contra de la alienación y el embrutecimiento de nuestras conciencias por parte de la ideología imperante del capitalismo" (Marce)

Max Stirner - (Extraído de: Escritos menores, 1842)

"Una anticipación "personalista" a las revoluciones contemporáneas en la enseñanza" 

(...) La libertad de pensamiento, una vez adquirida, es el impulso de nuestro tiempo de perfeccionarla para trocarla en libertad de voluntad, principio de una nueva época. De tal manera que el objeto último de la educación no puede ya ser el saber, sino el saber nacido de ese saber. En una palabra, tenderá a crear un hombre personal o libre. ¿Qué es la verdad, sino la revolución de aquello que somos? Se trata de descubrirnos a nosotros mismos, de liberarnos de todo lo que nos es extraño, de abstenernos o librarnos radicalmente de toda autoridad, de reconquistar la ingenuidad. Pero la escuela no produce hombres tan absolutamente verdaderos. Y si hay alguna escuela que los produce, es a pesar de la escuela. Esta, sin duda, nos hace dueños de las cosas, y en rigor incluso nos hace dueños de nuestra propia naturaleza. Pero no hace de nosotros naturalezas libres. En efecto, ningún saber, por profundo y extenso que fuere, ningún espíritu avispado y sagaz, ninguna fineza dialéctica pueden prevenirnos contra la ralería del pensar y del querer.

(...) Todas las especies de vanidad y de deseo de lucro, de arribismo, de celo servil y de duplicidad, etc., se compaginan muy bien con un saber vasto, lo mismo que con una elegante formación clásica. Y todo este fárrago escolar, que no ejerce ninguna influencia sobre nuestro comportamiento moral, lo olvidamos con frecuencia, tanto más cuanto que no nos sirve para nada: nos sacudimos el polvo de la escuela cuando la abandonamos. ¿Por qué? Porque la educación consiste únicamente en lo formal o en lo material, o todo lo más en una mezcla de los dos, pero no en la verdad, en la formación del hombre verdadero.

(...) Como algunas otras esferas, también la pedagogía es de esas esferas donde se trata de no dejar penetrar la libertad, de no tolerar oposición: lo que se quiere es la sumisión. Sólo se atiende a un adiestramiento, puramente formal y material. De los establos del humanismo no salen más que sabios, de los realistas no salen más que "ciudadanos útiles", pero en ambos casos no salen más que criaturas sumisas. Nuestro viejo fondo de "maldad" es sofocado a la viva fuerza y, por tanto, el logro del saber en voluntad libre. También la vida escolar produce filisteos. Así como cuando éramos niños se nos enseñaba a aceptar todo lo que se nos imponía, así nos acomodamos más tarde a una vida positiva, nos plegamos a nuestro tiempo, llegamos a ser criados y los pretendidos "buenos ciudadanos".

¿Dondé, pues, en lugar de la sumisión hasta aquí fomentada, se ve surgir un espíritu de oposición? ¿Dónde se forma, en lugar del hombre instruido un hombre creador? ¿Dónde, pues, el profesor se transforma en colaborador, dónde se opera la transmutación del saber en querer, dónde, en suma, el objetivo es el hombre libre más que el hombre cultivado? Le buscamos en vano: tan rara esta cosa.

Y sin embargo sería preciso que nos metiéramos en la cabeza que el papel supremo del hombre no es ni la instrucción, ni la civilización, sino la autoactividad. ¿Equivale esto a abandonar la cultura? No, ni sacrificar la libertad de pensamiento, sino a transfigurarla en libertad de voluntad. El día en que el hombre haga cuestión de honor el sentirse o conocerse a si mismo, de actuar por si mismo, con plena libertad, ese día cesará de ser para si mismo un objeto extraño e impenetrable, tenderá a disipar la ignorancia que limita e impide su pleno conocimiento de si mismo.

Se despierta en el hombre la idea de la libertad, los hombre libres sólo sueñan con liberarse a si mismos ahora y siempre; pero, al contrario, no se hacen más que hombres instruidos, que se adaptan a todas las circunstancias de la manera más refinada, que caen al nivel de las almas sumisas y serviles. ¿Qué son, en su mayoría, nuestros bellos señores llenos de espíritu y de cultura? Esclavistas, burlones, esclavos ellos mismos.

(...) La miseria de nuestra educación actual viene, en gran parte, de que el saber no se ha traducido en voluntad, en autoactividad, en practica pura. Los realistas se han dado buena cuenta de esta laguna, pero el único remedio que han puesto ha sido el de formar gentes "prácticas", desnudas tanto de ideas como de libertad. El espíritu que anima a la mayoría de los enseñantes es una prueba tristemente viva de cuanto decimos. Desbastados, en el mejor de los casos ellos desbastan a su vez; troquelados, ellos troquelan. Pero toda educación debe ser personal (...) En otros términos, no es el saber lo que hay que inculcar, es la personalidad la que debe de llegar a su propio expansionamiento. El punto de partida de la pedagogía no debe ser el civilizar, sino el de formar personalidades libres, caracteres soberanos; así, la voluntad hasta aquí brutalmente oprimida debe dejar de ser debilitada. Desde el momento en que no se debilita el impulso al saber, ¿Por qué debilitar el impulso hacia el querer? Si se cultiva aquel, hay que cultivar igualmente este.


¿De qué nos quejamos, pues, cuando analizamos las lagunas de nuestra educación actual? De que nuestras escuelas están aún afectas al principio antiguo, ese principio del saber sin voluntad. El nuevo principio es el de la voluntad, el de la transfiguración del saber. Partiendo de ahí, más "concordia entre escuela y vida", pero que la escuela sea vida y que, en su seno, como fuera de ella, se fije como un deber el descubrimiento de la personalidad. Que la cultura universal de la escuela tienda al aprendizaje de la libertad, no de la sumisión: ser libres, he ahí la verdadera vida.

La educación práctica queda mucho más atrás de la educación personal y libre; si aquella procura el medio de hacer su camino en la vida, ésta procura la fuerza de hacer brotar la chispa de la vida; si aquélla prepara al escolar para encontrarse en un mundo dado, ésta le llevara ser sí mismo en su fuero interior. Todo no está ya hecho cuando nos comportamos como miembros útiles en sociedad. No podemos acceder hacia esa meta libremente más que a condición de ser hombres libres, individuos que crean y actúan por sí mismos.

La idea, el impulso de los tiempos nuevos, es la libertad de la voluntad. La pedagogía debe, por tanto, proponerse como punto de partida y como fin la formación de la libre personalidad (...) Esta cultura, que es verdaderamente universal, porque en ella el más humilde se encuentra allí junto al más elevado, representa la verdadera igualdad de todos: la igualdad de las personas libres. Pues sólo la libertad es igualdad (...) Nosotros tenemos, pues, necesidad de una educación personal (...) Si se quiere dar un nombre en "ismo" a quienes siguen estos principios, yo elegiría, por mi parte, el de "personalismo" * (Naturalmente, que el "personalismo" de Stirner tiene tan poco que ver con el de Mounier como el de Cruz Martínez Esteruelas. La palabra "personalismo" en Stirner significa defensa del "yo" como Único)  N. del T.

(...) Para concluir y resumir en pocas palabras el fin hacia el que nuestra era debe enderezar sus esfuerzos, la desaparición del saber sin voluntad y el orto del saber consciente de sí, que se da en el estallido luminoso de la personalidad libre, podríamos decir así: el saber debe morir para resucitar como voluntad y recrearse cotidianamente como personalidad libre.

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