viernes, 14 de junio de 2019

EL CUESTIONAMIENTO DE LA ESTRATEGIA POPULISTA


España vota, Podemos duda

Por JOSÉ ANTONIO GARCÍA SIMÓN Y JAIME VINDEL  *

LE MONDE diplomatique en español - nº 282 Abril de 2019

Hasta hace poco, cada escrutinio español parecía confirmar el auge de Podemos. Sin embargo, son pocos aquellos que esperan un avance de este partido en las elecciones generales del 28 de abril. En un contexto marcado por la sorpresa generada por la extrema derecha en diciembre de 2018, ¿cómo explicar el retroceso de una formación que tanto hizo por devolver la esperanza a los progresistas europeos?
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PODEMOS, seguido de la nada hace cinco años con la ambición de tomar el cielo (y España) por asalto, parecía regenerar la forma de hablar y de hacer política en Europa. Cinco años más tarde, ya nadie cree en la victoria relámpago prometida entonces y el partido parece amenazado por una normalización en el seno de un paisaje político que rechazaba por completo. ¿Constituye su retroceso actual solo una fase, común a todas las luchas de este tipo, o refleja la exacerbación de las tensiones que predominaron en su nacimiento?

Cuando Podemos irrumpió en el escenario político español el 17 de enero de 2014, sus fundadores pretendían recoger las exigencias de “democracia real” del movimiento del 15M, que ocupó las plazas de las ciudades del país a partir de mayo de 2011 (1)

Sus reivindicaciones desplegaron un amplio espectro de eslóganes y de propuestas, con un denominador común: el cuestionamiento del orden político (y, en menor medida, económico) resultante del paso  de la dictadura franquista (1936-1977) a la democracia liberal. En líneas generales, la organización de esta propuesta giró en torno a dos proyectos distintos: por un lado, un impulso con el objetivo de regenerar el sistema; por el otro, una ambición, más amplia, de transformación social. Reformar o transformar: La tensión entre estas dos opciones se reflejará más adelante en los debates internos del partido, subraya Brais Fernández, politólogo, miembros de la redacción de la revista Viento Sur y de Anticapitalistas, una organización de origen trotskista que fue uno de los núcleos fundadores de Podemos.

Para la primera corriente del 15M, pues, la prioridad era renovar a la clase política. En cierta medida, las movilizaciones callejeras revelaban el despecho de unas clases medias en un callejón sin salida, ya que la crisis de 2008 hizo desaparecer sus perspectivas de ascenso social. En el poder, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el principal soporte del imaginario progresista en la España posterior a la Transición, optó por la austeridad: una elección simbolizada en la modificación, el 23 de agosto de 2011, del artículo 135 de la Constitución con el fin de garantizar la estabilidad presupuestaria. Entiéndase: priorizar el pago de la deuda pública.

El PSOE sufrió las consecuencias de esta política cuando perdió las elecciones legislativas del mes de noviembre de ese mismo año. La nueva mayoría parlamentaria y el gobierno de Mariano Rajoy (Partido Popular, derecha) aumentaron un poco más los recortes en gasto social. A los ojos del 15M, la disfunción de la democracia española era evidente.

Podemos, liderado por Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, dos profesores universitarios, aprovechó este malestar. Rápidamente pasó a ser la opción predilecta de los votantes de entre 25 y 35 años, de entornos urbanos y con formación superior. Para este sector constituía la encarnación de la nueva política a la aspiraban, con sus rostros jóvenes y su estilo irreverente.

Para la segunda gran corriente -más radical- que existía en el 15M, la movilización se caracterizaba por sus espacios de socialización política (las asambleas, las carpas, los encuentros, etc.) y por una crítica más profunda del sistema político y económico español.

En este caso, el rechazo a la clase política adoptaba la forma de una voluntad de autonomización mediante la vida en común y la creación de espacios de deliberación, la promoción de una democracia digital, la ambición de poder destituir a los representantes electos, etc. Se consideraba que la creación de asambleas de barrio era una manera poner en práctica estas aspiraciones y de sentar las bases de una nueva sociedad. Por último, los partidarios de esta corriente denunciaban la distinción entre las esferas política y económica, pues estaban convencidos de su interdependencia.

Podemos intentaba unir a estas fuerzas dispersas. Los círculos de simpatizantes, por ejemplo, pretendían recuperar el espíritu inicial de las asambleas de barrio del 15M, las cuales, en 2014, mostraban signos de agotamiento. Cuando se crearon, estos espacios tenían la función de proporcionar arraigo territorial y un entorno propicio para la formación de cuadros políticos. No obstante, la dirección de Podemos, preocupada  por el supuesto peso de Anticapitalistas en los círculos, finalmente prefirió retirarles cualquier poder efectivo. Este proceso de concentración del poder se completo en febrero de 2017 durante la segunda asamblea ciudadana del partido, la cual consolidó una especie de centralismo democrático en el que los circulos ejercían poca influencia en los principales órganos de decisión.

La máquina de guerra puesta en marcha para aprovechar la “ventana de oportunidad” que brindaban las elecciones generales de 2015 priorizó la participación a través de internet en diversas plataformas de votación, de debate y elaboración de programas, como Appgree o Reddit. El carisma de Iglesias, capaz de entusiasmar a la audiencia, completaba una concepción mediática de la democracia.

Podemos, siguiendo la estrategia populista teorizada por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (2), tradujo su crítica a la oligarquía económica y a la clase política en un antagonismo entre la gente y la casta con la esperanza de eliminar el eje tradicional izquierda-derecha. La denuncia de la crisis financiera y de la corrupción del establishment político y económico se convirtió en el argumento central de la protesta contra los que los ideólogos de Podemos denominan el “régimen del 78” -en referencia a la Constitución adoptada en 1978 tras el final del franquismo-. Con todo, este cuestionamiento de la división izquierda-derecha no prosperó. En 2015, el ascenso en las encuestas de Ciudadanos -presentado con rapidez por el presidente del Banco Sabadell, Josep Oliu, como un “podemos de derechas” (3)- reconfiguró el tablero político en cuatro fuerzas reagrupadas en torno a dos ejes: izquierda-derecha (PSOE-Podemos frente a PP-Ciudadanos) y nueva política-vieja politica (Podemos-Ciudadanos frente a PSOE-PP).

La estrategia populista, elaborada por Errejón y respaldada durante mucho tiempo por Iglesias, encontró cierto eco en la población; alimentaba una extendida crítica al inmovilismo de la izquierda tradicional, a menudo incapaz de comprender el movimiento del 15M. Durante las elecciones generales de noviembre de 2011, Izquierda Unida -de la cual el Partido Comunista de España (PCE) constituye uno de sus núcleos duros- no supo traducir la eclosión del movimiento del 15M en fuerza electoral: su candidato, Cayo Lara, obtuvo un 7% de los votos, lejos del resultado histórico de Julio Anguita en 1996, un 10,5%.

Pero esta línea llevó a la dirección de Podemos a cometer errores que prepararían sus decepciones ulteriores. Al considerar con demasiada facilidad a los militantes políticos experimentados o que disponían de tiempo para acudir a las asambleas como “elitistas”, obstaculizó la creación de una organización democrática, tanto a nivel de circulación de la información y toma de decisiones como en lo relativo a la representación de las diversas tendencias. En la práctica, la postura populista se caracterizaba por una gran desconfianza con respecto a las bases militantes; abogaba implícitamente por la conversión de los delegados orgánicos en simples transmisores de las decisiones de una dirección carismática, con una actitud cercana al cesarismo, que tendía a remitir todos los debates a referéndums en internet.

La convergencia entre Errejón e Iglesias funcionó hasta las elecciones generales de junio de 2016. El segundo, haciendo caso omiso de las reticencias del primero, decidió entonces establecer una alianza con Izquierda Unida. La renovación de este partido, con Alberto Garzón a la cabeza, y la convergencia con Podemos en una candidatura conjunta (Unidos Podemos), alentó a aquellos que esperaban destronar al PSOE como principal fuerza de izquierdas, pero también desmovilizó a parte del electorado que había votado a amabas opciones por separado. Unidos Podemos cosechó un millón de votos menos que la suma de Podemos e Izquierda Unida en la elecciones de diciembre de 2015.

Semejante alianza ambiciona reactivar la estrategia “eurocomunista”, cuyo artífice fue el Partido Comunista Italiano (PCI) a comienzos de los años 1970. En varias ocasiones, Iglesias ha afirmado la necesidad de un “nuevo compromiso histórico”, una alusión a la doctrina defendida por aquel entonces por el secretario general del PCI, Enrico Berlinguer, que buscaba garantizar la estabilidad institucional de Italia a través de acuerdos con la Democracia Cristiana (4). Se trataría de influir desde la izquierda en la actuación gubernamental del PSOE, contemplando incluso la posibilidad de un Gobierno de coalición. Al mismo tiempo, Podemos persigue acumular los apoyos sociales para, llegado el momento, hacerse con el poder del Estado. Así, para Iglesias, la lógica de la coalición va acompañada de la profundización de una visión clasista, que recupera la idea de que la sociedad se divide en clases con intereses divergentes. Esta nueva estrategia parte de la aceptación de que la coyuntura favorable que surgió en 2011 habría finalizado: la población se ha acostumbrado a la crisis económica y solo un nuevo periodo de recesión revertiría esta situación. De esa manera, Podemos ha acabado ocupando el espacio donde antaño se encontraba Izquierda Unida. Ha incorporado además a algunos cuadros políticos de esa organización, así como a antiguos miembros de las Juventudes Comunistas (en las que se formó Iglesias), como Irene Montero, portavoz del bloque parlamentario Unidos Podemos.

La corriente clasista de iglesias marca una ruptura con respecto a la línea populista de Errejón. Según este último, ese repliegue “izquierdista” se ha traducido en un debilitamiento de Podemos, en una sociedad en la que la relación entre el voto y la clase social es débil.

En lugar de cavar trincheras que protejan las lealtades ideológicas, y teniendo en cuenta que Podemos no disfruta del suficiente arraigo territorial como para consolidar una base social a través de la militancia, Errejón pretende librar la batalla en el campo de los significantes que estructuran el debate político: el concepto de patria y la propia idea de España, tradicionalmente monopolizados por la derecha y, en general, rechazados por la izquierda debido a su asociación con el franquismo. Como nos explica Jorge Moruno, sociólogo, cofundador de Podemos y miembro de la corriente Errojonista, “se trata entonces de crear y de afirmar otra idea de país, otro horizonte y otra alternativa de encuentro entre los pueblos de España”. En definitiva, se aspira a conjugar la reivindicación de la patria con la naturaleza plurinacional de España.

¿El objetivo de Errejón? Dirigirse a segmentos de población heteróclitos: los sectores precarizados de la clase media (autónomos y profesionales liberales); los partidarios de una nueva politica que él califica como “amable”, por oposición a la “dureza” de las posiciones de Iglesias (lo que incluye a franjas que podrían simpatizar con el liberalismo de Ciudadanos); y los decepcionados con el PSOE (que conserva el apoyo de los trabajadores no cualificados y desempleados) (5).

Sin embargo, el contexto ya no es el de 2014. En el escenario nacional, la fuerza de la movilización social de la ola desencadenada por el 15M atraviesa una fase de retroceso y oscila hoy en día entre el olvido y el deslizamiento hacia posturas reaccionarias. Este deslizamiento se ve confirmado por la aparición, en las elecciones autonómicas de Andalucía, de Vox (el 11% de los votos el pasado mes de diciembre), un partido de extrema derecha que une recuperación del franquismo y oposición a la “ideología de género” en un contexto de avance del feminismo durante los últimos años.

Por otra parte, la estrategia populista no es ajena a la falta de arraigo popular de Podemos. La importancia que Errejón otorga a la pericia técnica le conduce a subestimar el papel de los movimientos sociales. “¿Cómo creéis que podrían ayudar a gobernar estos movimientos?”, le preguntaba un periodista en 2014. La respuesta: “Si te soy sincero, creo que poco, porque están instalados en una cultura de la resistencia que no les obliga a mancharse con la discusión concreta de cómo se harían las cosas” (6). Más que un arraigo social, busca, por ejemplo, impulsar otros nuevos nichos de innovación empresarial, como los sectores vinculados a la transición ecológica. Este proyecto plantea un problema: ¿hasta dónde se puede llevar semejante juego de alianzas una vez en el poder (7).

Desde el punto de vista de la elaboración de las candidaturas, se traduce en una excesiva representación de perfiles profesionales o procedentes de la investigación científica. En el caso, por ejemplo, de la plataforma Más Madrid, creada por Errejón con vistas a las elecciones autonómicas del próximo mes de mayo. Esta estructura ha unido el destino de Errejón al de Manuela Carmena, la alcaldesa de la capital, jurista involucrada en política desde los años 1970. Ratifica la implosión de Podemos y es el resultado del rechazo del primero ceder el estricto control que la dirección del partido ha querido imponerle. Último giro de un pulso mantenido desde hace dos años: así pues, Más Madrid y Podemos concurrirán… por separado. En cierta manera, Errejón ha sido víctima de la estructura piramidal de la que él mismo fue uno de los artífices durante la primera asamblea ciudadana de Podemos, en octubre de 2014.

Las explicaciones a las decepciones de Podemos no se encuentran únicamente en las luchas intestinas que lo han desgarrado. La irrupción de Vox deriva del cataclismo provocado por la cuestión catalana en el escenario político español. Unos días después de la celebración del referéndum sobre la independencia de Cataluña, en octubre de 2017 -una celebración empañada por una brutal represión policial-, la intervención televisada del rey Felipe VI, quien hizo recaer toda la responsabilidad de la crisis en los independentistas catalanes, marginó a las fuerzas que, como Podemos, se mostraron a favor de la celebración de un referéndum. La repentina aparición de banderas españolas en los balcones de las ciudades del país dejaba presagiar un contragolpe conservador.

Con todo, la magnitud de los escándalos impidió que la derecha permaneciera en el poder: el PP se vio condenado judicialmente por su implicación en una vasta trama de corrupción. En junio de 2018, Rajoy tuvo que abandonar la presidencia a raíz de una moción de censura presentada por el secretario general del PSOE, Pedro Sanchez, con el respaldo del Partido Nacionalista Vasco (PNV), de diversos partidos catalanes y de Podemos. Sin embargo, el breve Gobierno socialista no ha conseguido encontrar una solución consensuada a la crisis territorial y se muestra tímido con respecto a las cuestiones sociales defendidas por Unidos Podemos. El anuncio de un aumento del 22% del salario mínimo el pasado mes de diciembre contrasta con la tibieza del Ejecutivo a la hora de poner freno a problemas como el alza en el precio del alquiler.

En esta coyuntura, sablistas y errejonistas intentan conjugar las variables social y nacional de la crisis del régimen, mientras que las formaciones de derechas (PP, Ciudadanos, Vox) se afanan por aislarlas. La estrategia clasista subraya la transversalidad territorial de las clases trabajadoras. La estrategia populista promueve una identificación entre el pueblo, el Estado y la nación que pueda desembocar en una renovación del pacto constitucional de 1978. En oposición a los designios conservadores, dicha actualización supondría un reforzamiento de los derechos sociales e impediría una recentralización de las competencias transferidas a las comunidades autónomas.

Con todo, el resto del mundo ha cambiado igualmente desde el nacimiento de Podemos. Por aquel entonces, sus dirigentes expresaban de buen grado su admiración por el proceso bolivariano en Venezuela. El caos político y económico que reina en este país constituye en la actualidad un lastre para Iglesias y Errejón, pese a que ambos se hayan distanciado del Gobierno de Nicolas Maduro.

Más determinante aún: el desenlace del conflicto entre Bruselas y Atenas en 2015. La capitulación de Syriza ante las conminaciones de sus “socios” europeos sirvió de advertencia: se alejaba la perspectiva de un polo de resistencia al neoliberalismo en el sur de Europa. Este sentimiento se ve reforzado por la progresión de las fuerzas reaccionarias en Europa del Este y en Estados Unidos.

Este panorama internacional alienta el avance de la extrema derecha -hasta ahora poco visible en el escenario político español- y la radicalización de las otras formaciones conservadoras (PP, Ciudadanos). A su vez, reduce el margen de maniobra del que dispone Podemos para hacer renacer las esperanzas de cambio que predominaron en su creación.

La experiencia acumulada desde 2015 -gracias a la gestión de ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia, Cádiz, A Coruña, Zaragoza (8)- invita a una doble lectura. Ha facilitado la adquisición de saberes indispensables para quien aspira a asumir responsabilidades institucionales; pero, al mismo tiempo, normaliza a partidos que se consideraban diferentes. Y aunque conservar el poder en estos Ayuntamientos permite influir a nivel local, no es suficiente para reducir los privilegios de las elites.

Las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE -Podemos, Izquierda Unida, En Comú Podem (que reúne a Podemos y a otros organizaciones de Cataluña), Más Madrid, etc.- siguen gozando de una importante simpatía popular. Las citas electorales de las próximas semanas -elecciones generales 28 de abril y elecciones europeas, autonómicas y municipales el 26 de mayo- determinarán a medio0 plazo el destino de Podemos y la posibilidad de ver cómo las reivindicaciones del 15M puedan evitar un cierre involutivo de la crisis política española.

JOSÉ ANTONIO GARCÍA SIMÓN Y JAIME VINDEL  *

  • Respectivamente, escritor y profesor en la Universidad Complutense de Madrid.



Notas:

  1. Véase Raúl Guillen, “Alchimistes de la Puerta del Sol”, Le Monde diplomatique, París, julio 2011.
  2. Véase Razming Keucheyan y Renaud Lambert, “Ernesto Laclau, inspirador de Podemos”, Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2015.
  3. “Josep Oliu propone crear “una especie de Podemos de derechas”. El Pweriódico, Barcelona, 25 de junio de 2014.
  4. Pablo Iglesias, “Un nuevo compromiso histórico”, El País, Madrid, 9 de diciembre de 2015.
  5. Irene Castro, “El PSOE, el partido al que más votan los desempleados”, eldiario.es, 22 de junio de 2016.
  6. Entrevista concedida a Pablo Rivas, “estamos orgullosos de que la oligarquía española tenga miedo”, Diagonal, Madrid, 7 de noviembre de 2014.
  7. Véase Serge Halimi, “Construir pueblo”, Le Monde diplomatique en español, diciembre de 2018.
  8. Véase Pauline Perrenot y Vladimir Slonska-Malvaud, “En las ciudades rebeldes españolas”, Le Monde diplomatique en español, febrero de 2017.

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