“La presencia de una importante proporción de las mujeres de las clases populares en las rotondas ha sorprendido a los observadores. Estas trabajadoras hacen que funcionen los servicios esenciales: sanidad, educación. Más allá de la sublevación de este otoño, representan el poder ignorado del movimiento social”.
Por Pierre Rimbert - Le Monde diplomatique
Llevan un chaleco amarillo, controlan el tráfico de las rotondas, hablan de su vida cotidiana, luchan. enfermeras, cuidadoras de personas dependientes o de niños: ellas también se han puesto la prenda fluorescente para desgarrar el velo que normalmente esconde de la vista del público a las empleadas que trabajan entre bastidores. mujeres y asalariadas, con su doble jornada de trabajo y sus ingresos modestos, mantienen con su esfuerzo el deteriorado edificio del Estado del bienestar.
los sectores predominantemente femeninos de la educación, la atención médica, el trabajo social o la limpieza son invisible piedra angular de las sociedades liberales, y su salvaguarda. La interrupción de estos servicios básicos paralizaría todo un país. ¿Quién, entonces, se encargaría de las personas dependientes, de los bebés, de la limpieza de los niños? Los ejecutivos esquiroles y las fuerzas del orden que se lanzan al asalto de las barricadas esta vez no podrían hacer nada: en las academias de policía no se enseña a lavar a los ancianos. Estas tareas, transferidas el pasado siglo desde el universo familiar, religioso o caritativo al del trabajo asalariado, solo adquieren visibilidad cuando nadie se encarga de ellas. a fuerza de reducir sus medios mientras la demanda crece, estas trabajadoras, a las que se atribuye capacidad de aguante, terminan estallando. Desde finales de 2017, limpiadoras de hoteles y de estaciones de tren, cuidadoras de personas dependientes, empleadas de residencias de la tercera edad y personal sanitario han dirigido, alternándose, difíciles batallas a menudo victoriosas.

La figura del minero o del trabajador de la cadena de montaje, padre de una familia que mantiene con un sueldo, simbolizó tan poderosamente a la clase obrera durante el siglo XX que todavía se asocia a los hombres con las clases populares. ¿Quién piensa espontáneamente en las trabajadoras cuando se habla de proletariado? Cierto, todavía más de un trabajador en activo de cada cinco es un obrero (aunque hace tiempo que los medios de comunicación los han relegado a la galería de las especies sociales desaparecidas). Pero la feminización del mundo del trabajo es una de las transformaciones más radicales de los últimos cincuenta años, sobre todo en la base de la pirámide social. En Francia, el 51% del asalariado popular de obreros y empleados son trabajadoras; en 1968, la proporción era del 35% (1) Desde hace medio siglo, el número de empleos desempeñados por hombres apenas a variado: 13,3 millones en 1968 frente a 13,7 millones en 2017; paralelamente, las mujeres con trabajo han pasado de 7,1 millones a 12,9 millones. En otras palabras, casi la totalidad de la fuerza de trabajo contratada desde hace cincuenta años es femenina -en condiciones más precarias y un salario inferior en una cuarta parte al de un hombre en un puesto similar-. Las asalariadas de las actividades sociosanitarias y educativas han cuadriplicado su número: 500 000 a 2 millones entre 1968 y 2017 -sin contar a las profesoras de educación secundaria y superior-.
Mientras que en el siglo XIX el auge del proletariado industrial determinó la estrategia del movimiento obrero, el prodigioso desarrollo de los servicios básicos de predominancia femenina, su potencial poder de bloqueo y el surgimiento de luchas sociales victoriosas no se han traducido no se han traducido por ahora en ninguna iniciativa politica o sindical. Pero, bajo semejante empuje, la corteza se resquebraja y surgen dos preguntas: ¿Bajo qué condiciones podrían estos sectores desplegar su insospechado poder? ¿Pueden organizarse como un grupo conexionado que conjugue fuerza y número, formar una alianza social capaz de impulsar iniciativas, imponer su fuerza y movilizar en torno a ella a otros sectores? A primera vista, la hipótesis parece extravagante. Las trabajadoras de los servicios de atención sociosanitaria conforman una nebulosa de regímenes laborales dispersos, de condiciones de trabajo y vida heteróclitas, de lugares de trabajo alejados entre sí. Pero, al igual que la ausencia de unidad interna no ha impedido al movimiento de los “chalecos amarillo” “hacer piña”, lo que divide al proletariado femenino de los servicios parece de cerca menos determinante que los factores de agregación: la fuerza del número y ala existencia de un adversario común.
De las clases populares a las clases medias, estas asalariadas encargadas del mantenimiento y la reproducción de la fuerza de trabajo (2) se distinguen por su enorme número (véase la infografía) Encontramos a lagunas de estas trabajadoras en las empresas (son 182 000 las que limpian locales y oficinas), pero predominan las que prestan un servicio directo a los particulares. 500 000 cuidadoras de personas dependientes, 400 000 cuidadoras de niños y más de 115 000 asistentes del hogar trabajan por lo general a domicilio. Un número todavía mayor trabaja en instituciones públicas: 400 000 auxiliares de enfermería, 140 000 auxiliares de puericultura y AMP (“aides médico-psychologiques”), y más de medio millón de empleadas de hospital (a cargo de tareas de mantenimiento) - sin contar personal administrativo-. A estos efectivos femeninos se suman los de los hombres, muy minoritarios. Este salariado popular mal pagado, con horarios cambiantes, que efectúa en condiciones difíciles tareas poco valoradas, trabajo codo con codo con miembros de las profesiones llamadas “intermedias” (“professions intermédiaires”, nomenclatura de las Profesiones y Categorías Socioprofesionales francesas, PCS) de la salud, lo social y la educación. Mejor remuneradas, más cualificadas, más visibles, las dos millones de trabajadoras de este grupo en aumento ejercen como enfermeras (400 000), docentes en primaria o secundaria (340.000), puericultoras, animadoras socioculturales, educadoras sociales, etc.
LOS SECTORES PREDOMINANTES FEMENINOS DE LA EDUCACION, EL TRABAJO SOCIAL O LA LIMPIEZA SON LA INVISIBLE PIEDRA ANGULAR DE LAS SOCIEDADES LIBERALES
Por supuesto, un abismo separa a la enfermera de un hospital público y a la cuidadora sin papeles empleada en casa de un particular. Pero este conjunto dispar, que, sumando a los hombres, agrupa a más de la cuarta parte de la población activa, concurre a la producción de un mismo bien colectivo y presenta varios puntos en común. En primer lugar, la naturaleza misma del cuidado de las personas, de la atención sanitaria, del trabajo social y de la educación vuelve estos empleos no solo indispensables, sino también no deslocalizables y poco automatizables, ya que exigen un contacto humano prolongado y/o una atención particular adaptada a caso. En segundo lugar, todos esos sectores sufren las políticas de austeridad; en la escuela del mismo modo que en la residencia de mayores, sus condiciones laborales se degradan, incubando los conflictos. Por último, gozan de buena reputación ante una población que puede concebir la vida sin altos hornos, pero no sin escuelas, hospitales, guarderías o residencias de ancianos.
Esta configuración única dibuja los contornos de una potencial coalición social que reuniría al proletariado encargado del cuidado de las personas, a las “profesiones intermedias” de los sectores sociosanitario y educativo, así como a una pequeña fracción de miembros de profesiones intelectuales como los docentes de secundaria.
si la formación efectiva de semejante bloque choca con multitud de obstáculos, quizás es porque raramente se han intentado superar. Pese a la obstinación de las estadísticas, ningún partido, sindicato u organización ha decidido hasta ahora colocar esa base predominante femenina y popular en el centro de su estrategia, recoger sistemáticamente sus preocupaciones, defender prioritariamente sus intereses. Y, embargo, los actores más conscientes y mejor organizados del movimiento obrero reagrupados en torno a la vía del tren, los puertos y los muelles, la electricidad y ala química saben que las luchas sociales decisivas no podrán descansar siempre sobre sus hombros, como ha demostrado en 2018 el conflicto sobre la reforma de los ferrocarriles. Desde hace cuatro décadas han visto cómo el poder político destruye sus bastiones, rompe sus estatutos, privatiza sus empresas y reduce sus plantillas, mientras los medios de comunicación asocian su inverso a un pasado superado. De modo inverso, los sectores femeninos dedicados al cuidado de las personas y los servicios públicos padecen de una organización a menudo débil y de tradiciones de lucha todavía recientes, pero crecen y ocupan en el imaginario un espacio del que las clases populares han sido hace tiempo expulsadas: el futuro. Mientras que los análisis sobre las transformaciones contemporáneas exaltan o maldicen a las multinacionales de Silicon Valley y alas plataformas digitales, la feminización masiva del asalariado es de una modernidad sin duda tan “disruptiva” como la facultad de tuitear fotos de gatos.
Y con más razón teniendo en cuenta que podría amplificarse. En Estados Unidos, la lista de oficios con mayores perspectivas de crecimiento publicada por el servicio estadístico del Departamento de Trabajo prevé, por un lado, la creación de empleos típicamente masculinos, como instalador de paneles fotovoltaicos o aerogeneradores, técnicos de plataforma petrolífera, matemático, estadístico o programado; por el otro, una mirada de trabajos tradicionalmente desempeñados por mujeres, como asistente de personas, dependientes, auxiliar de enfermería, enfermería, enfermera, fisioterapeuta, ergoterapeuta o masoterapeuta. Frente al millón de empleos de programador informático previstos para 2026, los de asistente de personas dependientes y auxiliares de enfermería (cuatro veces peor pagados) se calculan en 4 millones (3)
ESTAS TRABAJADORAS, A LAS QUE SE ATRIBUYE CAPACIDAD DE AGUANTE, TERMINAN ESTALLANDO
Dos razones principales impiden al extrabajador de la siderurgia de Pittsburgh cuya actividad ha sido desmoralizada en China reconvertirse en auxiliar de puericultura. En primer lugar, la frontera simbólica de los prejuicios, tan profundamente grabada en las mentes, los cuerpos y las instituciones que levanta un muro entre la viril cultura obrera y los roles sociales asignados por los clichés patriarcales al sexo femenino. Pero también al abandono escolar masculino, que limita sensiblemente las posibilidades de reconversión profesional. “Los adolescentes de los países ricos tiene 50% más posibilidades de fracasar que las chicas en las tres disciplinas fundamentales: matemáticas, lectura y ciencias”, observa el semanario The Economist en un dosier especial dedicado a los hombres y titulado “El sexo débil” (30 de mayo de 2015). Este fracaso se acompaña de un alza espectacular del nivel de instrucción femenino que, de modo inverso, facilita la movilidad profesional. Esta gran transformación que pasa desapercibida sitúa un poco más a las trabajadoras en el corazón del salariado. Desde finales del siglo pasado, el porcentaje de mujeres con titulación superior supera al de hombres: 56% en Francia, 58% en Estados Unidos, 66% en Polonia, según la Agencia de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO)… En 2016, el 49% de las francesas de 25 a 34 años poseía un título de los ciclos cortos -BTS (“diploma de técnico superior”), DUT (“diploma universitario de tecnología”)- o de los largos -licenciatura, máster, doctorado-, frente al 38% de los hombres (4). Estos últimos dominan siempre la investigación, los sectores de prestigio, los puestos de poder y el escalafón salarial. Pero la universidad forma ahora a una mayoría de tituladas susceptible de ocupar puestos cualificados pero poco prestigiosos de la economía llamada de servicios.
En efecto, esta oscilación no pone en entredicho la preponderancia masculina en la formación ligada a las matemáticas, la ingeniería informática y la ciencia básica. resultando una barrera de género y clase se acentúa entre dos polos del mundo económico. Por un lado, el universo femenino, cada vez más cualificado, pero preconizado, cuyo centro de gravedad son los servicios sociales, sanitarios y educativos. Por el otro, la burbuja burguesa de la economía especulativa y de las nuevas tecnologías, que domina la economía especulativa y de las nuevas tecnologías, que domina la economía mundial y en la que el indice de testarrona bate récords: las jóvenes empresas de Silicon Valley emplean como ingenieros informáticos a un 88% de hombres, y las trading room a un 82% de analistas masculinos (5). Uno de esos dos universos, diametralmente opuestos, uno domina al otro, lo aplasta y lo desposee. El chantaje de la austeridad de los “mercados” (6) y la depredación que ejercen los gigantes informáticos sobre las fianzas públicas mediante la evasión fiscal se traducen en reducciones de plantilla o de medios en las residencias de ancianos, las guarderías y los servicios sociales. Con consecuencias desigualmente repartidas: al mismo tiempo que su actividad debilita los servicios públicos, banqueros, directivos y desarrolladores emplean a un gran número de asistentes, cuidadoras y profesores particulares.
De manera más general, los matrimonios de ejecutivos, “profesiones intelectuales superiores” (nonmenclatura de la PCS) y dirigentes de empresas recurren masivamente al servicio doméstico (7). Serían los primeros afectados si las mujeres, a menudo de extracción obrera y, en las ciudades, de origen inmigrante, dejaran de trabajar. ¿Veríamos entonces a profesores de universidad, notarios, médicos y sociólogos feministas explicar a sus empleadas del hogar que han de continuar el trabajo en nombre de los valores de atención, bondad y otras virtudes que la dominación masculina ha erigido a lo largo de los siglos en cualidades específicamente femeninas? Por ello, la coalición de trabajadoras de los servicios sociosanitarios que reuniera a “empleadas” y “obreras” (nomenclaturas de los grupos con menor cualificación de las PCS), “profesiones intermedias” y personal de la educación primaria y secundaria solo podría constituirse en contraposición a las clases altas que las emplean.
Pero antes de nada, ¿podría hacerlo, y bajo qué condiciones? Aisladas, fragmentadas, poco organizadas, con, de media, mayor presencia de inmigrantes, las trabajadoras al cuidado de personas dependientes o de la limpieza acumulan todas las formas de dominación. Pero, sobre todo, su adicción estadística no forma un grupo. Trasformar la coalición objetiva que se lee en las estadísticas en un bloque movilizado requeriría de una conciencia colectiva y de un proyecto político. Tradicionalmente, es cometido de los sindicatos, partidos, organizaciones y movimientos sociales formular intereses comunes que, más allá de las diferencias de estatus y cualificaciones, conectan a la enfermera y a la mujer de la limpieza. También lo es cantar la gesta de un agente histórico que nace, su misión, sus batallas, para no dejar ni al canal de noticias francés BFMTV ni a los expertos el monopolio del relato. Dos cuestiones podrían contribuir a este fin.
La primera es la centralidad social y económica de este grupo. Desde las estadísticas nacionales hasta los medios de comunicación, todo contribuye a la invisibilización del salariado femenino encargado del cuidado de las personas. El discurso político asocia cuidados, salud y educación a la idea de “gasto”, mientras que estas profesiones “relacionales” generalmente se asocian a cualidades supuestamente femeninas de atención, solicitud y empatía. Que la cuidadora o la docente las involucre necesariamente en su trabajo no implica que haya que reducirlas a estas. Asimilar el cuidado de las personas a “costes”, hablar de buenas acciones de mujeres entregadas en lugar de riqueza creada por trabajadoras, permite eludir la identidad básica de las auxiliares de enfermería, cuidadoras o maestras: de las productoras (8) Producir una riqueza emancipadora que siente las bases de la vida colectiva, he ahí un germen alrededor del cual podría cristalizar una conciencia social.
La segunda cuestión es una reivindicación común al conjunto del salariado, pero que se expresa con particular intensidad en las urgencias hospitalarias, en las residencias de ancianos o en las escuelas: conseguir medios con los que hacer bien su trabajo. La atención a veces distraída del público sobre las condiciones laborales de los trabajadores ferroviarios y los estibadores se convierte en preocupación, incluso en revuelta, cuando se trata de reducir el tiempo de aseo de un padre dependiente, de cerrar una sala de maternidad en una zona rural o de dejar a cargo de equipos insuficientes a los enfermos mentales. Todo el mundo lo sabe por experiencia propia: la calidad de la atención aumenta en proporción a la cantidad de trabajo invertido en su producción. Aunque de apariencia amable, la reivindicación de medios con los que cumplir un trabajo en buenas condiciones denota beligerancia. Satisfacerla es cuestionar la austeridad, la idea de que siempre se puede hacer más con menos, los aumentos de productividad logrados a costa de la salud de los asalariados. Y también el discurso que culpabiliza, que traslada a los empleados la responsabilidad de mitigar los efectos de los recortes presupuestarios. Por ejemplo, numerosas residencias de ancianos imparten formación en “humanitud” -técnicas de “buen trato” que tienen en cuenta la mirada, la palabra, el tacto, y que sirven a los establecimientos de sello de calidad- a empleados a los que se priva al mismo tiempo de los medios con los que tratar a los ancianos con la humanidad requerida. Como si el maltrato no derivara principalmente de una restricción económica externa, sino de una cualidad individual de la que careciera el personal…
Que la exigencia de medios para las necesidades colectivas entra en contradicción con la exigencia de beneficios y de austeridad sitúa a los servicios sociosanitarios y a sus empleados en el corazón de un conflicto irreductible. Desde el giro liberal de los años 1980, y todavía más desde la crisis financiera de 2008, lideres políticos, banqueros centrales, Comisión Europea, patronos ingenieros de las nuevas tecnologías, altos funcionarios del Tesoro, editorialistas y economistas ortodoxos exigen la reducción del “coste” de estas actividades. Y con ello intencionadamente provocan su degradación en aras del sentido común y en beneficio de los barrios ricos el bienestar general se mide por la prosperidad de los primeros de la lista. Este bloque consciente de sus intereses ha encontrado en Emmanuel Macron a su gerente comercial.
AL OTRO LADO SE REAGRUPAN LAS CLASE POPULARES DE BASE FEMENINA, PUNTA DE LANZA DEL SALARIADO, PRODUCTORAS DE SERVICIOS QUE TEJEN LA VIDA COLECTIVA
Enfrente, la coalición potencial cuyo núcleo está formado por las trabajadoras de los servicios sociosanitarios solo puede tomar conciencia de sí misma formulando explícitamente la filosofía y el proyecto que lleva a la acción diariamente en los patios, las habitaciones y las salas de los hospitales. La idea es que la financiación colectiva de las necesidades de salud, educación, limpieza y, en términos generales, de transporte, vivienda, cultura, energía y comunicación no constituyen un obstáculo a la libertad sino más bien su condición de posibilidad. la vieja paradoja que subordina el desarrollo individual a la gestión común de las primeras necesidades dibuja una perspectiva politica a largo plazo susceptible de reunir al salariado femenino y de convertidlo en agente de interés general: un socialismo de los servicios de amplia cobertura que le proveería de medios con los que cumplir su misión en las mejores condiciones, que ofrecería atención prioritaria a las clases populares que viven en zonas suburbanas afectadas por el repliegue del Estado del bienestar y estuviera bajo control de los propios trabajadores (9).
ya que además de realizar el prodigio de organizarse, la coalición de los servicios de predominancia femenina tendría, con el apoyo del sindicalismo, la misión histórica de reunir en torno a ella al conjunto de las clases populares, y especialmente su componente masculino diezmado por la globalización y a veces tentado por el conservadurismo. Esta última característica no es una fatalidad.
Intencionadamente, se considerará poco realista asignar a esas trabajadoras que sufren todas las dominaciones un papel de agente histórico y una misión universal. Pero definitivamente los tiempos no dan la razón a los realistas que consideraban en 2016 imposible la elección de Donald Trump a partir de una estrategia simétricamente opuesta: coaligar a un segmento masculino de las clases populares afectadas por la desindustrialización con la burguesía conservadora y las capas medias no tituladas. Encantados de ese hallazgo, a medios de comunicación y políticos les gustaría reducir la vida de las sociedades occidentales al antagonismo que en adelante opondría a las clases populares conservadoras, masculinas, obsoletas, incultas y racistas que votan a favor de Trump, Benjamin Netanyahu o Victor Orbán a la burguesía liberal cultivada, abierta distinguida, progresista que da sus votos a las formaciones centristas y centrales que encarna maqcron. Frente a esta contraposición cómoda, que oculta la pasión común de los dirigentes de ambos bandos por el capitalismo de mercado (10), el salariado femenino de la atención sociosanitaria pone de relieve otro antagonismo. Este coloca a un lado de la barrera social a los patrones-informáticos de Silicon Valley y a los directores de la economía, masculinos, titulados, liberales. Saqueadores de recursos públicos y colonizadores de paraísos fiscales, crean y venden servicios que, según el expresidente responsable del crecimiento de audiencia de Facebook, Chamath Palihapitiya, “desgarran el tejido social” y “destruyen el funcionamiento de la sociedad” (11). Al otro lado se reagrupan las clases populares de base femenina, punta de lanza del salariado, productoras de servicios que tejen la vida colectiva y llaman a una socialización creciente de la riqueza.
La historia de su batalla comenzaría así:
“Exigimos medios para hacer nuestro trabajo”. Desde hace semanas, las cuidadoras de personas dependientes, puericultoras, auxiliares de enfermería, enfermeras, maestras, limpiadoras estaban avisando: si no veían sus reivindicaciones satisfechas, se pondrían en huelga. Y fue como si la cara oculta del trabajo saliera a la luz. Los directivos y profesionales liberales, las mujeres primero, y después los hombres, a regañadientes, debieron a su vez abandonar su puesto de trabajo para ocuparse de sus padres dependientes, sus bebés, sus hijos. El chantaje emocional fracasó. El parlamento, las oficinas, las redacciones se vaciaron. De visita en una residencia de la tercera edad, el primer ministro explicó sentenciosamente a una huelguista que un minuto basta para cambiar un pañal; estudios extranjeros lo demostraban. Ante la mirada que esta le lanzó, todos comprendieron que dos mundos estaban comisionando. Tras cinco días de caos, el gobierno capituló. Las negociaciones sobre la creación del Servicio Público Universal empezaban con una correlación de fuerzas tan favorable al movimiento que este se ganó el nombre de “segundo frente popular”: el de la era de los servicios.
PIERRE RIMBERT
- Fuentes: “Enquête emploi 2017”, Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos (INSEE, por sus siglas en francés), Données sociales 1974, Paris (recalculados conforme a la clasificación actual)
- Cf. Siggie Vertommen, “Reproduction sociale et le feminisme des 99%. Interview de Thai Bhattacharya, Lava, n.º 5, Bruselas julio de 2018.
- “Fastest growing occupations”, Bureau of Labor Statistics, Washington, DC. www.bls.gov
- “Vers l´égalité femmes-hommes? Chiffres-Clés”, Ministerio francés de Educación Superior, Investigación e Innovación, Paris, 2018
- Kasee Bailey, “The state of women in tech 2018”, DreamHost, 26 de julio de 2018, www.dreamhost.com; Renee Adams, Brad Barber y Terrance Odean, “Family, values, and women in finance””, SSRN, 1 de septiembre de 2016, hops://ssrn.com
- Véase Renaud Lambert y Sylvain Leder, “El inversor vota”, Le Monde diplomatique en español, julio de 2018
- François-Xabier Devetter, Florence Jany-Catrice y Thierry Ribault, Les Services á la personne, La Découverte, Col. “Repères”, Paris, 2015.
- Véase Bernard Friot, “Acabar con las luchas defensivas”, Le Monde diplomatique en español, noviembre de 2017
- Véase “Refundar en lugar de reformar”, Le Monde diplomatique en español, abril de 2018.
- (10)Véase Serge Halimi y Pierre Rimbert, “Liberales contra populistas, una oposición engañosa”, Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2018.
- (11)James Vicent, “Former Facebook exec says social media is ripping apart society”, The verge, 11 de diciembre de 2017, www.theverge.com
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