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sábado, 16 de julio de 2011

La complejidad de la ética

 Nota del editor del blog.- Reflexión muy interesante, que más allá del discurrir filosófico sobre la ética, nos puede servir para tratar de tener algunas aproximaciones que nos ayuden a dirimir dilemas y a adquirir un enfoque ético apropiado, sobre los complejos y contradictorios acontecimientos, que estamos viviendo, como por ejemplo, en el caso de las revoluciones árabes, y "las intervenciones humanitarias" que se nos están presentando. ¡Bueno, que se disfrute como lectura veraniega, que con la sal y el agua se oxidan los pensamientos!"

Jerónimo




Luis M. Sáenz
 

Revista Iniciativa Socialista (primera época de la actual revista Trasversales) , número 76, verano 2005

La méthode 6: Éthique, Edgar Morin, Seuil, Paris, 2004

Edgar Morin completa El Método con la aparición de su sexto volumen: Éthique. En cierta forma, el más importante, aunque impensable sin los cinco volúmenes anteriores (editados en España por Cátedra) y sin otras de sus obras esenciales, como Terre-Patrie. No puede decirse que sorprenda a quienes hayan seguido la obra de Morin, pues en gran medida ya podían haberse hecho una idea bastante clara de la concepción ética de Morin... y, sin embargo, representa algo nuevo y necesario expresado con gran sencillez. De hecho, me parece uno de los libros más importantes para este comienzo de siglo. Más que reseñarle, pretendo reflexionar en torno a él, invitando a que otras y otros también lo hagan y lleguen a sus propias conclusiones.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Mi amigo de la izquierda abertzale


PEDRO LARREA

Me tocó compartir mesa en la Aste Nagusia con viejos amigos, uno de ellos militante veterano de la izquierda abertzale. Liberado de LAB, se autodefine como marxista e independentista, o al revés, que tanto le da, según nos explicó. Hasta donde yo conozco, practica un sindicalismo inteligente y responsable, que busca mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, y que sabe combinar fortaleza y flexibilidad, confrontación y acuerdo; un sindicalismo, en fin, no violento, y tampoco revolucionario. Me constan asimismo su estilo de vida austero y su cooperación habitual en causas humanitarias fuera de nuestro país. Inevitablemente, se habló de política. Me sorprendió que mostrara una cierta 'comprensión moral' hacia el terrorismo etarra. Y me sorprendió todavía más la confesión sincera de que su izquierdismo político, lo mismo que el de otros correligionarios suyos, era resultado de una opción ética que apuesta por la igualdad entre los seres humanos y por la libertad, individual y colectiva, en el ejercicio de dicha igualdad. Preguntábamos: ¿acaso se puede hacer algo tan repugnante como matar en nombre de la ética? No hubo tiempo para la discusión, pero pude entender, a modo de forzada respuesta, que el uso de la violencia política es una cuestión ampliamente analizada y argumentada en la doctrina marxista. ¿Es esto así?

Para empezar, abertzalismo y marxismo forman una pareja de imposible convivencia. La historia de la vieja ETA, con sus recurrentes escisiones y expulsiones, lo evidencia con claridad. Y es que en la concepción y praxis del abertzalismo radical, antes y hoy, la contradicción básica, dicho con categorías marxistas, no es la que la que contrapone a burgueses y proletarios (punto crucial de la doctrina de Marx), sino la que enfrenta a la nación vasca con el Estado español. «Los trabajadores no tienen patria», escribieron Marx y Engels, para quienes patria o nación eran simples invenciones burguesas destinadas a dividir al proletariado. En el mejor de los casos, ningún marxista se atreverá a negar que el nacionalismo, como ideología y como práctica, es un fenómeno histórico ligado al desarrollo del modo de producción capitalista.

Vayamos con la moral. Lenin y Trotsky desarrollaron la posición teórico-práctica que llamaremos ortodoxa, y que cabe resumir de este modo: Se rechazan los altisonantes principios de la ética burguesa, por su carácter abstracto y vacuo de significado. Por el contrario, las reglas morales deben ser extraídas de los propios objetivos y de las necesidades internas de las luchas. Y, al respecto, necesitan estar justificados tanto los fines perseguidos como los medios empleados. El fin se justifica cuando la lucha apunta a la liberación del hombre, tanto frente a la naturaleza, lo que equivale a su dominio, como frente al hombre mismo, lo que significa terminar con toda clase de explotación del hombre por el hombre. Y los medios se justifican cuando conducen realmente al fin pretendido. En este sentido, la valoración moral y la valoración política coinciden, y los problemas morales se confunden con los problemas de estrategia y táctica política. La violencia política es moral cuando es eficaz y nada más inmoral, pudo añadir desvergonzadamente el Che, que no usar el paredón a tiempo.


Hay que decir, sin embargo, que esta vulgar y grosera santificación de los medios por su eficacia respecto a unos fines justos, ni es patrimonio del marxismo ni goza tampoco de general aceptación dentro de la izquierda. ¿Cómo los minúsculos Bush y Cheney no van a cantar las excelencias de las torturas más repulsivas para salvar vidas humanas, si el gran Hegel consideraba inevitable que el progreso del espíritu a lo largo de la Historia dejase pisoteadas al borde del camino insignificantes florecillas? Por otra parte, tanto socialdemócratas a la derecha del marxismo-leninismo, como sindicalistas radicales a su izquierda, se opusieron rotundamente a esta valoración pervertida de los medios y los fines. Ya el anarquismo primero había advertido que la libertad sólo se alcanza por caminos de libertad. Más tarde, Bernstein y Sorel pudieron coincidir en la apreciación de que lo verdaderamente decisivo para la liberación de la clase trabajadora no eran tanto los fines como los medios, o, mejor, que fines y medios estaban inextricablemente unidos y que, en definitiva, como diría el segundo, en la batalla por el socialismo «los fines no son nada y el movimiento lo es todo».

Gandhi lo diría de un modo más poético: el fin está en los medios como el árbol en la semilla. No es posible cosechar otro resultado que el que viene determinado por los recursos empleados. La violencia y el terror sólo pueden generar envilecimiento y opresión. No es, por tanto, el fin el que direcciona y legitima los medios, sino los medios los que anticipan y justifican el fin. Por influencia de numerosas culturas (estoicismo, cristianismo, ilustración) hemos llegado a la convicción moral de que las personas nunca han de ser tratadas como medios, sino como fines; en consecuencia, nada más absurdo y reprobable, desde una perspectiva ética, conservadora o progresista, liberal o socialista, que la liquidación física del enemigo político.

Si aceptamos la tesis paradójica, por ello significativa y profunda, de que el fin definitivamente valioso de la vida social es esa criatura modesta, limitada y desgraciada que llamamos persona, más digna de lástima que de admiración, es seguro que nuestros sentimientos de empatía y compasión prevalecerán sobre los de odio y rechazo. Por el contrario, cuando la utopía política se convierte en eje de la acción, reclamará y exigirá imperiosamente unos medios vigorosos y contundentes, a la altura de la grandiosidad del fin imaginado. Ninguna utopía ha sido más sanguinaria, reconoció Semprún, que la construcción del hombre nuevo soviético.

Puesto que los fines no son nunca inocentes respecto a los medios que demandan, es obvio que el juicio ético deba comenzar por la valoración de aquéllos, o, para ser más exactos, por el examen inseparable de unos y otros. El izquierdista abertzale defiende la personalidad cultural de Euskalherria. Pero su proyecto político adolecerá de una calidad ética deficiente si concibe la identidad nacional a la manera excluyente (vasco o español) y no inclusiva, si pretende imponer su imaginario identitario sobre otros existentes, si pierde la perspectiva de que en sociedades complejas como la nuestra todos somos mestizos (o bastardos, que diría Shakespeare), o si es incapaz de combinar particularidad y universalidad. Idéntico déficit ético presentará una propuesta programática apoyada en una concepción absolutista y voluntarista de la soberanía, haciendo de una abstracción plagada de contradicciones e inconsistencias lógicas un principio de metafísica política incuestionable.

Un izquierdismo ético deberá situar a la persona humana, en su dimensión individual y social, en el referente de sentido de toda la acción política. La izquierda abertzale, con su apoyo explícito o implícito al particularismo exclusivista de los fines y al terror de los medios, es la negación lisa y llana de la ética. ¿Sabrá algún día emplastar éticamente parcialidad y cosmopolitismo, fines y medios? Ofrezco a mi amigo la fórmula magistral que sugirió Isaiah Berlin, ahora que se conmemora el centenario de su nacimiento: «Ser universalista en los medios y pluralista en los fines».