Cristina
García de Andoni Martín
Psicóloga
y miembro de la Plataforma Ongi Etorri Errefuxiatuak Bizkaia
Este
25 de noviembre, en el caleidoscopio de las violencias que enfrentan las
mujeres en el plano internacional, es inevitable detener la mirada en aquella
que están viviendo las mujeres refugiadas, o mas bien las mujeres sin refugio,
exiliadas de su casa, de su modo de vida, de su tierra.
Mas
allá de las fronteras geopolíticas, el patriarcado delimita sus propias
fronteras, reservando el espacio público para los hombres, y asignando a las
mujeres el espacio privado. ¿Qué ocurre cuando ese espacio, tu hogar, es
bombardeado y es preciso salir huyendo por este u otros motivos?, ¿qué ocurre
cuando el mismo sistema que delega en las mujeres la crianza pone a éstas en la
tesitura de criar a la intemperie?, ¿qué ocurre cuando el sistema que impide
transitar libremente por la calle y el espacio público a las mujeres, las aboca
a vivir las veinticuatro horas de cada día en el barro? Si en nuestras
sociedades seguras las mujeres seguimos reivindicando el derecho al cuerpo y a
transitar por la calle sin ser objeto de violencia, ¿qué realidad enfrentan las
mujeres que viven en tránsito, entre fronteras, vallas y tierras prohibidas?,
¿qué estrategias utilizan para afrontarla?
Algunos
apuntes de su existencia nos llegan a través de activistas o periodistas.
Sabemos que en los campos de refugiados continúan haciéndose cargo de la
crianza aun cuando no queda nada de los muros que demarcaban su espacio
privado. También conocemos que tratan de eludir ataques sexuales disfrazándose
a si mismas y a sus hijas de hombres, evitando las zonas de aseo y de descanso,
buscando espacios propios y gestionando la autoprotección en grupo... Más
cerca, durante su estancia en CÍEs (Centros de Internamiento de Extranjeros),
nos han llegado noticias de violaciones cometidas por funcionarios, hijos
arrebatados, asignación de la limpieza de sus instalaciones mientras que el
módulo de hombres se hacía cargo una empresa, mujeres de rasgos africanos que
al denunciar una violación en comisaría han terminado encerradas en un CIE,
etc...
Según
el informe de tendencias globales de Acnur, la proporción de mujeres entre las
personas refugiadas se mantiene muy próxima al 50% en los últimos quince años.
Por otra parte, entre 2012 y el 2014, el Estado español ha reconocido la
condición de persona refugiada y el derecho de asilo 820 personas en total, de
las que el 42% son mujeres. Las mujeres tienen mayores dificultades para
acceder a la condición de refugiada, y para que sus derechos humanos sean
reconocidos como tales en lugar de quedar atrapados en la telaraña de las
tradiciones culturales y religiosas, que no son otra cosa que mandatos
patriarcales.
Si se
trata de poner imagen a la cuestión del refugio, el imaginario simbólico nos
devuelve una primera imagen de refugiado hombre, y cuando hacemos el esfuerzo
de sustituirla por una imagen de refugiada en femenino, se nos representa como
una mujer con menores a su cargo, dependiente y vulnerable casi en la misma
medida que los propios menores. Es un enfoque paternalista que, lejos de
proteger a las mujeres, las desempodera, no reconociendo muchas de las
violaciones de sus derechos humanos por producirse en la esfera privada y por
agentes no estatales.
Igualmente,
este enfoque heteropatriarcal explica la reticencia de los Estados para
reconocer la persecución por motivos de genero, como la sufrida por mujeres que
se enfrentan a maltrato por transgredir costumbres sociales en sus sociedades,
o por su activismo feminista, o su orientación o identidad sexual.
Si
bien la Convención de Ginebra (CG) de 1951 se redactó en un contexto en el que
no se contemplaban los motivos de género para poder optar a la condición de
refugiada y al derecho de asilo, es fundamental que el Acnur vele para que
dicha convención se interprete desde una perspectiva de género por los Estados,
y garantizar que los procedimientos de solicitud también incorporen dicha
perspectiva.
Por
ejemplo, aunque la CG no establece que la persecución necesariamente sea
llevada a cabo por un agente estatal, muchos Estados lo interpretan de modo
restrictivo, lo que perjudica a las mujeres ya que, con frecuencia, la
persecución la lleva a cabo su pareja, familiares o la propia comunidad.
Asimismo,
en caso de los procedimientos no hay que dar por hecho que el motivo para
solicitar asilo de las mujeres sea coincidente con el de sus parejas, es
preciso entrevistarlas de forma diferenciada, más aun cuando es posible que
omitan mencionar determinados tipos de persecución, como la violación o los
malos tratos delante de sus familiares, o incluso, desconozcan que determinados
tipos de violencia específica como la explotación sexual, la mutilación
genital, el matrimonio obligatorio, la esterilización forzosa, etc..., pueden
ser tenidos en consideración para obtener el derecho de asilo.
Sin
embargo, existe una tendencia a limitar la interpretación de la CG para
reconocer cada vez a un numero menor de personas refugiadas (Carmen Miguel Juan
2016)
Sin
obviar la diversidad de experiencias de mujeres y de las causas de sus
desplazamientos forzados, esas mujeres sin refugio, somos nosotras. Su tierra,
o bombardeada, o víctima del desastre medioambiental, o expoliada por las
transnacionales, está en el mismo planeta que habitamos. Las sociedades del
bienestar se han construido sobre la base del trabajo de mujeres migrantes, lo
que permite que, en condiciones de desigualdad, las mujeres accediéramos al
empleo, mientras se hacían cargo de nuestras hijas e hijos y de nuestros
mayores. En la frontera pretendidamente excluyente del patriarcado compartimos
espacio y habitamos la misma piel. En lugar de mirar con recelo su atuendo,
mirémoslas a los ojos y encontraremos que sus derechos y su dignidad son nuestros
derechos y nuestra dignidad.
Y
ahora que hemos mirado, y girado un rato el caleidoscopio, quizás podamos
plantearnos pasar a la acción y exigir a nuestros gobiernos voluntad política
para cumplir con los tratados y compromisos internacionales, que las violaciones
de los derechos de las mujeres se interpreten como violaciones de los derechos
humanos, y, que de modo urgente, garanticen vías seguras de tránsito y acogida
para ellas. Por ellas, por nosotras, por todas y todos "Huí de mi tierra
para no terminar bajo ella" (Chócolo)








