Mostrando entradas con la etiqueta xenofobia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta xenofobia. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de febrero de 2017

Los inmigrantes, siempre el chivo expiatorio, responden a las mentiras del UKIP

"Las historias honestas y emocionantes de los inmigrantes que contribuyen a diario con el progreso en Reino Unido pueden vencer a los xenófobos" Owen Jones - el diario.es

Ake Achi no recuerda cuándo empezó a trabajar en la plantación de su familia, en Costa de Marfil, aunque dice que debió de ser "cuando aprendí a caminar". No había guarderías ni nadie que cuidara de los niños, así que su hermana y él iban a los campos con su madre. Sin embargo, sus padres tenían familiares en Francia y, una noche, despertaron a los dos pequeños de 11 años y los metieron en un vehículo con la esperanza de conseguir una vida mejor.
Hace una década, Achi se mudó a Londres para mejorar su inglés y buscar oportunidades. Tuvo que trabajar mucho. Compaginaba sus estudios en la Universidad de Kingston con un empleo de guardia de seguridad a jornada completa. Hoy es delegado sindical y ayuda a los trabajadores a combatir las injusticias que cometen los poderosos, aunque las culpas recaigan con demasiada frecuencia sobre los inmigrantes. También es fundador de Right2workuk, un grupo que lucha por el derecho de los inmigrantes a trabajar en Gran Bretaña.
Achi pertenece a un movimiento nuevo, One Day Without Us (1DWU), cuyo objetivo consiste en dar voz a los frecuentemente despreciados inmigrantes. El próximo lunes, cuando miles de personas salgan a la calle para manifestarse contra el sometimiento de Theresa May a Donald Trump, los inmigrantes y no inmigrantes que lo deseen podrán sumarse a un acto contra la xenofobia que se celebrará en todo el país: 1DWU les invita a cogerse del brazo, sostener sus pancartas y hacerse una fotografía en lo que será una demostración nacional de solidaridad.
"Cuando las cosas van mal, siempre se culpa a los inmigrantes", dice Achi. El Gobierno ha  prohibido que los trabajadores no comunitarios se queden en Gran Bretaña con carácter permanente si ganan menos de 35.000 libras (41.000 euros) al año o llevan menos de una década en el país. Es una medida que afecta a muchos trabajadores; por ejemplo, de una institución que, como afirma Achi, "no sobreviviría sin nosotros": el NHS (Sistema Nacional de Salud). Pero acusar a los inmigrantes del lamentable estado de la Seguridad Social británica es menos comprometido que acusar al Gobierno por haberla empujado a lo que la Cruz Roja describe como "una crisis humanitaria".
1DWU no podría llegar en mejor momento. Hasta ahora, los inmigrantes carecían de una voz propia capaz de hacerse oír y el debate ha sido demasiado a menudo sobre ellos pero sin ellos. También es crucial por otro motivo: el UKIP ha planteado el asunto desde la emoción y el poder de las historias personales, Por el contrario, los que han defendido la contribución de los inmigrantes se han apoyado en datos y estadísticas.
En cierta ocasión, alguien recordó a Nigel Farage, entonces líder del UKIP, que los inmigrantes aportan mucho a las arcas públicas, a lo que él contestó: "Prefiero comunidades unidas donde los jóvenes británicos tengan una oportunidad real de conseguir empleo". Como de costumbre, su posición se basaba en un mito; las comunidades que sufren los índices más altos de paro juvenil coinciden a menudo con las que tienen menos inmigrantes. Pero esa no es la cuestión.
Farage se presentó como paladín de la comunidad contra los ideólogos de la obsesión por el dinero; decía que el dinero no es lo más importante de la vida, asaltando audazmente uno de los mensajes tradicionales de la izquierda: "Lo social importa más que los mercados". Y su desventurado sucesor, Paul Nuttall, ha intentado usar el poder de las historias personales.
Pero tienden a ser falsas. Sabe que los votantes se sienten atraídos por un pasado vital emocionante, como el de ser jugador profesional de fútbol (falso) y sacarse un doctorado (falso). Sabe que Hillsborough es una tragedia emocional para todos los británicos y  también resultó ser falsa la noticia publicada en su página web de que había perdido a uno de sus amigos en el suceso.
Ahora, por el contrario, hay una oportunidad de promover casos verídicos e igualmente emocionales desde la causa de los inmigrantes. Tienen pasados que cautivan. Y aunque todos dependemos de ellos, están preocupados, asustados y enfadados por el trato que reciben. Como Birgit Möller, una alemana de 55 años que lleva en Gran Bretaña desde casi antes de que yo naciera.
Möller, una apasionada de la educación y los niños, trabaja en una guardería. Tiene un marido y un hijo que también viven aquí. Llegó atraída por la pluralidad social de Londres, "por el clamor de tantas personas de sitios diversos, unidas en una sola comunidad", pero la tóxica campaña del referéndum de la UE, que presentó a los inmigrantes como un problema, le ha dejado "tan impactada como insegura".
"Nunca me había visto en la necesidad de defender mi derecho a vivir y trabajar aquí. No sé lo que va a pasar". En su opinión, hay muchos problemas en Gran Bretaña que no tienen nada que ver con la inmigración, "como la enorme diferencia de ingresos y el excesivo poder de las empresas". Y, al igual que Achi, cree que "se busca un chivo expiatorio para no tener que enfrentarse a las cuestiones reales, muy difíciles de resolver".
Silvia Aced lleva veinte años en Gran Bretaña. Antes trabajaba en la red de transportes y ahora lo hace con niños discapacitados. "Yo misma soy madre de un niño autista y he dedicado mi vida a cosas como esa. Sé por experiencia lo que significa tener un niño con necesidades especiales y lo que cuesta defenderlos".
Aced opina que usar a los inmigrantes como chivos expiatorios es algo "terrible", y explica el sencillo principio que está detrás de 1DWU: "Imagina que faltamos un día al trabajo, solo uno. Sería el caos. La gente se queja cuando los trabajadores del metro hacen huelga, pero sería poca cosa en comparación con el caos que se produciría si nosotros dejamos de trabajar".
El debate sobre la inmigración no será fácil de cambiar. Los sucesivos gobiernos británicos han sido incapaces de ofrecer la vivienda, los empleos estables y bien pagados y el nivel de vida que la gente necesita y tampoco han invertido lo necesario en servicios públicos; especialmente, en los últimos tiempos.
La inmigración se ha convertido en un discurso válido para todo con el que se explican problemas que, en realidad, son culpa de los poderosos. Romper esa lógica va a ser muy difícil, porque implica debatir con mucho tacto con millones de personas que no son conscientes de la contribución de los inmigrantes a la sociedad británica.
Esta no es una causa que podamos ganar con datos y estadísticas. Las sensaciones y las emociones desempeñan un papel crucial. Los inmigrantes han estado ausentes de un debate que les afectaba; pero, si logran que su voz se oiga, podrán hablar de su contribución diaria y cambiar el rumbo de las cosas. El Ukip es un partido de timadores, vendedores de mitos, charlatanes y tramposos profesionales, pero han conseguido envenenar el debate sobre la inmigración porque han monopolizado el discurso emocional durante demasiado tiempo.
El contraataque de los inmigrantes, muchos de los cuales viven el futuro con preocupación, acaba de empezar. Y nos recordarán que el origen de los problemas que sufrimos no está en unas personas que han enriquecido este país, incluso en sentidos que no se pueden explicar con palabras.
Traducido por Jesús Gómez

lunes, 25 de marzo de 2013

MELILLA - Un paradigma de inhumanas políticas migratorias

PATRICIA SIMÓN
Miércoles 20 de marzo de 2013

[La Asociación Pro Derechos Humanos d Andalucía (APDH) acaba de publicar el informe Derechos Humanos en la Frontera Sur 2013, cuyo PDF se puede encontrar al final de este artículo, y cuya lectura recomendamos vivamente. Este artículo sobre Melilla está incluido en el informe.]

El sábado 10 de marzo, un grupo de 52 hombres y mujeres eran engañados y deportados por el gobierno español a su país, República Democrática del Congo (RDC), tras sobrevivir a peligrosos viajes migratorios que habían comenzado incluso seis años atrás, cuando huyeron del territorio más pobre de África y de sus guerras. Habían sido objeto de una burla maquiavélica e ilegal del gobierno español.

Tras años de lucha por la supervivencia para llegar a suelo europeo, recalaron por fin en la Ciudad Autónoma de Melilla, donde el principal enemigo de los migrantes es el tiempo, la espera y la nada. Esta ciudad amurallada por una doble valla de siete metros de altura y parapetada por el mar, se convierte en una cárcel para las miles de personas que alcanzan este territorio pensando que será la antesala de la casilla de llegada. Sin embargo, una vez superada la valla metálica que circunda la ciudad de 12 kilómetros cuadrados, sólo les espera el Centro de Estancia Temporal para los Inmigrantes (CETI), un edificio en el que vivir durante meses hacinados -­con una capacidad para 450 personas, en 2012 llegó a albergar 800– comer tres veces al día y del que huir saltando las tapias cuando la Policía irrumpe para realizar redadas.

El resto, matar el tiempo: salir al descampado que lo rodea para estirar las piernas, respirar aire fresco y descansar la vista sobre un horizonte que se va difuminando según van pasando los meses y los años, con el existir como todo derecho, sin molestar, sin revelar con su sola presencia que Melilla mantiene anuladas a cientos de personas con la arbitrariedad de una política de extranjería que pendula entre las deportaciones a los países de origen y los traslados a la Península Ibérica dependiendo de las plazas disponibles en el CETI y los intereses de las relaciones internacionales.
Pero a veces, el miedo y el silencio se resquebrajan por el agotamiento. Y así fue como a principios del 2012, las mujeres y hombres congoleños -­ algunos de los cuales llevaban más de tres años en Melilla-­, decidieron dejar de ser invisibles y pedir su traslado a la Península a través de manifestaciones y huelgas de hambre ante la Delegación del Gobierno. Sabían que España no deportaba a la República Democrática del Congo (RDC) porque no existían acuerdos de repatriación y porque es de sobra conocido que es un país donde se violan los derechos humanos de la población civil. Finalmente, la Delegación del gobierno cedió ante las protestas y les comunicó que serían trasladados a Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) en la Península desde donde serían puestos en libertad tras agotar el plazo máximo legal de 60 días de encierro. Aquel fue un día de celebración y lágrimas de alivio. Se presentaron a la hora y lugar acordados para ser voluntariamente trasladados al CIE de Algeciras unos y otros al madrileño de Aluche.

Pocos días después, el sábado 10 de febrero, según nos contó telefónicamente una inmigrante boliviana detenida en Aluche, “fueron reunidos en los calabozos, se les ordenó que recogieran todas sus cosas, por lo que pensaron que iban a ser liberados. Pero empezaron a repartirles bocadillos y agua, y aquí cuando te van a soltar no te dan nada. Simplemente abren la puerta. Entonces sospechamos que iban a deportarlos”.

Según el relato de algunos de los expulsados, fueron reunidos en Barajas junto a los que trasladaron desde Algeciras. Entre ellos, algunos demandantes de asilo a los que se les había denegado. Sólo dos mujeres embarazadas se quedaron en España. La noticia llegaba a Melilla horas después, cuando algunos de ellos llamaron a sus compatriotas llorando para contarles que estaban en Kinshasa, capital de RDC, y que estaban siendo trasladados al Centro Penitenciario y de Reeducación de Kinshasa, donde hasta hace unos pocos años, morían diez personas al día por inanición y donde se encierran a los considerados opositores del régimen. El temor por sus vidas se extendía entre sus compatriotas en Melilla y en los activistas de la ONG Prodein, que siguió desde el principio el asunto.

domingo, 13 de marzo de 2011

Manifestación: "Contra el racismo y la xenofobia"



El próximo viernes celebraremos nuestra manifestación anual contra el racismo y la xenofobia. Redadas racistas, discriminaciones en los bares, inmobiliarias que no alquilan a inmigrantes, multas a prostitutas y manteros... Frente a estas realidades que se viven en nuestro entorno, queremos alzar la voz y defender unas ciudades sin fronteras. Unas ciudades en las que todas sus vecinas y vecinos sean reconocidos iguales en derechos y respetados en sus diferencias. Nos vemos en las calles. No dudéis en traer vuestras propias pancartas.

http://www.sosracismo.org/

domingo, 13 de junio de 2010

¿Necesitamos inmigrantes?


por June Fernández, * Integrante de SOS Racismo Bizkaia Deia.


EL anterior Gobierno vasco lanzó una campaña bajo el lema Gracias a la inmigración nuestro país avanza. Mostraba imágenes como la de una mujer latina cuidando de un anciano en silla de ruedas. La pretensión era loable: concienciar a la sociedad sobre la contribución que hacen las personas inmigrantes a nuestra economía y reconocer su papel en suplir algunas de nuestras carencias estructurales: como la falta de corresponsabilidad de los hombres respecto a las tareas domésticas y de cuidados, y la escasez de recursos públicos para atender dichas necesidades, lo cual explica la gran demanda de mujeres inmigrantes (manteniendo los tradicionales roles sexistas) en estos trabajos de limpieza y cuidados.

Sin embargo, muchas personas desconfiamos en su momento de esa campaña. Por una parte, resultaba injusto aplaudir el papel de la mujer cuidadora de la imagen, ya que puede que en realidad fuera arquitecta, bióloga, artista o periodista, y en cambio la Ley de Extranjería la abocaba a uno de los sectores más precarios, invisibles y menos reconocidos. Pero el principal problema era el mensaje de que había que aceptar la inmigración porque la necesitábamos para nuestro desarrollo económico, para disponer de mano de obra barata que cubriera los puestos de trabajo que en época de bonanza la gente autóctona no quería cubrir. Algunas nos preguntábamos entonces: ¿qué pasará con este mensaje cuando dejemos de necesitarlas? ¿Cómo convenceremos entonces a la población de que hay que seguir defendiendo la igualdad de derechos?

Efectivamente, llegó la crisis, y lo primero que hizo el Gobierno español fue anunciar un Plan de Retorno Voluntario para inmigrantes en paro y la reducción prácticamente a cero de las contrataciones en origen, dejando en la práctica como única vía de regularización la de demostrar el arraigo social, la que implica tener que vivir tres años de forma irregular, trabajando en la economía sumergida, con el consiguiente riesgo de explotación laboral.

El segundo paso fue iniciar una restrictiva reforma de la Ley de Extranjería que, en palabras del ministro Corbacho, adaptase el fenómeno migratorio a la nueva realidad económica. Es decir, desde que el Gobierno reconoció que estábamos en crisis, se dedicó a defender que la mano de obra extranjera ya no hacía falta, que las personas inmigrantes asentadas sobran, y asumió el principio xenófobo de prioridad nacional: "Los españoles primero".

Esa estrategia de utilizar la inmigración como cortina de humo para desviar la atención sobre las verdaderas causas y responsables de la crisis ha venido acompañada por una intensa campaña de desprestigio por parte de partidos políticos y medios de comunicación de derechas: criminalización de colectivos como los menores no acompañados, intentos por parte de ayuntamientos como el de Vic de no empadronar a inmigrantes sin papeles bajo la acusación de que acaparan los servicios públicos, reportajes de periódicos de gran tirada destacando el número de inmigrantes que cobran renta básica o ligando el fraude en el acceso a las ayudas con la inmigración, imágenes estigmatizantes de pisos patera...

En este tiempo, otras voces, en cambio, han esgrimido datos reales como que las personas inmigrantes aportan de media más en impuestos que lo que cobran en prestaciones, que la inmigración sigue siendo necesaria para sostener nuestro sistema de pensiones y rejuvenecer la sociedad… Estos argumentos son útiles para combatir prejuicios como los que presentan a la inmigración como una amenaza para el Estado del bienestar, pero no deben ser el centro del debate sobre la inmigración.

¿Necesitamos la inmigración o ésta sobra? ¿Hay poca o mucha? Ésa no es la discusión que interesa a SOS Racismo. La cuestión es que la inmigración es un hecho, algo inherente al ser humano, que acostumbra a moverse para mejorar su vida. Claro está, en los últimos años, las desigualdades Norte-Sur y las facilidades para viajar que propicia la globalización han hecho que sean más que en otras épocas las personas que se han asentado en nuestro país. Repito: esas personas se han asentado. Ya no son extranjeras: son vascas. Viven aquí, trabajan o estudian aquí, se enamoran y forman una familia, disfrutan, sufren... Vivir esos movimientos con ansiedad, como "oleadas masivas" de inmigrantes que hay que controlar y frenar es una exageración que no contribuye más que a generar una alarma social del todo irracional que está minando la cohesión social.

El principal error de la política migratoria española es que sigue tratando la inmigración igual que en los años noventa: como un fenómeno puntual, extraordinario y pasajero. En estos quince años aproximadamente de leyes de extranjería, no se han desarrollado políticas públicas integrales y serias de gestión de la diversidad. Los gobiernos hablan de quienes llegan pero no de quienes se quedan. ¿Qué se ofrece a esos millones de personas que han elegido el Estado español como su lugar para desarrollarse como personas y que se sienten parte de nuestra sociedad porque lo son? Por ahora, desconfianza, restricción de sus derechos, invitaciones a que vuelvan a sus países (aunque ya se sientan tan de aquí o incluso más que de allá, que por eso ha fracasado el citado Plan de Retorno). A este paso, seguiremos el penoso ejemplo de Francia: seguir tratando como extranjeros a los hijos de hijas de quienes se asentaron en Euskadi hace décadas, alimentando así el racismo y la exclusión social.

Mientras el Gobierno vasco ficha a investigadores excelentes en el extranjero, la bióloga que migró para dar un impulso a su carrera se encuentra limpiando casas. A la que lleva velo no se le considera capaz de desarrollar su vocación porque está oprimida por el machismo islámico. Tanto el menor no acompañado que soñaba con estudiar Física en una universidad europea como el que migró para trabajar y ayudar así a su familia se encuentran aislados en un centro en el que, si tienen suerte, podrá apuntarse a algún cursillo de mecánica o carpintería y del que es probable que salgan sin papeles, sin dominar el castellano ni haber podido tejer una red social que les apoye en su emancipación.

En definitiva, ya vale de hablar de control de flujos, de quien falta o quien sobra. Hablemos de una vez de los recursos que tenemos, del "capital social y humano" (como está de moda llamarlo): las personas que viven en este país, al que quieren aportar conocimientos y riqueza, y se encuentran en cambio confinadas sin fecha de caducidad a la etiqueta opresora de "los otros".

El reto es gestionar la diversidad desde la óptica de la igualdad de derechos. Eso también será beneficioso en términos económicos, porque las personas a las que ahora no se reconoce como ciudadanas tienen mucho que aportar también a ese nivel, y porque la economía sumergida y la exclusión social nos lastran.

Pero esa no puede ser nuestra principal preocupación. Porque no queremos vivir en un país que prima el desarrollo económico sobre el desarrollo humano. Queremos vivir en unas ciudades sin fronteras (como reza la campaña estatal que apoyamos), en las que las personas sean libres e iguales en derechos y oportunidades, puedan desarrollarse y aportar sus saberes; ciudades en las que la diversidad sea fuente de riqueza y no de conflicto. Aparquemos el miedo y lo prejuicios, y preocupémonos por cómo hacer de esta sociedad un entorno respirable y justo, en el que se respete y reconozca a todas y cada una de las personas que viven en ella.