“En relación a la cuestión nacional y el proyecto de lucha de l@s anticapitalista en las naciones oprimidas se impone un análisis riguroso de la situación actual y una claridad estratégica en el proyecto emancipatorio de los pueblos de la península ibérica.
Lamentablemente algún que otro polemista de pluma fácil desvirtúa este debate mediante el recurso a la insidia y la descalificación burlesca permanente. Esto es debido a que la involución democrática producto de la crisis esta provocando una escalada represiva por parte de los estados centrales sin igual y a una exacerbación de las contradicciones entre el poder central y las aspiraciones de los pueblos oprimidos del estado español y del planeta.
Esta dinámica ha provocado que más de un escritor del campo de la izquierda antisistémica se trasmute, en una conversión súbita o sobrevenida, del estatismo obrero revolucionario a la defensa incondicional y esencialista del INDEPENDENTISMO como estrategia absoluta, excluyente y sine qua non del anticapitalismo en las nacionalidades oprimidas. Craso error.
Con la finalidad de aportar algo más de claridad y precisión, que algunos exabruptos propios de resentidos sociales, añado esta elaboración sobre las posiciones que compartimos las gentes de Ezker Alternatiboa y de la Izquierda Anticapitalista.” (Marce)
La izquierda anticapitalista y la cuestión nacional
Es indiscutible que, en un Estado plurinacional como el español, la cuestión nacional constituye un elemento fundamental, decisivo, del programa y la idiosincrasia de una izquierda que pretenda realmente revolucionar la sociedad. La crisis de la izquierda tradicional – y, singularmente, de la izquierda de matriz comunista – tiene mucho que ver con sus inconsecuencias y sus renuncias a la hora de dar respuesta a los anhelos democráticos de las nacionalidades ibéricas, encajadas en la “inquebrantable unidad de España” a través de una violencia histórica del centro sobre la periferia.
El período de convulso e incierto hacia el que nos precipita la crisis mundial del capitalismo no sólo no diluirá la problemática de las nacionalidades que no han alcanzado la plenitud de su desarrollo y carecen de una expresión estatal propia, sino que la tornará especialmente aguda, entrelazándola a cada paso con las previsibles sacudidas de los conflictos entre las clases y con la dimensión ecológica y medioambiental de dicha crisis. Y eso será así hasta tal punto que una fuerza política sin un firme criterio sobre la cuestión nacional se revelaría incapaz de vertebrar una organización militante, asentada entre las franjas más avanzadas de la clase trabajadora y de la nueva generación, a la altura de los desafíos planteados.
A nivel internacional como en el propio Estado español, la crisis del sistema conlleva inevitablemente la pérdida de legitimidad – y acabará comportando el resquebrajamiento – de las instituciones y dispositivos sobre los que asentaron, en la etapa anterior, las relaciones entre las clases sociales y las naciones. Lejos quedan los años de la llamada “globalización feliz” en que, tras la caída de la URSS y bajo la apoteosis del capitalismo neoliberal, parecía abrirse, desde las costas del Báltico hasta el corazón del Pacífico, un período de eclosión nacional de los pequeños pueblos sin estado. Muy pronto, la guerra de los Balcanes vendría a demostrar cómo las grandes potencias reorganizaban sus áreas de influencia y sus corredores geoestratégicos exacerbando viejos agravios nacionales, encubriendo limpiezas étnicas y haciendo tristemente cierta la aseveración de que, bajo el yugo imperialista, la suerte de las pequeñas naciones se reduce muchas veces al privilegio de escoger el amo a quien habrán de someterse. Los primeros compases de la actual crisis sistémica, por lo que a Estados e instituciones supranacionales se refiere, apuntan hacia un reforzamiento del militarismo y de los espacios policiales, y comportan un neto retroceso de las libertades democráticas en todos los ámbitos. La reafirmación de la “Europa fortaleza”, movilizada bajo la bandera de la OTAN en una cruzada mundial contra el “terror” y cada vez más unísona en torno a las políticas antisociales y de “preferencia nacional” frente a la inmigración, lejos de favorecer una identidad ciudadana continental, revitaliza el patriotismo xenófobo en torno a los Estados constituidos – muchas veces sobre la base de relaciones de desigualdad jurídica entre distintos pueblos o de opresión de minorías nacionales o étnicas. (Esa concordancia no excluye que, en una fase más avanzada de la crisis y ante una acumulación explosiva de contradicciones, asistir a episodios de repliegue, de proteccionismo autoritario, que debería necesariamente revestirse de un manto de “exaltación nacional”).
En una palabra, las tendencias inherentes al capitalismo deparan “malos tiempos para la lírica” en lo concerniente a la aspiración a decidir su propio futuro por parte de los pueblos sin Estado. Por esa misma razón, es fundamental que una izquierda anticapitalista capte – y aborde de modo apropiado – todo el potencial revolucionario que encierra ese anhelo frente a un sistema que hará de la opresión nacional un vector del recrudecimiento de la explotación de la fuerza de trabajo y de la tierra.
La realidad de una construcción europea que, bajo la égida de las grandes corporaciones industriales y financieras, ha encontrado en los Estados tradicionales la estructura idónea para la gestión de los mercados y el reparto de roles en la globalización, hace tiempo que dejó en la cuneta los espejismos soberanistas de Catalunya o Euskadi en el marco de la Unión. La cesión de soberanía de los Estados a las instancias comunitarias no ha supuesto brecha alguna a través de la que esas nacionalidades alcanzasen a hablar con voz propia en Europa. La globalización les ha asignado un lugar determinado – y subalterno - en la división internacional del trabajo, pero les ha rehusado la palabra. Ni la nonata Constitución europea, ni el Tratado de Lisboa han abierto ninguna puerta en ese sentido. La evolución de la Unión bajo las sacudidas de la crisis acentúa las desigualdades sociales, pero también los desequilibrios territoriales, la injusticia hacia las minorías y el sometimiento de las naciones más débiles, alejándose a marchas forzadas del ideal de una Europa de los pueblos.
La crisis ha estallado con fuerza inusitada, dando al traste con el “modelo de crecimiento español”, justamente cuando el diseño autonómico heredado de la transición daba ya señales inequívocas de agotamiento. Más exactamente, los primeros efectos de la gravísima recesión en que se hunde el Reino de España coinciden con la frustración de las últimas esperanzas de abrir nuevos espacios de autogobierno en Catalunya – en el marco de la Constitución o emprendiendo el camino de una sustantiva reforma de la misma – y de reconducir el conflicto vasco por las vías del diálogo político. Fracasó la reforma autonómica catalana, reducida a una todavía incierta descentralización administrativa, y se rompieron las negociaciones para un proceso de paz en Euskadi, reabriendo una espiral de represión contra la izquierda abertzale por parte del Estado y de violencia armada por parte de ETA. En Galiza, la impotencia de la coalición de socialistas y BNG para iniciar siquiera una superación de la estructura caciquil del país, retornó el poder al PP y, por ende, pospuso cualquier avance hacia una construcción nacional.
El desplazamiento del PSOE hacia “el centro” y la búsqueda de pactos de estabilidad a nivel estatal determinan una dinámica de regresión en las nacionalidades. Cesión del gobierno a la derecha en Nafarroa, gobierno del PSE en Vitoria – con el apoyo del PP y merced a la ilegalización completa del independentismo -, cuenta atrás para un tripartito de izquierdas catalán cada vez más desgastado ante su base social… y al que Zapatero preferiría un entendimiento del PSOE con el nacionalismo conservador… En tales condiciones, los devastadores efectos sociales y medioambientales de la crisis se conjugarán tarde o temprano con un resurgimiento, radicalizado en términos políticos, de la reivindicación nacional. El progreso municipal de las CUP en Catalunya o la primera convocatoria de una Huelga General por parte del sindicalismo abertzale apuntan en esa dirección. Pero, a su vez, plantean lo que será una problemática mayor para la izquierda en el curso de los próximos años.
Frente al PSOE, incapaz de alejarse del constitucionalismo monárquico y profundamente imbricado en el andamiaje de “la España de las autonomías”, una IU subalterna e institucionalizada ha desaprovechado durante estos años la ocasión de levantar un referente unificador de la lucha de la clase trabajadora del conjunto del Estado dando, al mismo tiempo, una salida democrática radical a las reivindicaciones de las nacionalidades ibéricas; es decir, una alternativa republicana, basada en la defensa intransigente del derecho de los pueblos a su autodeterminación (incluyendo el derecho a la separación) y la perspectiva de un federalismo de libre adhesión. Resulta del todo imposible forjar una izquierda anticapitalista que no haga bandera de ese programa. Y es que están en juego la independencia política, la unidad de acción y la combatividad de la clase trabajadora y de los movimientos sociales contestatarios.
La miseria autonómica sólo puede deparar impotencia ante la crisis, agresiones al territorio y división. Estructura clientelista, interesadamente desequilibrada y destinada a fragmentar a través entidades enfrentadas las bases territoriales de una eclosión nacional (en los casos de Euskal Herria y de los Països Catalans), la “España de las autonomías” deviene hoy un obstáculo a cualquier respuesta social progresista. En ese marco viciado, por ejemplo, la transferencia de competencias - sin los recursos o la financiación necesaria - favorece dinámicas de degradación y privatización de los servicios públicos, incrementando una percepción mercantilista e insolidaria de las aspiraciones al autogobierno por parte de las nacionalidades históricas – o asociando, en su propio seno, tales aspiraciones a los intereses de la burguesía autóctona. Del mismo modo, las políticas medioambientalmente más depredadoras – urbanismo desenfrenado, trasvases, infraestructuras faraónicas… pero también opciones antiecológicas como la apuesta por la energía nuclear o la promoción de los cultivos transgénicos – encuentran en ese archipiélago autonómico, en sus carencias presupuestarias, en su división artificiosa, destinada a enfrentar territorios de lengua e historia comunes, y en su acomodada burocracia, los vectores idóneos de un insidioso desarrollo. Una izquierda adaptada a ese marco institucional, incapaz de plantear una estrategia para rebasarlo, es una izquierda condenada a languidecer desde la responsabilidad compartida con las políticas de corte neoliberal, a ver cómo sus bases populares se dividen – o incluso se descomponen en una crispación identitaria que enmascara los antagonismos de clase. Tal ha sido la experiencia de Ezker Batua i de EUiA, sin otro horizonte que la permanencia en el gobierno del PNV – hasta su caída - o en el tripartito de Montilla.
Es importante remarcar, sin embargo, que nuestro compromiso de lucha por la autodeterminación de Catalunya, Galiza y Euskal Herria (incluyendo el derecho a la libre incorporación a sus Repúblicas soberanas por parte de aquellos territorios que se identifiquen con sus respectivos proyectos de construcción nacional), no se confunde con el objetivo de la independencia (que reconocemos como un derecho inalienable e imprescriptible de las naciones emancipadas), ni tampoco significa promoverlo. Una izquierda de ambición socialista parte de la necesaria unidad de lucha de la clase trabajadora frente al capitalismo y sus formas estatales de dominación, y considera indispensable la más estrecha cooperación entre los pueblos para abrir paso a una nueva sociedad. Desde ese punto de vista, la izquierda anticapitalista combate toda forma de opresión o agravio nacional como un obstáculo en el camino de esa unidad, considerando las soluciones más radicalmente democráticas como las más favorables también al avance de la lucha de clases. En ese sentido, aún coincidiendo en muchos terrenos de acción con los sectores más plebeyos y radicales del independentismo, la izquierda anticapitalista se distingue por anteponer siempre los criterios de clase a los nacionales. La composición plurinacional y multiétnica – acentuada en el período de la globalización – del proletariado en esas nacionalidades hace imposible que el independentismo pueda soñar con unificar ni con hegemonizar siquiera a su mayoría social. (Ni que decir tiene que, al margen de muchas otras consideraciones, el aventurerismo de las “vanguardias armadas” que pretenden substituir a los movimientos sociales y ciudadanos, como en el caso de ETA, supone un pesado lastre y una hipoteca para el devenir de la propia izquierda abertzale, y dificulta la identificación de las clases populares del resto del Estado con las demandas de la nación oprimida). Sólo la bandera democrática de la autodeterminación puede desempeñar un papel unificador. Pero resulta del todo imposible predecir el curso de los acontecimientos en los próximos años, que verán sin duda, en el Estado español como en toda Europa, crisis políticas mayores, graves convulsiones sociales, cambios en las correlaciones de fuerzas y en las formaciones políticas. Muchas variables son posibles. En cualquier caso, la izquierda anticapitalista no debería considerar una hipotética independencia de Catalunya o Euskal Herria como un problema, sino como un camino – que tal vez las circunstancias históricas tornen obligado – hacia una federación de las naciones ibéricas y una unión libre de los pueblos en el marco de una Europa social y democrática.
Esta contribución ha sido aportada por Lluis Rabell (Carlos Pereda, Miguel Ángel de Prada y Walter Actis)







